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María Teresa Priego

La envidia como fantasía de ser atacado

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. Maestría en E ...

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    11 de junio de 2011

    “Es alguien que no puede ver ojos bonitos en cara ajena”. Cuando era niña se recurría a esta sentencia —tremebunda— para describir a una persona que padecía una extraña imposibilidad de reconocer virtudes en otras/os. La frase traía implícita una condena y una aceptación resignada ante lo irremediable. Creo que suponíamos que el/la portador/a de la mutilación simbólica vivía en un estado de negación de los otros, casi genético. Su personalidad era así. Qué amarrete. Qué antiestético. No había nada que el “imposibilitado” pudiera hacer para cambiar. La luminosidad de cualquier otra/o ¿simplemente? Lo cegaba. ¿Y acaso hay más ciego que quien no soporta ver?

    Un día, una aprehende que ese “no poder ver” concretito se llama envidia; que es entre los seres humanos una de las maneras más recurrentes de sufrir y de hacer sufrir. Una plaga triste de narcisismos golpeados. Rivalidades mal resueltas. Espacios con-fundidos. Todas/os hemos sido/somos/seremos envidiosos y envidiados. Ninguno de los dos lugares facilita los vínculos. Pero del primero sí somos responsables. Cuando manejamos mal nuestra admiración y nuestros deseos y la separación de territorios entre aquello que es del/la otro/a y lo que es nuestro. La envidia es un pantano de elección. Y no de los más deseables.

    Existen envidiosos de oficio. Inmersos en un orden atormentado en el que la rivalidad impregna los vínculos. Su autoestima como constante objeto de litigio. Aquellos que viven los atributos de otro como afrenta personal. Un imaginario “despojo”, al que ese otro los somete. El envidioso es una víctima de algo que sí le hicieron, cobrándose con quienes no se lo hicieron: la entera humanidad a su alcance.

    Tan dañino y tan “víctima”. Se abroga el derecho a ser dañino, porque está convencido de ser víctima. Extraña “víctima” quien vive para “ganarla”. No es que gane mucho en la realidad. La maldad no ha vuelto a nadie ni más hermoso, ni más inteligente. Pero si no puede arrancarle al otro lo que envidia, le basta con descalificarlo en la negación. Con deshumanizarlo. No es bueno quedarse a pedirle a un envidioso ese perdón que exige que se le pida. Habría que pedirle perdón por existir. Si sucediera. Todo lo que siga en esa relación va para bastante peor. Never enough.

    Inventar que el otro no tiene lo que sí tiene. Apropiarse en el imaginario de lo que es suyo. ¿Cómo es posible realizar una operación tan compleja? “El acto aniquilante. Borrar al otro de la faz de la tierra puede consumarse también gracias a la actividad visual, gracias a una mirada desestimante o envidiosa; ese tipo de mirada que extrae de un objeto (persona), puesto como apéndice, un atributo, una imagen formada como lo esencial, y luego ignora el origen, el lugar del cual surgió. En tanto se trate de percibir el atributo como parte del objeto, la mirada envidiosa es ciega, desestimante; en tanto esa mirada lanzada se apodera de un modo extractivo de la imagen, desecha al objeto como un resto”, Maldavsky, Estructuras narcisistas.

    La envidia es una admiración que no soportó decir su nombre. Real Academia: Envidiar “Dolerse del bien ajeno”. Dolerse. Palabra pudorosa. La envidia es un estado de sufrimiento intenso ante “lo que tienen otros”; un estado de gozo igual de intenso ante lo que pierden otros. El paso al acto agresivo provocado por la envidia está —para el envidioso— justificado de antemano. Ese otro poseedor del bien anhelado, con su sola existencia, lo está atacando.

    ¿En qué momento la admiración y su luminosidad se convierten en la envidia y su oscuridad? ¿En qué momento la envidia es un daño tal para quien la experimenta que lo único que le queda es la rampa enjabonada de la revancha? El envidioso goza de los infortunios ajenos, le ofrecen un retorcido resarcimiento. En la maledicencia encuentra una válvula de escape a su dolor. Seguro sería mejor para él mismo trabajar sus envidias, en lugar de regodearse en ellas. O no se le ocurre. O elige no pagar los costos.

    Al final de cuentas, la envidia es una manera de negar los propios límites. De fugarse de la castración simbólica. La envidia es ese momento del “Yo no lo tengo” (vivido como abismo), que se encubre a la velocidad del rayo con: “Todo eso tendría que ser mío. Me lo está arrancando”. Ese re-sentimiento de “despojo” desde el cual el envidioso se otorga su derecho a infligir daño. Salirse de la envidia consuetudinaria implicaría reconocer los propios deseos y luchar por ellos. Hasta donde son realizables y posibles. Enfrentar los límites.

    Transitar el duelo de los límites. ¿Quién se salva de ellos? “Poner una cruz sobre todo aquello que ya no fue posible”. Lo que quisiéramos ser y no somos. Lo que quisiéramos tener y no tenemos. El dolor de la envidia no es tanto una cuestión de qué tenemos y de qué carecemos (todos tenemos y carecemos), sino ¿cómo nos relacionamos con aquello que tenemos y con aquello de lo que carecemos? ¿Qué tanto estamos dispuestos a sacrificar excesos narcisistas, para reconocer al otro y ofrecernos a nosotros mismos el placer de disfrutarlo?

    Envidia: “apetecer, codiciar, concomerse”. “Concomerse”. Qué real. La envidia sería un deseo propio, una admiración que se pervierte. En el rencor. Entonces, cuando sucede… O nos detenemos… o nos con/comemos.

    Escritora



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