Tlatelolco

El conjunto habitacional padece robos cotidianos, asesinatos, peligro de derrumbes, narcomenudeo y plagas. A partir de las seis de la tarde casi nadie sale a la calle. El delegado promete buscar recursos para solucionar estos problemas.

Tlatelolco, medio siglo de vida

Los columpios, la resbaladilla y el pasamanos se han convertido en adornos oxidados de una pequeña área de juegos infantiles enclavada en la Tercera Sección de la Unidad Habitacional Tlatelolco. No hay un solo niño jugando. De fondo, un mural se muestra llamativo ante nuestros ojos, como si fuera la explicación misma de esta soledad.

Velas y flores en el suelo adornan el mural dedicado a Francisco Cabrera, joven de 23 años que fue apuñalado en esa plaza cuando le robaron su celular.

Francisco llegó de su trabajo a las seis de la tarde y se sentó en la banca del área de juegos para pasar el rato. Su tía, Mary Cruz Rosales, que vive en el edificio de un costado, salió corriendo al escuchar gritos y sólo alcanzó a ver a su sobrino tendido en el suelo, rodeado de sangre.

“La ambulancia tardó 40 minutos en llegar, y eso que dentro de la unidad hay dos clínicas. ¿Desde cuándo estar sentado en una banca frente al parque es peligroso?”, se lamenta al ver el mural con el rostro de su sobrino.

Paco, como le llamaban sus ocho tíos —todos habitantes de Tlatelolco—, murió el 25 de septiembre de 2012 y su crimen no ha sido resuelto. Su madre decidió no denunciar el asesinato ante las autoridades, pues “nada le devolverá a su hijo”. Está hundida en una depresión, nos comenta la tía Mary Cruz.

Tragedias parecidas a la de Francisco se apilan en la cotidianidad de Tlatelolco. En mayo, Benjamín Juárez recibió dos disparos durante un intento de robo de auto, sin que perdiera la vida; y justo la semana en la que EL UNIVERSAL inició una serie de recorridos por las tres secciones de la unidad, los residentes comentaban el caso de una vecina del edificio Tamaulipas, quien se enfrentó a la amenaza de una pistola cuando viajaba en carro con sus tres hijos en el asiento trasero del carro.

Nada que festejar

El conjunto Nonoalco Tlatelolco, ideado por el arquitecto Mario Pani, se anunció —hace exactamente medio siglo— como el proyecto de regeneración urbanística, solución de vivienda en grandes ciudades y ejemplo internacional de arquitectura modernista. El transcurso de los años, la falta de presupuesto y el abandono por parte de autoridades del DF muestran el revés de la promesa.

Tlatelolco no tiene nada que festejar en su 50 aniversario, coinciden vecinos de la unidad, conocidos como tlatelolcas, quienes desde las seis de la tarde viven una especie de “toque de queda” por el miedo a la delincuencia.

La asociación de vecinos Unidos por Tlatelolco señala que existe un promedio de tres robos diarios (celulares, joyas, comercios o casas habitación), lo que daría un total de mil 95 por año; pero advierten que la mayoría de los vecinos no denuncia, pues tienen la sensación de que “no sirve para nada”.

Esta versión tiene sentido si vemos los datos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), que reporta que la cifra de delitos de alto impacto (robo a casas, a negocio, a transeúntes, a pasajeros de transporte público, violación y homicidio doloso, entre otros) en 2013 fue de 528; esto quiere decir que en Tlatelolco —que representa 2.5% del total del territorio de la Cuauhtémoc— se comete 10% del total de los delitos de la delegación.

En esta demarcación se abrieron 26 mil 542 averiguaciones previas, que incluyen delitos de alto y bajo impacto social, en 2013. La incidencia delictiva de la delegación representa 15.6% de toda la ciudad.

Aunque el mayor problema de Tlatelolco es la inseguridad, una investigación realizada por EL UNIVERSAL arroja que esta unidad, conformada por 90 edificios y más de 10 mil departamentos, distribuidos en casi 800 mil metros cuadrados, se enfrenta a un rosario de problemas que afectan a 70 mil tlatelolcas, tales como narcomenudeo, robo de autopartes, deterioro general de infraestructura, hundimiento de edificios, bombas de agua deficientes, luminarias fundidas, falta de mantenimiento, acumulación de basura, ratización, ambulantaje y presencia de vagabundos.

Actualmente hay un policía por cada 3 mil personas en Tlatelolco. En 1964 —año en que terminó la construcción de la unidad—, había uno por cada 500.

Los vecinos dicen que poco a poco se ha desmantelado la seguridad: antes había una Comandancia de Policía específica para la unidad, ahora hay pequeños módulos en los que “ni siquiera les dan dinero suficiente para la gasolina de las patrullas”, denuncian los integrantes de Unidos por Tlatelolco.

