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Rodolfo Neri Vela

Un día normal en el Atlantis

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    04 de julio de 2011

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    Estábamos ya a la mitad de nuestro viaje en el orbitador Atlantis y la NASA, detallista y meticulosa, acababa de despertarnos a los miembros de la tripulación 61-B con la hermosa y melancólica Canción Mixteca (El Universal, marzo 29, 2010). Como vampiros que despiertan y salen de sus ataúdes respectivos en la noche, mis compañeros y yo procedimos a salir de nuestras bolsas de dormir y a volar en la ingravidez, aunque para nosotros era el amanecer. Cada uno enrolló su bolsa azul o sleeping bag y la guardó temporalmente para que en la cabina tuviésemos el mayor espacio de trabajo y movilidad posible. A continuación, la fila para utilizar el baño era de rigor y los más listos siempre se anticipaban para ser los primeros (El Universal, marzo 15, 2010).

    Después de tantas órbitas, cepillarse los dientes ya era algo sencillo, pero al principio fue necesario ingeniárselas, porque no había lavabo, no estaba permitido escupir, y recordemos que todo flota en el espacio. Así que me cepillé, me cubrí la boca con una toallita, escupí en ella, la hice bolita y la deposité en la bolsa de plástico de basura general, cuyo extremo de entrada apretábamos con un clip para asegurarnos de que nada se escapase por la microgravedad. Lo mismo hice con la toallita húmeda que apliqué sobre mi rostro para refrescarme, quitarme las lagañas y limpiar la piel. El baño completo a la francesa sería más tarde.

    Nuestro desayuno era algo frugal y rápido, con algún cereal (yo prefería el amaranto) o alimento rehidratado y café en polvo con agua caliente. El agua la obteníamos de un aparato con una aguja de inyección que penetraba por una esquina en los contenedores de los alimentos deshidratados y bebidas en polvo. En pocos minutos, cada quien volaba literalmente a iniciar su programa de trabajo del día. Más tarde, durante un descanso, tendría oportunidad para saborear otro cafecito caliente con mi popote espacial (El Universal, marzo 1, 2010), mientras contemplaba la gran belleza de nuestro planeta.

    Tomaba mi bitácora de vuelo y las instrucciones para los experimentos y acto seguido los realizaba durante varias horas. Mientras trabajaba, no cesaba de pensar en lo maravilloso de ese viaje, en el privilegio de representar a mi patria y en tantas cosas extraordinarias que yo había aprendido y vivido, al igual que mis compañeros. El tiempo transcurría rápidamente; me hubiese gustado que en lugar de 109 órbitas terrestres, hubiésemos completado unas 500 o más, para poder tener más tiempo libre y contemplar el Universo con mayor detenimiento y profundidad. Pero en esa época era imposible. Todos los primeros viajes de los orbitadores de la NASA sólo duraban cerca de una semana.

    Cada 90 minutos veíamos un nuevo atardecer a través de las ventanillas, y poco después entrábamos en la sombra de la Tierra durante tres cuartos de hora; ya no percibíamos su azul brillante y la oscuridad reinaba en todas direcciones. Nuestra única referencia visual para identificar la superficie terrestre eran cientos de lucecitas radiadas por las grandes ciudades, que fulguraban y titilaban a través de la atmósfera como si fuesen lejanas estrellas que parecían saludarnos a distancia. Pero como seguíamos trabajando y desplazándonos a 28,000 km/h, de pronto la luz del Sol regresaba al interior de la nave y la Tierra surgía nuevamente, extasiándonos con el color de sus océanos y continentes. Por supuesto, yo siempre usaba mi cámara Hasselblad para tomar fotografías de todo México, conforme cruzábamos desde Baja California hasta Yucatán en tan sólo cinco minutos.

    Y así aceleradamente transcurrían las horas, hasta que llegaba el momento de comer, hacer ejercicio en una caminadora o banda sin-fin, grabar nuestras impresiones y resultados de los experimentos, comunicarnos con el centro de control en Houston…Y luego llegaba la hora de merendar, escuchar música con nuestras caseteras ochenteras, compartir melodías, contemplar las estrellas y la Luna, hasta que finalmente cada quien debía desenrollar su bolsa de dormir para amarrarla donde mejor le pareciese, en el techo o en la pared, entrar en ella, convertirse otra vez en una especie de tortuga azul flotante —pero atada— y comenzar a soñar en sus seres más queridos.



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