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Análisis. ¿La tormenta perfecta?

José Luis de la Cruz Gallegos | El Universal
Lunes 15 de diciembre de 2014
En los últimos 30 años el país apostó por un modelo de libre mercado, implementado inadecuadamente

El entorno que enfrenta la economía representa un desafío que va más allá de la coyuntura. Las causas y consecuencias de la caída del precio del petróleo y la depreciación del tipo de cambio son profundas, se encuentran relacionadas con un cambio estructural mundial.

Una guerra energética, la desaceleración de China, la recaída de algunos países europeos y el anunciado incremento de las tasas de interés en Estados Unidos representan algunos de los aspectos que redefinirán la orientación del flujo de capitales.

Durante las últimas dos décadas el sistema financiero internacional ha experimentado un fuerte proceso especulativo, el cual ha tomado diversas formas. La llamada “Nueva Economía”, la crisis hipotecaria, la enorme burbuja de derivados financieros escasamente regulados, la especulación con el precio de los alimentos y el precio de los energéticos constituyen algunos ejemplos de cómo se ha buscado obtener ganancias en un mundo de bajo crecimiento y de crisis económicas.

En dicho periodo los gobiernos se endeudaron, incurrieron en un reiterado déficit fiscal. Su elevado gasto público causó un desajuste estructural similar al que vivió América Latina en los 70 y 80. Hoy, ante el fin del dinero gratis, el aumento de las tasas de interés, pagarán un mayor costo por sus desequilibrios.

Una situación similar ocurrirá con las naciones que incurrieron en un elevado déficit de cuenta corriente, representa una deuda por pagar, próximamente con un interés más elevado.

La consecuencia de todo ha sido una etapa de restricciones económicas y elevado desempleo, de precarización del mercado laboral y aumento en la pobreza. A partir de ello se ha profundizado la polarización global, regiones del mundo que crecen más que otras y que llegan en mejores condiciones a este proceso de cambio.

Lamentablemente ello acontece cuando México vive una redefinición política, económica y social. En los últimos 30 años el país apostó por un modelo de libre mercado, implementado inadecuadamente. Básicamente porque respondió a la urgencia que representaba encarar una crisis económica, la que llevó a la década pérdida, y que no contempló el tiempo necesario para mejorar las condiciones de productividad y competitividad de las empresas nacionales.

México intentó entrar al comercio internacional atrayendo a las grandes empresas trasnacionales; a eso ayudó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la cercanía geográfica con Estados Unidos, la precarización de los salarios y la privatización. Sin embargo, un proceso paralelo, anunciado pero subestimado, ocurrió: el desmantelamiento de la industria nacional, de los incipientes encadenamientos productivos y de la generación de valor agregado. La maquila ocupó su lugar, junto a la generación de empleo precario, del aumento de pobreza y debilitamiento del mercado interno.

Se hizo a un lado el fomento de la economía y el desarrollo industrial. La innovación y la creación de tecnología propia se sustituyeron por importaciones; con ello México se volvió comerciante, no un país generador de conocimiento y de productos de alto valor agregado propios.

Desde el 2001 era claro que dicho modelo no era sustentable, pero la administración pública no realizó los cambios de manera oportuna, se desdeñó el papel de la planeación económica y la generación de sinergias con el sector privado, particularmente con el nacional.

Hoy, la agenda nacional por resolver se conjuga con un periodo de incertidumbre global. El tiempo perdido no juega a favor, es el costo a pagar por haber negado la crisis social de un modelo económico que obedece a la lógica de los años 80 y 90, pero que hoy muestra que es necesario avanzar en un programa económico que fomente el incremento de la productividad y competitividad desde una base industrial y de servicios de alto valor agregado, todo ello con un enfoque de bienestar social para la población.

Director del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico   



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