aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Guillermo Osorno

Efecto Monterrey

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

Más de Guillermo Osorno



ARTÍCULOS ANTERIORES


    Ver más artículos

    30 de agosto de 2011

    Confieso que esta columna se iba a llamar “Las lecciones de San Francisco”, ya que después de un viaje de trabajo a esta ciudad, planeaba tomarme unos días de vacaciones que también me servirían para explorar aspectos “buena onda” de una de las comunidades más avanzadas en Estados Unidos; pero en medio del viaje sucedió el atentado al Casino Royale de Monterrey y la muerte de 52 personas.

    Viajaba, pues, con un grupo de empresarios y periodistas. Nos convocaba un asunto completamente ajeno a las preocupaciones nacionales.

    Pero en la mañana del día del atentado, antes de que pasara nada, conversé con un regiomontano que defendía a ultranza la estrategia de Calderón. Su discurso era de “mano dura”. Admiraba al ejército. Pensaba que no había que darle tregua a los criminales. Luego, esa misma tarde, recibí la noticia del atentado por un correo de alguien de la oficina que me decía que iban cerca de 40 muertos en Monterrey. ¿De qué? Fui a las noticias.

    Allí estaba la quemazón. En la cena, el empresario regio estaba demacrado; en el desayuno se le veía igual. Nos decía que Monterrey se iba a recuperar.

    Me sorprendió, sin embargo, la reacción de la gente de la ciudad de México. Fría.

    En general, los chilangos seguían hablando de secuestros, aunque hubiera aparecido un decapitado en Santa Fe, atribuido a La Mano con Ojos.

    Alguien del grupo se lanzó con las más absurdas teorías de la conspiración. En México se declaraba luto nacional. Alguien más se preguntó qué significado práctico tenía eso. Todos bebíamos buen vino del Valle de Napa.

    Al día siguiente me reuní con Adriana Camarena, mi sobrina, que es pareja de Chris Carlsson, un notable activista e historiador de San Francisco.

    Me llevaron de paseo por el barrio llamado The Mission. Me sorprendió la cantidad de adictos a la heroína que vi en las calles. Luego, mientras conversaba con Adriana en un parque, escuchamos cómo, cerca de las nueve de la noche, un dealer estaba ofreciendo hongos alucinógenos de manera muy abierta y cómo un grupo de muchachos corría hacia él atendiendo la oferta.

    En general, había en las calles un ambiente festivo. Según Adriana, esto se debía a que la gente de la zona se preparaba para asistir a Burning Man, un festival que se realiza cada año en el desierto de Nevada. Cientos de personas se reúnen durante una semana para construir una ciudad cuyos habitantes temporales se dedican al arte y la expresión personal. El subtexto: corren mucho alcohol y drogas.

    No era difícil pensar en los 52 muertos y cómo México estaba poniendo todas las bajas en esta guerra. Para documentar este pensamiento, al día siguiente Adriana me dio un ejemplar de una revista local, San Francisco Bay Guardian. En la portada había un guatote de mariguana y la siguiente leyenda: Green Bud ¿Es lo que usted fuma malo para el medio ambiente? Depende de cómo se cultive.

    Ojeando la publicación, uno se da cuenta que los dispensarios de cannabis se han convertido en sus principales anunciantes. En el avión de regreso, volví a encontrarme con algunos compañeros de viaje que, por distintas razones, estaban pesimistas. La noche del domingo llovió.

    El lunes recibí este periódico y leí las columnas de Ricardo Raphael y Gabriel Guerra, similares en el sentimiento que las informa y parecidas también en la denuncia a las autoridades que, antes de confortar deudos, se dedicaron a atribuirse la responsabilidad. Leí también que la PGR sugería que el acto había sido realizado en complicidad con la policía local, y me acordé del empresario de Monterrey; me pregunté si eso no iba a hacerlo sentir más abandonado, o si no iba a reforzar un impulso paramilitar. Desde la ventana de mi apartamento se puede ver el patio de una escuela pública.

    A las ocho de la mañana observé a los niños de primero de primaria hacer los honores a la bandera y cantar el himno nacional. Me acordé de todas las taras de nuestro sistema educativo.

    Pensé en el país tan jodido que les espera.



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.