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Muere Hugo Chávez
PERFIL

Se había convertido casi en un ser omnipresente, como todos los de su estirpe. Desde hoy, su nombre y todas sus controversias pasarán a la historia, junto a un movimiento político, el chavismo, que tiene por delante el más grande de los desafíos: sobrevivir al líder excluyente.

Hugo Chávez Frías, fallecido este martes víctima del cáncer que padecía, estuvo desde 1992, cada día y en cada hora, en boca de los venezolanos. Primero por haberse presentado en sociedad con un golpe de Estado, en un país que solía jactarse de no sufrir cimbronazos militares. Después, por sus años de cárcel desde donde escribía cartas u organizaba movilizaciones en los estertores de la IV República.

Y luego, ya en libertad, por prometer una revolución cargada de democracia, si por democracia se entiende votar, en promedio, una vez por año.

Con gran tendencia a la verborrea y carismático por donde se lo mire, Chávez captó la atención de todo el mundo, cuando, a medida que avanzó en su gobierno, aumentó sus ataques contra Estados Unidos y propaló la idea del Socialismo del Siglo XXI, acercándose a Cuba y reformulando un latinoamericanismo que para muchos se había quedado anclado en los años 70. Así fue, actuando en el escenario internacional más con la fuerza del petróleo que de su discurso en pos de un paradigma multipolar, que se acercó tanto a China como a Bielorrusia, a Vladimir Putin o a Mahmud Ahmadineyad.

Pragmático y dueño de un autoritarismo fraguado en los cuarteles, Chávez surgió como líder a fines del siglo XX, cuando muchos hablaban del final de la historia. Trascendió las fronteras con un modelo de fuer te corte populista, en el que más que transformaciones sociales supo construir más y más poder.

Los orígenes

Chávez nació en Sabaneta, Barinas, en 1954. Fue el segundo de los seis hijos de una pareja de maestros de escuela primaria, donde las carencias eran moneda corriente. Él y su hermano Adán fueron criados por su abuela Rosa Inés, quien pobló muchos de sus interminables discursos a lo largo de estos años.

Padre de cuatro hijos de dos matrimonios que fracasaron a la luz de su carrera política, que en sus comienzos estuvo matizada por una relación sentimental con la historiadora Herma Marksman, quien lo había apoyado en la construcción del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) que los venezolanos conocieron en febrero de 1992, cuando el propio Chávez capituló con una frase que terminó siendo profética: “Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”.

Cuando la energía de Chávez en los cuarteles estaba más puesta en el béisbol que en la política, fue el programa Andrés Bello (en el que los oficiales estudiaban en las universidades con civiles) el que abrió las puertas a los textos políticos. El Libro Verde de Moamar Gaddafi comenzó a verse en su mesa de noche junto a los libros del peronismo, El Capital de Karl Marx o el diario del Ché en Bolivia.

Cuando Venezuela explotó socialmente en 1989 con “el caracazo”, Chávez y el grupo de militares que hoy lo acompañan en el gobierno ya venían conspirando hacía años dentro de las Fuerzas Armadas. Él mismo reconoció que aquel estallido social había acelerado los movimientos del grupo. Los dos años en la cárcel, hasta el indulto del presidente Rafael Caldera en 1994, sólo sirvieron para aumentar su popularidad. Una vez en libertad se había dedicado a articular su Movimiento V República, tanto con partidos de izquierda como con sectores que se desprendían de los partidos tradicionales, Acción Democrática y COPEI.

A nadie extrañó que en 1998 ganara las elecciones con sus propuestas de cambio y de una nueva Constitución. Una de sus primeras medidas, el 2 de febrero de 1999, fue la convocatoria a una Asamblea Constituyente para crear la V República. A aquella elección, en abril, le siguió otra en diciembre para refrendar lo actuado por la Asamblea y una más el 30 de junio de 2000, para iniciar un nuevo período de gobierno, y de paso solidificar su liderazgo.

Chávez buscó una nueva forma de comunicarse con las masas. Su programa “¡Aló presidente!” rápidamente se convirtió en un clásico semanal. Por entonces todavía contaba con el respaldo de la clase media que lo había ungido en el poder. Hasta que en noviembre de 2001, cuando intentó impulsar la primera ley habilitante sobre la propiedad de la tierra, las frágiles estructuras institucionales comenzaron a crujir.

Los planteos militares se fueron sucediendo, los medios de comunicación alertaron sobre el peligro que corría la democracia a medida el presidente endurecía su discurso y la oposición comenzó a buscar en otras fuentes las alternativas que no encontraba en las urnas.

A nadie extraño que sucediera el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, después de una gigantesca movilización popular en contra del gobierno. Aquella fue la primera prueba de fuego de las estructuras del chavismo. Tan sólo 36 horas después de la asonada, el presidente estaba repuesto en su cargo.

A partir de entonces comenzó la radicalización de su “Revolución Bolivariana”, mientras la polarización entre las dos venezuelas, la chavista y la que pugnaba por otros estándares políticos, había quedado marcada a fuego en la huelga petrolera que comenzó en diciembre de 2002 y concluyó en febrero de 2003. Chávez piloteaba al país en la tormenta cuando salió airoso del referéndum revocatorio del 2004. De allí en más todo pasó por su persona, ayudado por una oposición golpeada y sin brújula que no se presentó a los comicios legislativo del 2005 y permitió que todo fuera “rojo rojito” en la Asamblea y en el país.

La Justicia fue cada vez más un apéndice del Estado y despilfarro de los miles de millones de dólares de la renta petrolera, una característica más de estos años.

Sus duelos con Washington, la reprimenda del Rey Juan Carlos en una cumbre en Chile y su pelea con el ex presidente mexicano Vicente Fox, quedaron como muestras de su carácter iracundo cuando se veía obligado a debatir. Siempre prefería el monólogo, desde la tribuna o desde su programa televisivo.

Chávez gobernó con un vértigo irrefrenable y siempre montado sobre la necesidad de rivalizar y de la fuente inagotable de fondos que brindan las reservas petroleras. Ya sea contra “la derecha” o “el imperio”, como solía calificar a todo lo que no fueran chavistas, o contra aquellos que solían poner reparos a sus deseos.

En la larga cadena electoral poco pareció importar la falta de obras y las sospechas de corrupción permanente; tampoco se midió mucho la influencia que Chávez ostentaba en el resto de América Latina, muchas veces con la habilidad de la diplomacia de los petrodólares más que la influencia ideológica concreta.

Amado y vilipendiado en similares proporciones, volvió a sorprender al mundo cuando en julio de 2011 anunció que era víctima de cáncer. Eligió La Habana para luchar contra la enfermedad, como la había elegido antes como su laboratorio de estrategias políticas. Su amistad con Fidel Castro no tuvo límites.

Enfermo y haciendo un esfuerzo denodado enfrentó las últimas elecciones presidenciales en octubre de 2012. Venció y de inmediato comenzó a ordenar la transición en la figura de su canciller Nicolás Maduro, a quien nombró vicepresidente.

Chávez ya no está en este mundo. Pero su nombre, casi con seguridad, seguirá dividiendo las aguas políticas de su país y, por qué no, de América Latina.

Hugo Chávez