Esperanza de progreso

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...
04 de junio de 2001
PARA conocer el significado profundo de los resultados electorales de ayer domingo en Perú es necesario analizar las cifras de la contienda. El candidato triunfador, Alejandro Toledo, economista de ideas afines al neoliberalismo, se impuso por menos de cuatro puntos porcentuales a su oponente, Alan García, ex presidente de la nación andina y abanderado por segunda ocasión del movimiento y partido indigenista Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundado por el célebre escritor y político Víctor Raúl Haya de la Torre. Con casi todas las casillas computadas, Toledo, candidato de Perú Posible, obtuvo la victoria con 2 millones 235 mil 870 sufragios, frente a los 2 millones 88 mil 817 de Alan García. La diferencia fue de sólo 147 mil 53 votos. Pero la pequeña diferencia parece todavía menor cuando se considera que entre votos nulos y en blanco se llegó a la cifra de más de 600 mil. Vistas en porcentajes, las cifras indican que Toledo obtuvo 51.70%, frente a 48.30% del aprista. Y frente a un padrón de más de cinco millones de ciudadanos con derecho a votar, se ve aún más pequeña la diferencia de 147 mil sufragios en favor de Toledo. Todo esto significa claramente que la sociedad peruana está muy dividida. Y que esa fractura se expresa en la elección casi en mitades perfectas de un neoliberal al que apoya Washington, Toledo, y un socialdemócrata, García, prototipo del político que desagrada a la Casa Blanca. Es cierto que durante la campaña electoral tanto Toledo como García hicieron severas críticas a las políticas económicas neoliberales. Pero debe reconocerse que en el caso del candidato de Perú Posible, tales expresiones no concuerdan con su antigua y declarada filiación neoliberal, mientras que hay sobrada evidencia histórica de que Alan García es un antineoliberal convencido. Puede recordarse a este respecto que durante su paso por la presidencia peruana García planteó la necesidad de que los países subdesarollados, a fin de no comprometer el progreso futuro de sus pueblos, dedicaran al pago de sus exorbitantes deudas externas sólo un porcentaje determinado y necesariamente moderado de sus respectivos productos internos. Salvo acontecimientos por ahora imprevisibles, todo hace suponer que Toledo llegará al Palacio Pizarro, sede del Poder Ejecutivo. Y que desde ahí deberá iniciar políticas públicas que contribuyan a atemperar los dramáticos índices de desempleo, subempleo, miseria popular y ruina económica generalizada que azotan a la sociedad peruana. Así se lo exigen tanto los sufragios emitidos en favor de García, como un mínimo de congruencia con sus promesas de campaña. Nada asegura, desde luego, que Toledo obre así. Su elección, sin embargo, constituye una esperanza de progreso y estabilidad para la nación inca. Para Perú, como para tantas otras naciones latinoamericanas, la democracia formal no ha servido para mejorar las duras condiciones de vida de las mayorías. Y este fracaso de la democracia ha dado paso a dictaduras, cuartelazos, rebeliones, movimientos guerrilleros y actos terroristas. Perú vive hoy en la esperanza de que la democracia formal sea capaz de traducirse en un mínimo de bienestar para todos los peruanos.


