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El turista huye del huracán; el lugareño confía en su instinto

Alejandro Suverza/ENVIADO| El Universal
Jueves 20 de octubre de 2005
Cancunenses dicen tener un sentido común ante los fenómenos naturales

CANCÚN, QR.- Cuando en junio pasado se confirmó que el huracán Emily pegaría de lleno en las costas de Cancún, Quintana Roo, decenas de lugareños acudieron al mirador de la zona hotelera para observar la altura de las olas. Las compararon con las que provocó Gilberto, el fenómeno que más daños causó a este municipio, y auguraron que no sería tan fuerte.

Varios ciudadanos hoy recuerdan que tenían razón, Emily entró y a la mañana siguiente se había ido. Cualquiera podría pensar que es demasiado arriesgado fiarse del sentido común, de lo que la gente que aquí ha vivido toda su vida percibe, pero muchos cancunenses así miden la fuerza de los huracanes y confían en el instinto que se les ha desarrollado por vivir en una zona a la que cada año llega un visitante que manda la naturaleza.

Quizá la sociedad turística abandona los hoteles, satura los vuelos, pero la gente que aquí vive a fin de cuentas tiene que continuar con su vida. Entonces lo cotidiano en temporadas de huracanes se traduce en hablar de trayectorias, de categorías, de las velocidades del viento. Y a veces acaba por llenarse de forma natural de suposiciones o acercamientos. "Ese va a tardar por lo menos cinco días en entrar". "Ese no va a pegar". "A veces los medios le exageran, y luego no ocurre nada".

Cualquiera podría espantarse de que ahora se enfrentarán al huracán Wilma, hasta ayer con categoría 5 y considerado el fenómeno más violento que se ha formado en la historia de los huracanes.

Informes meteorológicos aseguran que lleva vientos huracanados de más de 240 kilómetros por hora con rachas de 360 y con un radio de acción de 600 kilómetros. El gobernador de la entidad, Félix González Canto, declaró al estado en alerta roja.

Muchos cancunenses siguen al pie de la letra las recomendaciones. Se abastecen.

Compran alimentos enlatados, velas, pilas para linterna y radios portátiles, cintas para sellar las ventanas y puertas de sus casas. Se mantienen informados sobre la trayectoria de Wilma, pero no se alarman más allá. Están acostumbrados a que en esta época del año, la televisión local les transmita anuncios de que cuando pase el ojo del huracán habrá unos minutos, que no salgan de sus casas, porque cuando salga y gire en sentido contrario al que entró, volverá el viento.

Incluso algunos, como don Alberto May, critica el hecho de que la gente realice compras de pánico en los centros comerciales. "Compran galletas, arroz, atunes y luego cuando pasa el huracán se dan cuenta de que se acabaron el poco dinero que tenían y se van a las casas de empeño".

El comerciante dice que la historia ha demostrado que si uno sigue las reglas y se encierra en su casa, no pasa nada. "La ventaja es que aquí en Cancún no hay ríos que se desborden", agrega.

Liliana Medina y Fabián Álvarez, dos terapeutas que trabajan en un SPA de un hotel de Playa del Carmen, dicen que cada año es lo mismo. Los supermercados se vacían y los turistas abandonan Cancún. Dicen que cuando Emily, estuvieron casi dos meses sin trabajo. "Cuando se acerca un huracán, el calor aumenta, hay más humedad, no hay viento, el mar se come un poco la playa. Y por la trayectoria de este huracán (Wilma), no viene para acá", dicen ambos.

Liliana, que ha vivido por 27 años en Cancún y ha visto pasar entre otros a Gilberto, Roxana, y Emily, dice que cuando el ojo del huracán está encima no se mueve nada por momentos, lo que puede causar más daño es que haya un rebote: que el huracán salga y vuelva a entrar. "Nosotros estamos tranquilos, estamos acostumbrados".

Cuenta que tiene amigos que no son de aquí y que salieron huyendo cuando se enteraron de la llegada de Wilma y por eso dice que los único que ocurre con los huracanes es que "le da en la madre a la gente que trabaja y vive del turismo, porque los visitantes entonces eligen Jamaica, las islas Caimán y otros destinos.

Sin embargo, muchos están atentos a lo que los medios locales informen. A los diferentes colores de las alertas. Tienen que levantar todo lo que pueda ser volado por el aire. "Lo peligroso no es el huracán, sino los objetos que proyecta", dice Cristina Morales, la jefa de atención a huéspedes de uno de los hoteles de cinco estrellas, que mientras llegaba a Cancún en un vuelo procedente de la ciudad de México, le avisaron que hoy tendría que asistir con su "ropita de huracán" -un pantalón de mezclilla y una camisa blanca- porque tendría que convertirse en voluntaria para en caso necesario evacuar a los turistas. Unos huyen de Wilma.

Otros la enfrentan por necesidad. Quizás hoy acudan algunos curiosos al mirador de la zona hotelera para medir el tamaño de las olas, comparar y decir que el huracán será tan violento como el de la vez pasada.



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