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Porfirio Muñoz Ledo

Thingvellir o la democracia

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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    20 de julio de 2011

    Realizo en Islandia un sueño largamente deseado: conocer la cuna de una democracia transparente y precursora. Me da gusto reencontrarme con un antiguo amigo, el presidente Ólafur Ragnar Grimsson. Estoy en la capital más septentrional del planeta. País luminoso, volcánico y calmo. La verdadera región más transparente del aire.

    El corazón histórico y cultural de la nación es Thingvellir. Espacio rocoso a la vera de montañas filosas en que se reunieron desde el año 930 los representantes de comunidades establecidas a fines del siglo anterior. Los primeros poderes Legislativo y Judicial reunidos en un plano horizontal. Entre 36 y 40 autoridades locales, frente a un público de observadores provenientes de una confederación en ciernes.

    A diferencia de las sociedades tribales que se coagularon en torno a civilizaciones ceremoniales y erigieron estamentos sacerdotales, militares y burocráticos -como en Mesoamérica-, esta organización careció de poder Ejecutivo y por lo tanto sus normas y decisiones quedaban por entero bajo la responsabilidad individual y colectiva.

    Han pasado muchos siglos sin que esta estructura democrática se altere en lo fundamental. A ello contribuye una cultura igualitaria y una demografía reducida: 319 mil habitantes. Durante el largo periodo en que el país asumió una mancomunidad con Dinamarca, el rey era externo y nunca menoscabó el universo de los derechos ciudadanos y de las libertades públicas.

    He conversado dos veces con el presidente de este país, que ha lanzado una iniciativa de reformas constitucionales indispensables. En virtud de las crisis recientes en el plano geológico y financiero -la suspensión de vuelos europeos a causa de las erupciones volcánicas y el colapso del sistema bancario que llevó a las nacionalizaciones- el jefe de estado tuvo que asumir un papel inédito de liderazgo frente a la comunidad nacional e internacional. Ello debería reflejarse en las instituciones.

    Mediante un referéndum se decidieron los trazos de una reforma política. Los ciudadanos eligieron, por lista de preferencias, a veinte personalidades no partidarias para la elaboración un proyecto constitucional. Hoy cenaré con algunos de los principales autores de la iniciativa. Según una profunda tradición parlamentaria nada podría ser más vejatorio que aprovechar la circunstancia para engrosar al Ejecutivo. Sin embargo, es necesario un nuevo equilibrio de poderes que convierta facultades excepcionales en ejercicio natural de la gobernanza.

    Los diálogos sostenidos nos han llevado a la comparación con la desastrosa experiencia de la reforma política de México. Ajustes marginales, propuestas demagógicas y, finalmente, ningún problema central en el tintero. En contraste, ha surgido la necesidad imperiosa de modificar nuestro régimen de gobierno en un sentido parlamentario, motivo por el cual he abogado personalmente desde hace más de veinte años.

    Inquirido por nuestros medios de información sobre la propuesta de Marcelo Ebrard respecto al establecimiento de un régimen parlamentario en México, he externado mi resuelta aprobación por la propuesta y las razones en que se funda. Es absolutamente irracional que subsistan gobiernos de minoría -el Partido Acción Nacional obtuvo 22% en las últimas elecciones. La gobernanza del país está fundada en acuerdos subterráneos y corruptos entre dos fuerzas políticas que distorsionan la vida política.

    En los tiempos de la alternancia, la parlamentarización del sistema era conveniente y necesaria, ahora es urgente e inaplazable. La clase política del país es de lento aprendizaje por su ignorancia generalizada y sus intereses minimalistas. El despertar de la conciencia pública se concretaría en un cambio fundamental de la relación entre poderes y de éstos con la sociedad.

    Esta aspiración es hoy ineludible merced a la experiencia catastrófica de los últimos años y a la exigencia externa e interna respecto de la eficacia de nuestro sistema de gobierno. Representaría también la solución a los enfrentamientos dentro de los tres principales bloques políticos. El vencedor de cada contienda interna sería candidato a la jefatura del estado y el número dos podría encargarse de la jefatura de gobierno mediante la construcción de una mayoría dotada de un programa coherente. Estimo que ésta es la inflexión más importante sobre nuestra definición pragmática y constitucional. Manos a la obra.


    Diputado federal del Partido del Trabajo

     

     



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