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Un ojo crítico

José Carreño Figueras| El Universal
Sábado 06 de diciembre de 2008
“Con Bush, cualquiera que esté a la izquierda de Atila es tildado de izquierdista”

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Si alguien en el mundo pudiera agradecer la existencia de George W. Bush sería tal vez Paul Krugman, el economista de Princeton y Premio Nobel de Economía 2008, que debe buena parte de su fama y su prestigio a sus a veces solitarios artículos de oposición a las políticas de aquél.

Con todo, Krugman ganó la más preciada o por lo menos más famosa presea académica mundial gracias a publicaciones que lo llevaron, según la Academia Sueca, a ser un divulgador de la teoría económica, a diseñar una nueva geografía económica y de paso una nueva teoría del comercio.

 

Pero en gran medida, aunque eso no fue parte del veredicto oficial, porque fue crítico de la guerra en Irak cuando en Estados Unidos era impopular serlo, porque fue un consistente crítico de la doctrina económica neoconservadora y ciertamente de lo que los liberales estadounidenses llaman “bushonomics”, la economía según Bush.

 

De hecho, Krugman puede acreditarse el dudoso placer de haber previsto la actual crisis económica, desatada como él y otros —incluso el políticamente resucitado Paul Volcker— advirtieron desde 2004, justamente por un inflado mercado hipotecario.

 

Su crítica a Bush pasó de intelectual a política y hasta personal. En Washington la verdad oficial era que aún cuando sus políticas fueran un desastre, Bush es una persona decente y agradable. Krugman sin embargo lo consideró siempre como “un fraude”, en palabras del activista demócrata James Carville. Ya en 2004 advertía que “con Bush, cualquiera que esté a la izquierda de Atila es tildado de izquierdista”.

 

Krugman es mas conocido por sus artículos de opinión en The New York Times, que por sus libros de economía, aunque ciertamente ningún economista se atrevería a cuestionar su calidad. De hecho, es el creador de la llamada “nueva teoría del comercio”, sobre la base de que una creciente proporción del comercio puede ser explicada por la innovación tecnológica más que por ventajas comparativas nacionales.

 

Pero son sus textos periodísticos los que desde principios de esta década lo convirtieron en el articulista que había que leer en Washington o Nueva York. Sea para ensalzarlo o para maldecirlo, pero nunca dejar de leerlo.

 

El propio Krugman explica: “Mi creencia es que si un artículo o una columna no molesta grandemente a un sustancial número de personas, el autor ha malgastado su espacio”.

 

Y ciertamente Krugman ha molestado a un número de personas, a derecha o izquierda para evitar recelos, tanto que sus amigos y sus adversarios mantienen páginas de internet para atacarlo o defenderlo.

 

La idea no está mal para un economista que a principios de los 80 trabajó en el Consejo de Asesores Económicos de Ronald Reagan y quedó molesto y decepcionado cuando los más “reaganistas” de los “reaganistas” atacaron a su jefe, Martín Feldstein, por proyectar déficit fiscales y no aceptar la teoría de que menores impuestos provocarían la creación de más riqueza y por lo tanto más ingresos para el erario.

 

Fue en ese tiempo sin embargo, cuando Krugman, que como niño declaró que le gustaría ser uno de los “sicohistoriadores”, los académicos capaces de influencias y determinar ciclos históricos descritos por Isaac Asimov en su serie Fundación, encontró placer en escribir sobre economía política y en 1990 publicó su primer libro: La Era de las Expectativas Disminuidas.

 

Y para mantener su credo, se convirtió en un severo crítico del gobierno de Bill Clinton y sobre todo de su equipo económico —luego de que no lo tomaron en cuenta pese a que los ayudó en la campaña de 1992—, a los que calificó como “charlatanes”. Su enemistad con los que considera como “empresarios políticos” entrometidos en la economía se cimentaba ya y florecería en la última década.

 

Considerado “El Heredero Aparente” del legendario economista John Kenneth Galbraith, Krugman es tal vez la versión más acabada del moderno intelectual capaz de ser ideológicamente profundo, políticamente comprometido y convenientemente autopromotor.

 

 

 

Con todo es un hombre intensamente reservado. “Hay muchas cosas que lamento acerca de mi vida y personalidad; si las cosas han ido asombrosamente bien para mí profesionalmente, no ha sido tan fácil o tan feliz en lo demás”, indicó en ese mismo escrito.

 

El hecho sin embargo es que después de ser considerado como un teórico, Krugman pasó a escribir artículos periodísticos y ahí logró poner las más intrincados tesis económicas en un lenguaje sencillo y comprensible. De paso, eso lo llevó a convertirse en la Némesis del gobierno Bush, a la popularidad y al premio Nobel, entre otros...

 

Nada mal para un chico nacido en febrero de 1953 en Albany, Nueva York, criado en Long Island y que desprecia a los que llama “internacionalistas pop”.

 

 



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