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Jorge Chabat

Se buscan sacerdotes cívicos

Analista político y profesor de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde tam ...

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    06 de junio de 2011

    Seguramente la calificación que hizo el presidente Calderón de la Policía Federal como un “sacerdocio cívico” tenía como propósito exaltar las virtudes policiacas y entusiasmar a los jóvenes a ingresar a dicho cuerpo. No estoy seguro que el término provoque tales sentimientos de adhesión entre los jóvenes que buscan empleo, pero sí refleja la voluntad del gobierno federal por dignificar una profesión históricamente asociada a fracaso, corrupción y delincuencia. Y en ese sentido el esfuerzo hecho con la Policía Federal en los últimos años es loable: se ha logrado un “espíritu de cuerpo”, una identidad propia, que ha sido reforzada con mejores salarios y preparación y la perspectiva de una carrera policiaca. Sin embargo, el desprestigio ganado a pulso por los policías de este país durante décadas difícilmente se va a borrar de la noche a la mañana. El contacto cotidiano de la población con las policías sigue siendo un referente muy fuerte que en la mayor parte de casos obra contra la mejora de la imagen de dichas corporaciones y del reclutamiento de los jóvenes mejor preparados.

    En mi calidad de ciudadano común y corriente he tenido un par de encuentros con elementos de la Policía Federal. En una ocasión en el aeropuerto un policía federal muy amablemente pidió registrar mis pertenencias pues sospechaba que yo llevaba muchos dólares. Y en efecto, llevaba la grandísima cantidad de 200 dólares en billetes pequeños que son muy útiles para dar propinas cuando uno viaja. El propósito de tan rigurosa inspección era averiguar si yo estaba violando la ley al transportar más de 10 mil dólares en efectivo. Además de la inspección, tuve que mostrar una identificación de mi empleo, pues el ser sólo ciudadano mexicano con pasaporte no me libraba de la sospecha. Finalmente el policía me dejó ir y la reflexión inevitable que me hice fue que los servicios de inteligencia en el aeropuerto para detectar sacadólares eran poco sofisticados, por lo menos. En otra ocasión al llegar al aeropuerto de la ciudad de México procedente de Colombia fui interrogado como si fuera criminal por un policía federal mucho menos amable que el anterior. No tengo muchas dudas de que La Barbie fue tratado de manera más cordial cuando fue detenido que todos los pasajeros que veníamos en ese vuelo los cuales éramos, por principio, sospechosos. Una vez más se me pidió mostrar una identificación de mi empleo (no quiero imaginar la bronca que se me hubiera armado si no llevo mi identificación laboral). Desde luego quién me manda realizar actividades tan sospechosas como viajar a Colombia. Estas dos experiencias que afortunadamente no llegaron a ninguna situación de conflicto me confirman que si bien hay esfuerzos muy grandes para profesionalizar la Policía Federal, no todos los elementos de la corporación están muy bien capacitados. Si a este hecho agregamos que existen varias denuncias de migrantes centroamericanos ante ONG de derechos humanos acerca de robos cometidos por algunos policías federales, es entendible por qué todavía hay cierta resistencia de la población a creer que el esfuerzo de profesionalización policíaca va en serio.

    La reforma a la Policía Federal en el gobierno de Calderón es sin duda el esfuerzo más serio en la historia del país por tener un cuerpo policiaco profesional y eficiente. No tengo duda que se está en el camino correcto y que México está mejor resguardado con la Policía Federal que sin ella. No obstante, el gobierno federal todavía tiene que luchar contra la “leyenda negra” de la corrupción e ineficiencia policiaca y en este caso, como dice el dicho, el diablo está en los detalles. Un caso de abuso no atendido, un mal trato de un policía federal a un ciudadano perdura más en la mente de la población que todos los logros conseguidos. Por eso, urge que el gobierno sea implacable con las ineficiencias y abusos de algún mal agente. Estamos frente a un problema de imagen pero en política la imagen lo es todo. Sería una pena que por no poner atención a fallas y excesos que son la excepción y no la regla, la Policía Federal no pueda captar a los mejores hombres y mujeres del país. Una pena que todos vamos a pagar.

    [email protected]

    Analista político e investigador del CIDE



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