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“En México usan el narco para tapar otros delitos”

Thelma Gómez Durán| El Universal
Miércoles 16 de marzo de 2011
“En Mxico usan el narco para tapar otros delitos”

GOLPE. En 2009, la Armada de Colombia inspeccionó un submarino usado por el narco, hallado en el golfo de Urabá. (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )


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Él vivió para contarlo, pero también para escribirlo. Algo poco común en el narcotráfico. Él mismo sabe que su caso es peculiar, porque todos los que entran terminan “muertos o en la cárcel”.

Pero él está aquí, dando entrevistas como parte de la promoción de su libro El espejismo del diablo. Testimonio de un narco, el tercero que escribe sobre su experiencia como narco.

Miguel Ángel Montoya no usa sombrero ni botas. Su imagen no corresponde al estereotipo del narcotraficante mexicano. Tampoco se mira como médico, profesión a la que regresó, después de formar parte del cártel de Cali, durante la década de los 90.

Este hombre que viste un saco gris, pantalón negro y una camisa oscura sin cuello, que no lleva cadenas ni anillos, decidió escribir su testimonio para explicarle a su hija —quien ya falleció— por qué entró al narcotráfico y para “dejar un testimonio de algo que afecta a miles de personas en el mundo. Yo me vi involucrado en esto, por una tontería. Y es algo de lo cual me arrepiento. Es algo que no sólo me afectó a mí, sino a toda mi familia”.

No es común encontrar a un narcotraficante arrepentido. Mucho menos a un hombre que cuente, a través de su biografía, la forma en que actuaban los cárteles colombianos en la década de los 90 y sus conexiones con México y Cuba; la complicidad de policías, de empresarios y funcionarios; el cómo se puso en marcha el uso de submarinos y radiotransmisores para el tráfico de cocaína de Colombia a Estados Unidos.

Asegura que él entró al narcotráfico porque “mi esposa era colombiana y para mí era fácil viajar a Colombia. Por eso me buscaron”. Comenzó como mensajero y terminó coordinando la logística de los submarinos.

¿Cómo es posible salir del narco y vivir para escribirlo?

Ni yo mismo lo puedo entender. Creo que estoy vivo de milagro. Un buen día, hace varios años tomé la decisión. Dije: “Hasta aquí, no sigo más”. Me aislé prácticamente de amigos, de familia, de todos. Y esperé. Sabía que tarde o temprano muchas de las personas con las que estaba involucrado iban a caer presas o iban a morir. Y poco a poco fueron cayendo. En ese tiempo me dediqué a escribir.

En el libro, Montoya señala por su nombre a judiciales, a funcionarios y empresarios involucrados en el narco en la década de los 90. Muchos de los que menciona fueron asesinados.

¿Hasta dónde llegaban las complicidades?

Es muy difícil decirlo. Si existen esas personas (los capos del narco) es a sabiendas de alguien más poderoso. Y no sólo en nuestro país, sino en otras partes. En Colombia, también los grandes capos se manejaban con las autoridades. En el libro sólo me enfoco a contar lo que le pasa a una persona que se ve inmersa en todo esto.

De acuerdo con su libro, usted formó parte de la logística de los primeros submarinos utilizados para traficar cocaína de Colombia a Estados Unidos...

En ese entonces estaba en pañales ese asunto. Se empezaban a hacer las pruebas, se tenían los primeros dispositivos. No había realmente muchas personas que supieran de eso, aún así comenzaron a hacer todas esas cosas de manera artesanal, pero siempre buscando a una persona que mejorara cada paso. Es impresionante la forma en que estos grupos evolucionan y lo hacen porque contratan gente experta en diferentes ramos: ingenieros, mecánicos, expertos en computación. Se van adentrando a una tecnología que va más allá de la que pueda tener la misma policía. Tienen el dinero. Estoy convencido de que los narcosubmarinos están muy avanzados.

También habla de que tenían un proyecto para “desmolecularizar” la cocaína. ¿Cómo es esto?

Conocí a personas que trabajaban en la Universidad de Antioquia, en Medellín. Eran maestros de química. Ellos empezaron a fabricar cocaína a la que se le pudiera quitar sus propiedades físico-químicas, para poderla mezclar con jabón, talco, café o licores, sin que fuera detectada. Era un proceso que estaba en una etapa muy avanzada. También estaban empeñados en hacer cocaína en forma gaseosa. Estas pruebas comenzaron en 1998, un año después ya tenían resultados.

Dedica un capítulo del libro a Cuba. Ahí habla de que gente cercana a Fidel y Raúl Castro participaban en el tráfico de droga

Un español que estuvo en el gobierno de (Adolfo) Suárez y que terminó viviendo en Cuba como asilado político tenía contactos con todo el gobierno cubano; él nos llevó a una finca que se decía, era de Raúl Castro. Fuimos ahí. Era una especie de “gallera” (donde se realizan peleas de gallos). Veías a extranjeros y a personas del régimen. En el libro también menciono que en Cali conocí a un personaje que, después, me enteré que era el general Arnaldo Ochoa.

No puedo afirmar que Fidel Castro esté protegiendo para participar en el narco. Pero en Cali y Medellín se sabía que se podía traficar en la isla.

¿Cuándo decidió dejar el narcotráfico?

En 1999. Vivía en Colombia y me quedé una temporada larga. Volví a mi profesión y empecé desde abajo.

¿Qué piensa de la violencia que se vive hoy en México?

No creo que esta violencia sea solamente por el narcotráfico. Creo que se utiliza al narcotráfico para esconder otros delitos. El verdadero problema del país es que se ha generalizado la delincuencia. Hay bandas de robos de autos, de secuestro, de muchas cosas. Es una generalización de la delincuencia. Para detener el narco, la probable solución que veo es legalizar la droga. Pegarle en lo que más le duele: disminuirl sus ingresos.



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