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El hijo de Pal

Alejandro Páez Varela| El Universal
Sábado 14 de marzo de 2009
Un hombre persistente, un torbellino inagotable ha decidido dejar de aburrirse: Florence Cassez es el nombre de su nuevo juego

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Que nadie se asuste si el presidente de Francia estaciona en México a su ministro de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner. Tampoco sería extraordinario que su embajador Daniel Parfait no tuviera otra asignatura que informarle a diario la evolución de su asunto principal: Florence Cassez. Nadie deberá considerar un exceso si el mandatario regresa pronto al país con ánimos de dar otra conferencia de prensa para manotear al aire, o volver a hablar ante el Senado de los temas que le vengan en gana y más si a alguien se le ocurre la idea de que es posible recomendarle que no haga todo lo anterior.

Es Nicolas Sarkozy, hombre, Président de la République française, Gran Maestre de la Legión de Honor, copríncipe de Andorra, heredero de la Quinta República. Es Sarkozy, el individuo que se aburre si no tiene claro a quién o a quiénes debe retar. Es Sarkozy, Sarko, el estudiante de derecho que se siente capaz de brincar todos los obstáculos de una infancia miserable hasta llegar a la presidencia de su país adoptivo.

 

Píquele la cresta y sabrá de qué se trata este brevísimo individuo de apenas 165 centímetros de estatura, torbellino descendiente de húngaros y judíos, católico porque tiene derecho, esposo de una mujer que irradia luz: Carla Bruni, ex modelo, ex cantante, con la que se casó el 2 de febrero de 2008 en el Palacio del Elíseo de París después de serle escandalosamente infiel a Cecilia, su mujer anterior, su amor durante más de 11 años, la que lo llevó a considerarse infeliz justo en los días en los que ganó la presidencia.

 

“Los vecinos de Allatyan (90 kilómetros al este de Budapest) llaman a Nicolas ‘el hijo de Pal’. Pal Sarkozy Nagy Bocsa, un noble crepuscular y embustero que durmió en el metro de París la noche del 2 de diciembre de 1948 porque no tenía, literalmente, donde caerse muerto. Los vagabundos que le acompañaban al relente ignoraban entonces que aquel ex legionario de 22 años podría un día convertirse en el padre del presidente de Francia”, escribe el periodista Rubén Amón. Pal arrastraba la ‘erre’ de Hungría cuando hablaba francés. Tenía ademanes elegantes. Era atractivo, distinguido, pero los agujeros de los zapatos y el abrigo polvoriento delataban su miseria.

 

Pal era un playboy. Tuvo cuatro, cinco familias. Nicolas nunca le perdonará el abandono pero agradecerá el rencor acumulado: “Soy producto de las desdichas de mi infancia”, repetirá.

 

“¡Lárgate, lárgate, pobre imbécil”, grita Sarkozy. Ha dejado de ser el hombre refinado que se pasea por el Elíseo. Está en la Feria de Agricultura de París, rodeado de seguidores. Un agricultor molesto le ha negado el saludo y el presidente se siente ofendido. “Imbécil”, balbucea, viendo a la cámara. Es un terrible momento de 2008, justo cuando las encuestas dicen que ha dejado de ser popular y los franceses se han hartado de su brevísima presidencia. “Imbécil”, repite Sarkozy. La prensa se lo come. Francia se estiran todavía más y siente pena ajena.

 

Entonces, Nicolas da la cara. Días después. Dice, tajante: “Porque uno sea presidente no se convierte en alguien con el que es posible limpiarse los pies”. Y Francia aplaude, orgullosa, y cada palma que choca con la otra le despierta y le recuerda por qué, en primera instancia, lo había hecho su presidente.

 

“No tuvo piedad en asesinar a su padrino, Charles Pasqua, para convertirse con 32 años en alcalde de Neully (una localidad chic y nobleburguesa ubicada a las afueras de París.) Traicionó a su mentor, Jacques Chirac, en beneficio de Edouard Balladour cuando se jugaron las presidenciales de 1995”, intenta, uno de sus biógrafos, justificar su empeño.

 

El líder de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen, lo trata de definir: “Parece más a Tintín que a [Charles] De Gaulle”.

 

Pero es muy pronto para tratar de dibujar qué será de Sarkozy.

 

Su pasado, sin embargo, permite advertir que este persistente, este torbellino inagotable ha decidido dejar de aburrirse. Florence Cassez, la secuestradora de mexicanos, confesa y condenada, es su nueva meta. Y a Sarko no le gusta perder.

 

 



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