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Sandra Lorenzano

La tragedia de los hipopótamos



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    19 de junio de 2011

    POR SANDRA LORENZANO

    “Demasiada carne de hipopótamo para este país”, me comenta un amigo de Tijuana. La frase me provoca escalofríos. No está hablando de la pasión del ex alcalde de su ciudad -encarcelado y exonerado ad infinitum- por los “animales exóticos” o no tan exóticos (“Mi animal favorito es la mujer”, dijo hace algunos meses, y esa frase no me provoca escalofríos sino arcadas). “Demasiada carne de hipopótamo para este país”, dice Carlos y sé que está hablando de los ecos que nos quedaron vibrando en el cuerpo a quienes coincidimos en la presentación de El ruido de las cosas al caer del colombiano Juan Gabriel Vásquez. Está hablando de los ecos de la novela, pero no solamente.

    “El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados del 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el Valle del Magdalena (…) Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón…”. Éste es el párrafo inicial de la novela ganadora del premio Alfaguara 2011. En la pantalla de televisión, los cazadores explican que, debido al peso, el animal no podrá ser transportado entero y comienzan a descuartizarlo. Alguien había comentado que ésta era una novela sobre el miedo. Yo pienso en el miedo del hipopótamo asesinado mientras escapa desorientado, solo, por la geografía de un país extraño. Siento el miedo del hipopótamo. Lloro por el hipopótamo. Pero no solamente. Por eso me provoca escalofríos.

    No soy una lectora ingenua, y suelo ser prejuiciosa con respecto a los premios; no representan un plus en mi acercamiento, sino todo lo contrario. Tampoco me gustan demasiado (más bien nada) las novelas “del narco”. Así que con mis prejuicios a cuestas abro el libro. A partir de ese momento no sé dónde está realmente lo vertiginoso si en la narración o en mi lectura. No importa. No puedo parar de leer. Devoro en dos días las más de 250 páginas. ¿Qué hay ahí que me atrapa?

    Hay dos hombres. Dos generaciones. Un billar en el que se encuentran. No son amigos. Dos dos hombres y una brutal coincidencia: una noche cualquiera salen juntos a la calle y alguien dispara desde una moto. El mayor muere. Era el objetivo del asesino. El menor – profesor de derecho y padre de una niña recién nacida – resulta herido. Lo de menos será la sangre que pierda, la ambulancia, los días y días de hospital. Lo de menos será haberse convertido en una víctima más en una ciudad hundida en la violencia.

    Habrá algo mucho más grave: la herida brutal que lo ha descuartizado internamente. Como al hipopótamo. Antonio Yammara será, a partir de ese momento, un ser derrotado (y cómo me recuerda en su derrota a los mejores personajes de Onetti), en busca de una explicación, del secreto que responda a la pregunta que lo obsesiona: ¿por qué? La Historia con mayúscula atravesando nuestra íntima y pequeña historia con minúscula.

    Novela de secretos El ruido de las cosas al caer. No por nada el objeto con mayor fuerza en el relato es la caja negra de un avión. Las voces que guarda la caja negra de un avión accidentado. ¿Qué ruido hace un avión al caer? ¿Qué ruido hacen los secretos? Y el azar, claro. ¿El azar? Todo azar es una cita, dicen que decía Borges, y lo recordó Rosa Beltrán en la presentación. No. No hay azar. La tragedia griega habla de “destino”, del sino ineludible que marca a los seres humanos. La novela de Juan Gabriel Vásquez es casi una tragedia griega traída al presente. Los personajes intuyen su destino, lo vislumbran, pero - como sucede en la tragedia- no pueden hacer nada para evitar que se cumpla.

    Como al hipopótamo fugitivo, la bala siempre nos está esperando.



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