Persiste "la venganza de la sangre" en Albania
La "gjakmarrja", la ley más antigua de los albaneses de las montañas, obliga a la familia de una persona asesinada a vengar esa muerte matando al asesino o algún miembro de su familiaLa venganza de la sangre, una costumbre medieval de los montañeses del norte de Albania, se ha extendido a los centros urbanos, y alcanza incluso a mujeres y niños, excluidos normalmente de esa forma de castigo.
Situada al norte del río Drin, Dukagjini es una aldea que da nombre a la zona más atrasada económica y administrativamente y la más aislada del país, y en ella se ha aplicado durante siglos la venganza de la sangre, la llamada "gjakmarrja", una forma de tomarse la justicia por la propia mano.
Actualmente viven en la remota región unas 13 mil personas, frente a las 50 mil que había al final de la época comunista, en 1991.
La rebelde población de Dukagjini, que no se subyugó a la invasión otomana de cinco siglos ni a la dictadura comunista de Enver Hoxha, emigró en la última década a la vecina ciudad de Shkodra y a Tirana en busca de mejores condiciones de vida pero portando consigo el virus de la venganza.
La "gjakmarrja", la ley más antigua de los albaneses de las montañas, obliga a la familia de una persona asesinada a vengar esa muerte matando al asesino o algún miembro de su familia.
En caso de incumplimiento de esta norma medieval, la familia obligada a cometer el asesinato "reparador" se verá deshonrada frente al resto de la comunidad.
Esta costumbre es la parte más oscura del "Canon de Leke Dukagjini", una serie de normas por las que se regía la vida social de las tribus norteñas autónomas, recopiladas y codificadas por el gobernador de esta área del siglo XV, Leke Dukagjini.
"Aquí no hay oficinas del Estado, escuelas, ambulancias y para llamar por teléfono en casos de enfermedad tenemos que caminar siete horas", se queja Marash Derzaj, uno de los pocos residentes de Thethi, el pueblo más lejano de Dukagjini, rodeado de altos montes de picos cubiertos de nieve eterna.
"Vivimos en el lugar más bonito del mundo y en la miseria más extrema del mundo", afirma Marash, que se ha quedado en el pueblo con sus cuatro hijos para protegerse de la venganza de su primo a quien ha matado dos hijos, mientras ha sufrido la muerte de uno de sus propios vástagos.
Está seguro de que a su primo nunca le apetecerá atravesar los 90 kilómetros de una estrechísima carretera de piedras afiladas que serpentea por abismos y cauces de ríos torrenciales, la única vía de comunicación con el centro de la región, en Shkodra.
A diferencia de Marash, la mayoría de la población ha preferido escapar de la miseria de Dukadjini, donde crecen sólo maíz y cabras, y dejaron sus hogares desiertos pese al riesgo de convertirse en meta de la venganza.
Tras enviudar a los 33 años, Lina Hila decidió abandonar su pueblo, Kir de Dukagjini, y vivir en Shkodra para poder criar a sus dos hijos, Gezim de 15 años y Agetina de 13.
Recuerda con dolor la muerte de su esposo en 1999 a la edad de 34 años, cuando una banda de malhechores le asaltó para robarle los 35 mil euros de ayuda social que llevaba para las familias pobres de la zona.
Desde entonces comenzó una espiral de venganza que nadie sabe a dónde irá a parar, ya que su cuñado está en la cárcel cumpliendo una condena de 12 años por haber asesinado a uno de los bandidos, quienes, a su vez y para vengarse, mataron a sus otros dos cuñados, dejando huérfanos a cuatro niños.
Lina y sus hijos viven encerrados en una casa en Shkodra para protegerse de Ded Stragu, el asesino de su esposo y de otras siete personas inocentes, a quien el "Estado no ha tocado ni un pelo", según asegura la viuda.
Los tres viven del trabajo de Lina, que cose zapatos en casa por un sueldo de 35 dólares mensuales.
Ambos hijos son analfabetos y en los cinco años que dura ya el encierro en casa, Agetina ha salido a la calle dos veces, y su hermano sólo una.
"Queremos tener una vida normal, ir a la escuela como los demás niños, sólo eso pedimos al Estado, que no nos ha respondido", se lamenta Agetina.
Emin Spahia, que dirige una asociación para la reconciliación de las familias con conflictos de sangre, dijo que en Shkodra hay 750 viudas, 2 mil huérfanos y 240 familias con 700 personas encerradas por miedo a la venganza de sangre. En el año 2003 se registraron 23 muertes debidas a la venganza.
"Es muy triste -dice Lulash, de Dukagjini- que en estos 13 años de democracia la venganza de la sangre haya degenerado en una ley de selva, que castiga a niños y mujeres", excluidos en principio por la norma medieval.
La monja alemana María Christian Faber afirmó que en estas familias "persiste la violencia ya que el varón desde el nacimiento está destinado a morir, mientras la mujer a menudo es la portadora del odio".
A su juicio el Gobierno debe fortalecer la economía y la justicia y erradicar la pobreza para evitar que los individuos decidan solucionar los conflictos con sus propias fuerzas.
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