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Vuelven al aire tras destierro de 11 años

Juan Arvizu| El Universal
Lunes 17 de septiembre de 2007
Vuelven al aire tras destierro de 11 aos

Los helicópteros Black Hawk regresaron a los festejos del 16 de septiemebre. (Foto: René Rozáinz/EL UNIVERSAL )


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Cuando los dos helicópteros Black Hawk aterrizaron a los lados del asta monumental del Zócalo, la sensación de poderío militar amigo abrió la boca de la multitud.

Poco antes, un pelotón de paracaidistas bajó en la plaza, como avanzada de asalto. La gente colmó los portales; los balcones del Palacio Nacional dieron marco a mil siluetas; las azoteas fueron observatorios de los cielos.

Los helicópteros artillados, del tipo que opera en la guerra de Irak, como fantasmas de la muerte se elevaron unos metros, con lentitud, ante el asombro público. Y se sostuvieron en vuelo a la altura del balcón central.

De sus panzas saltaron por cuerdas sus rambos mexicanos. Cuando se apagaron los rotores, quién sabe si la muchedumbre se desbordó o si a propósito fueron retiradas las barreras. Lo cierto es que la gente corrió hacia los helicópteros, los rodeó, interrogó a los militares. Niños, mujeres y varones se tomaron fotos en esa escenografía de guerra “de veras” y desfile septembrino.

Los seguidores del Frente Amplio Progresista (FAP), que el año pasado acamparon en los portales y repudiaron a un Vicente Fox de salida, la mañana de ayer perdieron la plaza y las vallas del desfile.

Familias en afán de fiesta ocuparon la ruta militar. El público formó ruidosas vallas, mientras que pasos atrás, contra las paredes de los edificios, el México de la vestimenta indígena miró en silencio la demostración de fuerza, como si no fuera suya.

En el balcón central, Felipe Calderón presidió el primer desfile militar de su sexenio. Sus hijos, Luis Felipe y Juan Pablo, vistieron uniforme de campaña con insignias y gorra y alternaron con los secretarios de la Defensa, Guillermo Galván Galván, y de Marina, Mariano Francisco Saynés Mendoza.

En varias ocasiones vieron aeronaves en formación volar hacia ellos, a menor altura que la torre Latinoamericana. Al balcón central llegó la onda expansiva de los aviones caza.

Así fue el regreso triunfal de la Fuerza Aérea a la fiesta nacional. La última vez fue en el desfile de 1995, cuando chocaron tres aeronaves. Por las operaciones de 80 aviones militares, ayer cerró tres horas el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El comandante del desfile, Tomás Ángeles Dauahare, subsecretario de la Defensa Nacional, hora y media después dio al alto mando un parte de “sin novedad”.

La gente mostró el rostro con marcas tricolores; usó sombreros cónicos de palma. El ejército de los patriotas formado por niños, abuelos, padres, novias, confeti en mano saludaron a las Fuerzas Armadas sin dar tregua.

Quizá fue el día de los celos de los cadetes del Colegio Militar, los galanes de todo desfile, que impresionan a las damas con la gallardía, la montura, el sable y la fama de valor.

Allá iban con sus cánticos las fuerzas especiales, los grupos de asalto, en vehículos típicos de videoguerrero, con armas al cinto, al muslo, con diademas para intercomunicación, con fusiles para una misión imposible.

—¡Uooou! ¡Uooou!— gritó la gente en un desborde de fuerzas —¡Uooou!

—¡Bravooo! ¡Bravooo!— saludó.

Era el desfile militar del año de la guerra en contra del crimen organizado, pero también de la acción subversiva.

Entre porras y vítores se abrió una burbuja de silencio al paso de un destacamento en el que viajó un militar cubierto con un traje semejante al de un buzo. Atrás de él rodaba una pesada caja de acero. Era el equipo antibomas del Ejército. Todos en silencio.

Fue un momento. Y volvió el estruendo popular, la voz del desfile como no se escuchó en los últimos años.

Las 54 banderas nacionales marcharon victoriosas por el corazón de México, al ritmo de sus bandas de guerra, entre la multitud gritona, que pintó sus rostros con gises tricolores, y con ese camuflaje formó el Ejército de apoyo a las Fuerzas Armadas.

Fue el día en que los Black Hawk, los halcones, aterrizaron en el zócalo, un nido de su tamaño.



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