“Después de las seis de la tarde hay una especie de toque de queda”, dice Vania Villafuerte, de 40 años, quien siempre ha vivido en Tlatelolco. “Ahora a partir de que oscurece ya sólo podemos salir a la tienda en bola o corriendo”, se indigna.

A los pocos elementos de seguridad se agrega la falta de iluminación, lo cual convierte varios callejones y pasillos en una cueva de lobos. Luis Pegueros, miembro del Comité Vecinal calcula que 60% de las 600 luminarias instaladas no funciona desde hace años.

La primera semana de enero, cuando este diario realizó una visita nocturna a la unidad, muchas de las luminarias se acababan de renovar, según los vecinos, pero la luz sigue siendo insuficiente; y en todo el recorrido apenas nos topamos con dos policías.

  • Los columpios, la resbaladilla y el pasamanos se han convertido en adornos oxidados de una pequeña área de juegos infantiles enclavada en la tercera sección de la unidad habitacional Tlatelolco. No hay un solo niño jugando FOTO: Archivo EL UNIVERSAL / Yadín Xolalpa

  • El conjunto urbano Nonoalco Tlatelolco, ideado por el arquitecto Mario Pani se anunció, hace exactamente medio siglo, como la solución de vivienda en las grandes ciudades y ejemplo internacional de la arquitectura modernista en México FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • El transcurso de los años, la falta de presupuesto y el abandono por parte de las autoridades del Distrito Federal muestran el revés de la promesa FOTO: Adrián Hernández /EL UNIVERSAL

  • FOTO: Adrián Hernández /EL UNIVERSAL

  • FOTO: Adrián Hernández /EL UNIVERSAL

  • Una grieta cruza la cancha de futbol rápido, mientras del otro lado la cancha de basquetbol es invadida por cascajo y basura FOTO: Adrián Hernández /EL UNIVERSAL

  • Tlatelolco "no tiene nada que festejar en su cincuenta aniversario", coinciden los vecinos de esta unidad, conocidos como tlatelolcas, quienes a partir de las 6:00 de la tarde, viven una especie de "toque de queda" por el miedo que genera la delincuencia FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • La asociación de vecinos Unidos por Tlatelolco señala que existen un promedio de tres robos diarios (celulares, joyas, comercios ó casas habitación) FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • Diversos son los problemas que afectan la vida cotidiana de unos 70 mil tlatelolcas, tales como narcomenudeo, robo de autopartes, deterioro general de la infraestructura, hundimiento de edificios, luminarias fundidas, acumulación de basura, ratización y apropiación del terreno por parte de ambulantes y vagabundos FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • Un par de jóvenes caminan por un andador grafiteado y con falta de iluminación FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • En la actualidad hay un policía por cada 3 mil personas en Tlatelolco, cuando en 1964 –el año que se terminó de construir la unidad- había uno por cada 500 FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • Los vecinos dicen que poco a poco se ha desmantelado la seguridad, antes había una Comandancia de Policía para la unidad, ahora hay pequeños módulos en los que "ni siquiera les dan dinero suficiente para la gasolina de las patrullas" FOTO: Tanya Guerrero /EL UNIVERSAL

  • Temblores tras el de 1985 han generado temor e inquietud en los vecinos, pues a pesar de que en el lapso de 2009 al 2011 la delegación hizo peritajes a los 90 edificios, los vecinos manifestaron su total "desconfianza" ante los resultados entregados por la empresa Hoyu Mexicana. En la imagen (i) se observa al fondo al edificio Nuevo León FOTO: Archivo/ Yadín Xolalpa/ EL UNIVERSA

Tres generaciones tlatelolcas

Para visitar a Roberto G. Rivera se deben pasar cinco cerraduras hasta su casa: la del edificio, la de la reja anterior a la puerta de madera y, finalmente, las tres que custodian su departamento del edificio San Luis Potosí. Roberto, de 86 años, ha vivido los últimos 40 años en la unidad. Ahí se casó, tuvo tres hijas y cosechó el esplendor de una vida como actor, productor y director de cine. Entre el Tlatelolco al que llegó y en el que ahora vive bajo llave, hay un abismo.

“Mis nietos no pueden salir al parque como mis hijos lo hacían”, dice Roberto al recordar con añoranza cómo era vivir ahí: vacaciones en la alberca del deportivo, clases de hawaiano, concursos entre los niños y la tranquilidad de estar en casa. Hoy, los deportivos están totalmente deteriorados.

