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Rodolfo Echeverría Ruiz

PAN: postulación teledirigida

Ex presidente de la Fundación Colosio A.C. Fue diputado federal por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la LVIII Legislatura y se ...

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    10 de junio de 2011

    Un pequeño corro de incondicionales —los más de ellos identificables por su estrecha amistad personal con Felipe Calderón— dio, muy orondo, un paso temerario: el desgarbado lanzamiento preelectoral del secretario de Hacienda, funcionario de recentísima filiación partidaria y desconocido por la inmensa mayoría ciudadana. El mal estilo y la peor operación de esa poca imaginativa estratagema saca a flote la desesperada angustia del Presidente y la enternecedora indigencia política del PAN.

    Como si fueran escasos los gravísimos problemas actuales, añadamos uno nuevo capaz de poner al descubierto —ya lo veremos muy pronto gracias a su inevitable secuela de complicaciones y errores— las cotidianas alteraciones del ánimo que atenazan a una persona irascible e insegura, desconfiada hasta de su propia sombra, cuyas salidas de tono provocan miedo y resentimiento entre sus maltratados secretarios del despacho, aunque la culpa, lo sabemos, recae en quienes consienten esas faltas de respeto y se dejan regañar.

    Al son de ruidosos manotazos intimidatorios y súbitos raptos de cólera, el Presidente achicopala a los bisoños subordinados suyos. Las expresiones oriundas del ofidio humor y de la irritabilidad calderoniana, trascienden el perímetro domiciliario de Los Pinos —varios de sus ex amigos, todavía colaboradores de él, se duelen en privado, bajan la voz y entornan los ojos al relatar, muy ofendidos, ciertos episodios humillantes— y desvalorizan a los manipulables dirigentes formales del PAN.

    Los alcances de la progresiva exasperación presidencial también afectan a los ya muchos suspirantes cuyas habas se queman en las brasas de una ambición sucesoria, temprana e incontenible.

    Aquellos que ocupan tan altos como inmerecidos cargos públicos se empeñan en reemplazar al Ejecutivo y oscilan entre la simulación y la ira desde el —para ellos— desventurado madruguete corderista, urdido a mansalva por un grupúsculo genuflexo, obsecuente a la primera mirada del señor Calderón.

    Malo, muy malo —para él y su partido—, si el jefe de Estado inspiró a quienes proclamaron como candidato suyo al secretario de Hacienda. De ser así, semejante maniobra impositiva ha puesto en ridículo a los encargados del PAN, y hecho emerger la hasta ahora mal fingida división reinante entre quienes, desde el tormentoso principio del sexenio, sólo sueñan con ocupar la silla de su jefe.

    Calderón ha sembrado —¡oh, aprendiz de brujo!— el germen envenenador de una inconciliable disputa entre los enardecidos pretendientes. Se oye el crujir de inevitables rupturas en el seno de la derecha fratricida.

    Si don Felipe es ajeno a la precipitada postulación de su secretario de Hacienda, el problema, entonces, sería mucho peor: ha dividido sin remedio a los ya de suyo enfrentados precandidatos panistas. Además, subraya lo archisabido: en el gobierno, cada secretario camina a su antojo y sólo ve para su santo.

    Desde hace mucho tiempo se saltaron las trancas —nada más piensan en sí mismos y en su fantasioso futuro— los hipotéticos encargados de la educación, las finanzas públicas, las relaciones laborales, el desarrollo social…

    La teledirigida nominación de un favorito —el ultraprotegido Cordero, quien, “con toda el alma”, anhela ocupar el sitio de su patrón—, pulveriza la credibilidad del Ejecutivo, inocula ingredientes de incertidumbre en la vida económica y financiera del país —piénsese en el complejo ajuste del próximo presupuesto federal— y hunde a la derecha en los pantanos de una fractura cuyas letales consecuencias sufrirá el PAN en las urnas del año entrante.

    Consejero político nacional del PRI



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