aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Mónica Lavín

Mostrar las partes

...





ARTÍCULOS ANTERIORES


    18 de junio de 2011

    Recuerdo haber entrado a una iglesia en Cuautla, cuando niñas, con las Pérez Tamayo que nos invitaban los fines de semana y ser reprendidas porque llevábamos los brazos descubiertos. Con una idea precaria del mal y el bien, no entendía en qué faltábamos a qué con llevar nuestros brazos regordetes y enrojecidos de sol, brotando libres de la sisa del vestido. Debimos haber pensado que era mejor, nos librábamos de la misa, compraríamos raspados, esperaríamos a la madre de nuestras amigas que era la que había insistido en el ritual católico. Sin duda esta rigidez para con la visita a los templos ha cambiado o ha tenido que cambiar, para que feligreses o turistas deseosos de conocer el arte del mundo católico lo hagan. Por eso me sorprende que nuestra ciudad de México, tan de vanguardia en muchos aspectos, tan cosmopolita en otros, tan calurosa en esta primavera que evidencia ya la horneada global, sea tan mojigata. Quiero decir que difícilmente las mujeres nos ponemos shorts para andar en la calle, o vestidos muy ligeros, o escotes atrevidos o transparencias a la europea. Parece que en el terreno del cuerpo hemos progresado poco, es decir, en la posibilidad de lucirlo a nuestro capricho (no porque no haya otra manera de concebir a la mujer como sucede en ciertas cadenas de televisión, donde la que no enseña -previos implantes- que ni hable). Lo pusieron en claro más de cinco mil mujeres en la “Marcha de las putas”. Cinco mil mujeres de todas edades peleando su derecho a vestir y lucirse a placer sin la censura que emiten frases como “tú te lo buscaste” cuando alguien lanza un piropo soez, “andas de provocadora” cuando alguien hunde una mirada lasciva, o “ya ves lo que te ganas” cuando alguno se atreve a un toqueteo. Hubo un tiempo en que yo me tenía que defender de la intromisión ajena, de la vulgaridad que rebasa el candor de un piropo, ahora he tenido que insultar y me dan ganas de darme de golpes, con quien mira a mis hijas ofendiendo o quien murmura por lo bajo o pasa demasiado cerca para romper el cerco de la belleza fresca de las jóvenes. Me alegré por la marcha. La marcha habla por todas. Y señala a quienes culpan a las mujeres, su atuendo y su aspecto de la conducta de los hombres. ¿Si no porque un alcalde ha de prohibir el uso de ciertas prendas femeninas, porque ha de gobernar el largo de las faldas, el pronunciamiento del escote?

    Alguna vez constaté durante un curso de cuento, que el consenso grupal se dividía tajantemente en dos visiones: quienes juzgaban a la protagonista como provocadora y culpable de los hechos últimos y quienes comprendían el acoso de los hombres, inflamados de instinto y atrevimiento en manada. El cuento se llama “Bar” y es del escritor brasileño Ivan Angelo, de quien no conozco más que esta pieza por estar traducida al español en una colección de cuentos brasileños publicados por la editorial Andrés Bello. Una chica entra a un bar que está a punto de cerrar, tiene “los dientes blancos como de leche”, “la blusa lila”; pide el teléfono, le habla a su novio, acuerda una cita obligada por la insistencia de él, mientras los hombres miran el último botón de su blusa, sus brazos (otra vez) y escuchan como inventa a la madre que irá a pasar la noche con su amiga. Cuando ella pregunta qué debe por la llamada, las puertas del bar están cerradas y el mozo, el cajero y un cliente están detrás de ella. Es un cuento narrado con contención y como si una cámara registrara conversaciones, silencios, miradas y movimientos. (Siempre he pensado que es estupendo para un cortometraje). Al final de su lectura, se discute además de su organización, punto de vista, personajes, lenguaje, etcétera y, desde luego, el fondo de la historia, lo que verdaderamente cuenta. Es complejo. Como todo buen cuento revela lo invisible. Y allí es cuando se buscan culpables. Y hombres y mujeres piensan que ella ha provocado esa salida, que incluso ha fingido inocencia mientras mostraba piernas, brazos, escotes. Una seductora. Si quienes se enfrentan al poder de mostrar (y no de juzgar) de la literatura, lo hacen con prejuicios, con atavismos culturales, no sorprende que la barbarie se prolongue allá afuera. Por eso aplaudo la marcha y la manera de nombrarla; en ello hay burla y regocijo para con la visión de los juzgantes (sean hombres o mujeres) y solidaridad entre todas las portadoras de cuerpos propios y gozosos.

     

     



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.