Roberto G. recorre sus memorias y las compara con el desencanto actual: coladeras descubiertas cerca del área de juegos, ratas, basura, vagabundos, columpios oxidados, grafitis y reducción del personal de vigilancia… “Todo se acabó. Tlatelolco ha sido destrozado”, dice con tristeza este hombre entrañable de la tercera edad, franja a la que pertenece más de 60% de los habitantes de esta unidad.

Hace unos años, su hija Robertha decidió poner un café internet en el edificio Cuauhtémoc, pues Tlatelolco cuenta con unos 500 establecimientos mercantiles, la mayoría de los cuales ya han sido abandonados sin que nadie los quiera volver a alquilar. La razón de estos cierres está muy clara. En diciembre de 2007, Robertha estaba en su negocio cuando dos hombres con pistola, a mitad del día, entraron a su café en el que un puñado de niños usaba las computadoras. Un policía intervino, y el saldo fue un asaltante muerto, un joven de 15 años herido de bala y la partida de Robertha y su familia del DF.

A la hermana de Robertha, Teresa Gutiérrez, también le duele la inseguridad: “Tengo una hija de 15 años [a la] que no dejo salir sola a la papelería por miedo; y mi otro niño apenas empezó a caminar. Mi esposo ya quiere que nos vayamos de aquí”, dice con desilusión, pues, como su hermana, ella tendría que dejar a su padre en Tlatelolco.

Edificios hundidos y vecinos nerviosos

Vecinos como Roberto G. Rivera, que hicieron su vida en Tlatelolco, ubican la primera oleada de huida tras el temblor de 1985. El desplome del edificio Nuevo León y el derrumbe controlado de once más, por fallas estructurales, causaron la desconfianza de muchas familias.

Sismos posteriores han generado temor e inquietud en los vecinos, pues a pesar de que entre 2009 y 2011 la delegación hizo peritajes a los 90 edificios, los habitantes expresaron su “desconfianza” ante los resultados entregados por la firma Hoyu Mexicana.

Esta empresa recomendó que los edificios Veracruz (de 24 niveles), Chihuahua (14 niveles), ISSSTE 11 (14 niveles) y Colima (cuatro niveles) debían “recuperar su verticalidad y llevar a cabo un reforzamiento en la cimentación”, pero incurrían en recomendaciones idénticas a pesar de que los inmuebles tienen características muy diferentes, aparte de que había datos “erróneos” en el peritaje, según denunció en su momento el arquitecto Santiago Jordá, quien en 1986 formó parte de la Comisión Técnica Asesora encargada de la reconstrucción tras el sismo de 1985.

Unidos por Tlatelolco argumenta que los edificios Michoacán y Guanajuato presentan “peligro de derrumbe”, según les comentaron autoridades de la delegación tras el sismo del 20 de marzo de 2012, pero “nunca” les dieron un documento escrito de ello. Lo que sí es evidente es el hundimiento de los inmuebles Colima, Chihuahua y Coahuila.

De hecho, según la revista Arch Daly México, especializada en arquitectura, los edificios Michoacán, Guanajuato, ISSSTE, Ignacio Ramírez y Coahuila “tienen una inclinación de 1.5%, siendo 1% el máximo permitido por seguridad”.

Esta situación, junto con el problema de la delincuencia, se ha expuesto a las autoridades. En octubre de 2012, un mes después del homicidio de Francisco Cabrera, Unidos por Tlatelolco y otras agrupaciones enviaron una carta —cuya copia obra en poder de este diario— al entonces jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, y al candidato electo, Miguel Ángel Mancera, para hacer de su conocimiento la “insostenible” situación de Tlatelolco, rodeada por colonias como la Guerrero y la Morelos, caracterizadas por su alto índice delictivo. Aún no reciben respuesta.

Unidos por Tlatelolco también ha intentado una aproximación con las autoridades de la delegación Cuauhtémoc, y ha denunciado la falta de alumbrado público, alcantarillas abiertas, falta de agua, descuido de cañerías y nulo mantenimiento a sistemas eléctricos. La contestación a todas sus demandas se reduce a “promesas de que revisarán los casos”, nos dicen los integrantes de Unidos por Tlatelolco, quienes prefieren que se les nombre de esta manera y no a título personal. Con ellos realizamos recorridos y constatamos sus quejas.

En entrevista con EL UNIVERSAL, Alejandro Fernández, delegado de la Cuauhtémoc, señala: “Tlatelolco es uno de los proyectos importantes para 2014. Ahorita estoy hablando con los diputados para saber si podemos inyectarle más recursos. Es necesario renovar sus andadores, el alumbrado público y arreglar sus jardines”.

Por su parte, la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi), en voz del arquitecto Eduardo Aguilar, autoridad del Espacio Público, refirió: “Nos pidieron apoyo en un análisis de temas de seguridad en el espacio público, de mejorar condiciones”, por tanto están trabajando con la Secretaría de Desarrollo Económico.

