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Tenían poco, ahora nada

José Luis Ruiz Enviado| El Universal
Viernes 15 de enero de 2010
Son decenas de cuerpos tirados a las orillas de calles y caminos, todos amortajados, envueltos en sábanas sucias, enrojecidas por la sangre, templos de moscas que se abaten sobre los cadáveres ante la mirada perdida, indiferente de la gente. Hay hombres, mujeres y niños

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PUERTO PRÍNCIPE.— Son decenas de cuerpos tirados a las orillas de calles y caminos, todos amortajados, envueltos en sábanas sucias, enrojecidas por la sangre, templos de moscas que se abaten sobre los cadáveres ante la mirada perdida, indiferente de la gente. Hay hombres, mujeres y niños.

Los pies desnudos que no alcanzaron tela revelan sus identidades y sus posibles edades. Es el rostro de una tragedia que se niega a ser conjugada en tiempo pasado; es el dolor, la miseria y el olor a muerte que se filtra entre las manos de los que lanzan plegarias que no encuentran respuesta. Así amaneció Puerto Príncipe, lleno de cuerpos sin vida y gente deambulando sin un destino fijo, azorados aún por la brutalidad de un terremoto que causó la muerte a miles de haitianos el pasado martes.

Ni hablar de acciones masivas de rescate, de auxilio a una población que no acaba de asimilar los efectos del temblor. Éstas no existen. Cada quien se ayuda como puede. Más de 40 sacudidas de menor intensidad se han registrado en las últimas horas en La Española. Mucha gente, miles de haitianos, prefiere enfrentar la violencia de la naturaleza durmiendo en las calles, terrenos baldíos y plazas públicas.

Si tenían poco, ahora ya no tienen nada. El temblor de 7.3 grados en la escala de Richter les arrebató hasta la esperanza y sumergió a gran parte de la capital en un panorama desolador. Muertos hay más de 50 mil, según el presidente René Preval, quien tiene prácticamente al país al garete.

La devastación se ve en todas partes, desde zonas medianamente residenciales como Pétion Ville, Kenscoff, Juvenaut, Montana y Peguy Ville, hasta barrios marginales como Jalousie, que se encuentra a las faldas de Morne Calvaire y Christopher. En este último barrio también se erigían instituciones y organizaciones como las Naciones Unidas.

La tragedia movilizó a la comunidad internacional. Decenas de aviones de todo tipo se agolpan en el único paradero del Aeroport International Toussaint Louverture de Puerto Príncipe, sin que exista la infraestructura material o humana que permita la movilización de las miles de toneladas de ayuda humanitaria que llega de muchos rincones del planeta. Cascos Azules bien armados resguardan los preciados cargamentos, ante la mirada vigilante de marines de Estados Unidos, dotados con fusiles de asalto. Pero nadie hace algo para distribuirla entre la población. Por las avenidas circulan vehículos de la ONU entre otras organizaciones, sin que nadie sepa a bien qué hacen o en qué se apoyan. Las calles están repletas, la gente camina en ríos sin fin de un lado hacia otro.

Priva la desorganización

En ningún punto de la ciudad se observan trabajos organizados de rescate; la única acción de este tipo se realiza en la sede de la máxima organización internacional en Christopher, un edificio de siete pisos que se vino abajo con cerca de un centenar de colaboradores de la organización. Sólo tres cuerpos han sido recuperados de entre las ruinas del inmueble. El resto permanece bajo toneladas de concreto.

Nieves Álvarez, responsable de la UNICEF en Haití, narra la tragedia, pero también la vive. Su esposo Phillippe se encuentra bajo los escombros. “No sé si siga vivo”, admite con un pesar que no puede ocultar ni en su mirada ni en sus palabras. Otros, los más, sin mayor herramienta que las manos, tratan de encontrar a los suyos bajo los techos de concreto y lámina que cayeron sobre familias completas. Muchos lo intentan por horas, pero luego se rinden.

En el barrio Desmas todo se vino abajo; hay muchos muertos que no se ven, pero huelen. El hedor de los cuerpos en acelerado proceso de descomposición atrae a los perros, que hambrientos, también hurgan entre los escombros, pero ellos buscan algo que comer.

“Hoy la preocupación es rescatar cuerpos, ayudar a heridos, mañana será otro el motivo, el hambre, y entonces correrá la violencia”, pronostica un alto funcionario de la ONU, que reconoce que incluso en la institución hay anarquismo, desorganización. “Esto es un caos”.

Ya hay versiones que afirman que el alimento y el agua se disputan a machetazos. A simple vista se constata que sólo es cuestión de horas para que la violencia estalle en esta ciudad, donde hoy no hay actividad productiva alguna.

Quienes pueden trasladan en carretillas a alguno de sus heridos a improvisados hospitales instalados en los márgenes del aeropuerto, donde apenas les aplican los primeros auxilios, y al que más le suministraban suero o algún poderoso analgésico. “No hay mucho que hacer, falta de todo”, narra Elmar, un médico residente en República Dominicana.

Sólo con la mirada se constata que los heridos que son atendidos en una carpa en instalaciones de la misión de la ONU para la Estabilización de Haití sufren el acecho y el ataque de cientos de moscas. Muchos pacientes agonizan, otros mueren. No hay víveres, menos medicamentos. Todo se encuentra amontonado en los patios del aeropuerto. No hay estrategia ni plan para su distribución. A lo largo del día sobrevuelan helicópteros de todo tipo desde Blackhawks artillados de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, hasta aparatos de la Guardia Costera.

Ciudadanos de otros países esperan pacientes se les evacúe del lugar. Aviones militares llegaron a Puerto Príncipe para rescatar a sus conciudadanos, algunos heridos graves. Los más, los haitianos, no tienen más alternativa que quedarse en la isla y enfrentar la tragedia.

La noche es más oscura que nunca, hay poca luz y la gente sigue caminando, en medio de la catástrofe, de las ruinas y del olor a muerte.



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