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El día que la ciudad se escondió

Juan Arvizu| El Universal
Domingo 26 de abril de 2009
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Video Habra clases hasta el 6 de mayo por influenza.

Millones de habitantes evitaron salir de sus casas, como lo recomendaron las autoridades sanitarias. Otros fueron al trabajo, a atender asuntos o pasear y comer como en un día de descanso. Pero este segundo día de alerta fue muy diferente

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El jinete del contagio cabalgó en la ciudad de México por avenidas semivacías, aceras desiertas, pasó frente a lugares de reunión cerrados o poco concurridos. Este fue el sábado en el que la metrópoli se escondió del virus de nueva generación que ha venido al mundo.

Millones de habitantes evitaron salir de sus casas, como lo recomendaron las autoridades sanitarias. Otros fueron al trabajo, a atender asuntos o pasear y comer como en un día de descanso. Pero este segundo día de alerta fue muy diferente.

Por primera vez que se recuerde, la ciudad de México quebró su rutina de paseo y diversión de manera radical. Hubo una minoría que no tuvo a dónde ir: los habitantes de la calle, los vagabundos, niños sin familia, ancianos que se han quedado sin nada. Perdidos habituales en la multitud, los menesterosos estuvieron visibles en las esquinas poco concurridas.

Aquella crónica musical de Chava Flores, de Sábado, Distrito Federal, que cuenta: “Desde las 10 ya no hay dónde parar el coche”, por obra de la influenza se esfumó. Había espacio suficiente para salir a rodar lento; aprender a manejar; estacionar el auto en el lugar soñado.

Presidente Masarik, por ejemplo, una de las avenidas más nice del país, donde rugen los motores de autos ultraarchideportivos, era una plaza a disposición de quien fuera. Los acomodadores de coches charlaban entre ellos, agitaban los brazos en vano para atraer a los automovilistas de paso.

Meseros, floristas, vendedores de golosinas veían pasar el tiempo.

Los taxistas de Polanco, con sus vehículos en formación, se afligían. Un día perdido por completo. Ni hablar. La historia cotidiana al revés de lo que cantaba don Chava Flores: “Ni un ruletero que lo quiera a uno llevar”.

Había lugar para estacionar hasta un tráiler. Y para caminar en las aceras. Rumbo a la sinagoga de Masarik y Sócrates, familias judías cumplían su descanso en una ciudad que permanecía en sus casas.

En las calles cercanas a Masarik, como Julio Verne, Virgilio, Anatole France, la zona de restaurantes daba muestra de su éxito, con llenos de excepción. Cláxones, “viene-viene”, “pase usted, jefe”, daban el tono de un sábado por la tarde en Polanco.

A pesar de la incertidumbre que ha traído el virus A/H1N1, transcurrieron horas de quietud urbana, como nunca. Circuito Interior estaba solitario como Paseo de la Reforma, con el Ángel de la Independencia, el símbolo de los festejos, las victorias de los habitantes de la urbe, convertido en postal sin gente, abandonado.

Y la avenida Juárez, paso obligado de marchas y lugar de nudos viales, redujo su palpitar. Y las aceras anchas de Paseo de la Reforma, sin un alma. Es el efecto de la influenza, en el segundo día de alerta. El hormiguero está vacío.

 

 



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