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Pocos güeros visitan el Zócalo

Fidel Samaniego| El Universal
Sábado 02 de mayo de 2009
En la plaza principal del centro histórico los extranjeros sólo esperan el momento de irse, no por miedo, si no porque todo está cerrado

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Era una plaza silenciosa, casi sin vida. Latía muy despacio ese lugar, el corazón de un país que se siente o está enfermo de muchos males, el centro de una ciudad medio paralizada. Quemaba el sol, porque hasta el viento se había marchado. Iniciaba el puente largo o breve cuarentena.

Y ahí estaban ellos, sentados en el suelo, recargados en una de las bardas que rodean la Catedral Metropolitana. Comían sin prisa panecillos mojados con café que compraron en un establecimiento cercano, pero que no pudieron consumir ahí. Pasaba lento el tiempo. Se desesperaban. Deseaban que llegara ya la hora de partir hacia el aeropuerto para saber si tendrían mejor suerte que en la víspera y podrían por fin marcharse, volar rumbo a Francia, retornar a su hogar.

 

Marie, Pierre. Dos de los pocos visitantes extranjeros que aún permanecían en la capital de la República. No, no tenían miedo, aseguraban. Sí estaban tristes, frustrados. Y es que todas las puertas estaban cerradas, todos los caminos llegaban a ninguna parte. No había adonde ir.

 

“¿Miedo? No. Creo que no hay motivo para alarmarse tanto. No sentimos que estén en peligro nuestras vidas. ¿Cuántos millones de habitantes tiene México y cuántos han enfermado, cuántos han muerto por la influenza? Lo que pasa es que no hay motivo para quedarnos. ¿A dónde quiere que vayamos? Nada abierto. Ningún museo. Ni las pirámides de Teotihuacán, nada. Ningún restaurante para comer”, platicaba Marie, cuarentona como su menos expresivo marido.

 

Estuvieron dos semanas en Guatemala y Chiapas. Después fueron a Veracruz, el puerto. Se quedaron poco; no les gustó tanto calor. Luego, a Xalapa. Y de ahí, a Puebla. Su boleto de retorno a París es de bajo costo, de oferta. Tienen por ello que esperar a que haya lugares.

 

La tarde del jueves se quedaron sin abordar: el vuelo estaba lleno. Lo bueno dentro de lo malo, explicaban, fue que en el hotel, en el centro, les dieron cuarto a un precio bajo, 275 pesos la noche. Se marcharon hacia… ningún lado. Como otras, otros, más que pasear, vagaban.

 

Caminaban sin ánimo por Madero, 5 de Mayo, 16 de Septiembre, Avenida Juárez o el Eje Central. No había nada que les hiciera detenerse. Deambulaban. Algunos con cubrebocas. La mayoría con sandalias, bermudas, sombreros, sin ganas de hablar. Tomaban fotos, por no dejar, a la pequeña manifestación, no más de 50 personas con banderas rojas, con pasamontañas o paliacates, con una consigna: “¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir!”.

 

Un Zócalo que ni siquiera podían ver en plenitud; se levantan en la plaza enormes carpas. Frente al Monte de Piedad, los turibuses. Teóricamente estaban en servicio. Se aburrían los choferes y las edecanes-guías. Nadie, acudía a comprar boleto.

 

“Entre semana salimos cada media hora. Aunque sea con cinco, 10 personas. Ya en el camino van subiendo más. Pero ahora ni un solo cliente. Ni uno sólo de los camiones ha partido. No hay gente. Ni extranjeros ni paisanos. Pero, bueno, hay que comprender, tampoco hay lugares de atractivo: cerrado el museo de Antropología, y el Castillo de Chapultepec, y el Zoológico, cerrado todo en la Condesa. Está muerto todo esto. Busque, búsquele usted, si encuentra por aquí, por el centro, cuando mucho 50 güeritos, güeritas, sean gringos, europeos, serán muchos” lamentaba un conductor.

 

No se les veía, no los había.

 

Escasa la actividad en los hoteles. Casi nadie. Ni en los más baratos, o en los de medio pelo. Tampoco en los de lujo. Vestíbulos desiertos. Comederos o cafeterías cerrados. Estacionados los carros, las camionetas que en tiempos normales viajan a Ciudad Universitaria, a las pirámides, a Cholula, a Cuernavaca.

 

“Pues que va uno a hacerle. Ni uno solo me ha llegado. Ya hasta puse como oferta, un recorrido por las calles por 15 dólares, siquiera para no irme en blanco. Pero, ¿a quién llevo si ya se están yendo todos?... y los que quedan son pránganas, mochileros de los que caminan o toman peseras o metro”, dijo uno de los guías.

 

Era una plaza, ayer, casi sin vida. Lento el palpitar del corazón del país. De un viejo organillo salían Las Golondrinas. Dormitaba agotado en una banca un joven retratista. Inútil era seguir en busca del turista perdido.

 



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