El investigador del Instituto Politécnico Nacional Rubén Cantú Chapa comenta que la decadencia de la unidad no sólo afecta a los vecinos, también va en detrimento de la importancia histórica del lugar. “Fue una de las primeras unidades de la ciudad; además, se convirtió en un espacio protagónico, actor de los grandes problemas del país”.

Tlatelolco ha sido escenario de eventos cruciales de la historia de nuestro país, como la matanza del 2 de octubre de 1968, explica el autor del libro Tlatelolco: la autoadministración en unidades habitacionales y gestión urbana.

Los que se quedan

Adolfo Torres García, barrendero de Tlatelolco, tiene 75 años. El piensa que la unidad, como su cuerpo, se está desmoronando. El balance de 33 años de servicio se cuenta en huesos rotos: ambas rodillas, el codo izquierdo y dos costillas.

Cuando Adolfo llegó a trabajar tenía 70 compañeros que barrían junto a él los más de 600 mil metros cuadrados de áreas comunes. Hoy son poco más de 20. La mayoría tienen su edad y siete pedirán la jubilación este año.

Tiene un bastón y una faja en la cintura para resguardar su última fractura. Cada hueso roto remite a una de las tres secciones de Tlatelolco, a sus habitantes y al lugar que despierta los celos de su esposa. “Mi mujer me dice: ‘tú ya no vives aquí, vives allá en Tlatelolco’. Y sí, hasta lo sueño”.

Adolfo se irá este año de Tlatelolco y será un barrendero menos. Roberto G. Rivera se quedará con una hija menos: Robertha ya se fue y Teresa planea mudarse en los próximos meses. “Ustedes me pueden preguntar ¿por qué, ante todo esto, sigo aquí?" dice el anciano, y él mismo concluye con voz ronca: "yo tengo necesidad de estar aquí".

CRÓNICA: Edificio Coahuila, la metáfora de Tlatelolco

Un policía resguarda desde el pasado 17 de octubre la entrada del edificio Coahuila. Desde aquel día en que se registró un incendio en el piso 26 está prohibido que suba gente ajena y menos cámaras.

Una especie de claustrofobia y temor, que se traduce en palpitaciones más rápidas, nos invade mientras subimos a pie los 26 pisos de este edificio, en el cual el hundimiento es perceptible. Clamamos en silencio que no haya un temblor durante el ascenso de más de 10 minutos.

Los elevadores de este edificio, afectados por las llamas, están fuera de servicio desde aquel día, y los ancianos que viven en las alturas permanecen confinados en sus casas, por la dificultad que les representa subir y bajar las escaleras.

En el recorrido no vemos más que un par de extintores oxidados, tal vez de la época en que fue inaugurado el edificio; y el cableado del sistema eléctrico —a pelo— da la impresión de estar podrido.

Llegamos por fin al piso 17 y Karina Vázquez, una vecina que lleva 20 años viviendo en este inmueble, nos recibe y nos guía con una lámpara hasta el penthouse, donde descubrimos un escenario dantesco. La penumbra y los restos de un departamento totalmente chamuscado, son el escenario desde el cual vemos la enormidad de Tlatelolco a través de los vidrios rotos de este apartamento en el que vivían unos músicos, que tras poner la denuncia del incendio desaparecieron. Otro policía vigila el inmueble arriba.

Coahuila y muchos otros edificios de Tlatelolco viven en constante peligro, debido a la falta de mantenimiento al sistema eléctrico: “No hemos tenido acceso al peritaje, debido a que no somos quienes levantamos la denuncia; y es muy importante saber qué dice, desde hace tiempo estamos denunciando altas y bajas de energía, lo que genera cortocircuitos. Si se comprueba que esto fue debido a los cambios de voltaje, podríamos demandar a la Comisión Federal de Electricidad”, explica Karina.

La pérdida más significativa para los condóminos son los ascensores, comenta Karina, y agrega que el delegado Alejandro Fernández, vía Twitter, hizo la promesa —hasta ahora no cumplida— de ayudarles a solucionar este problema.

Al mencionarle el 50 aniversario de la unidad habitacional, Karina lo tiene claro: “No tenemos nada que celebrar. Es una vergüenza lo que han hecho con esta unidad. Nos han abandonado a nuestra suerte, y hasta donde yo recuerdo, el gobierno del Distrito Federal y el propio presidente Enrique Peña Nieto, en campaña, prometió ayuda para la unidad, la cual seguimos esperando”, dice impotente Karina. Bajamos y al salir alguien comenta: “Coahuila es la metáfora perfecta de la unidad”.

CRÉDITOS: Karla Casillas Bermúdez / Valentina Pérez Botero
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