Primeras maestras, primeras letras
15 de mayo de 2011
Recuerdo muy bien a la maestra Alicia Villanueva, allá en el Jardín de Niños Estefanía Castañeda de Mazatlán, donde nos enseñaron a conocer las primeras vocales. Era un proceso lleno de repeticiones, ritmos sincopados a golpe del borrador contra el pizarrón lleno de caracteres.
No fue muy difícil asimilarlas, ya que pertenezco a la generación Plaza Sésamo, la cual no sólo teníamos en la tele a Archibaldo o a Enrique enseñándonos las letras, sino que aparte mostraban musicalizaciones y dibujos animados donde dichas grafías personificaban peculiares evoluciones… Ver al Conde Contar enseñándonos a repetir números me demostró que algo maléfico se ocultaba en las matemáticas.
Del jardín de niños también conservo el recuerdo del día que nos pidió la maestra llevar una lata de verduras para hacer una sopa comunal, al estilo de Oliver Twist, en el Día del Niño. También aprendimos a dibujar en cartulinas, guerrear con plastilina y a bailar el “Ratón Vaquero”.
Tengo una foto con esa extraña vestimenta, junto a una cesta de flores, en la terraza de un club deportivo. Me intrigó bastante que nos llevaran a otro sitio a interpretar la ronda, si bien pudimos haberla bailado sin ningún conflicto en el patio de la escuela. Pero, desde entonces, aprendí que los adultos se movían en un mundo cuyas reglas no tenían nada que ver con la lógica.
Rescato estos dos episodios no solo por nostalgia pura: ahí nos enseñaron las letras que encabezaban cada una de las legumbres, así como la letra que definía al peculiar “Ratón Vaquero”.
Ya en la primaria, la maestra Margarita Piña me enseñó mis primeras palabras completas. Y nos pidió un libro que se llamaba, precisamente, el libro de Mis primeras letras... El otro que se usábamos era el libro de español, que tenía en la portada un cochinito de barro estrellado del que caía un alfabeto en desorden. Desde ese momento supe que las letras eran un tesoro, pero antes tuve que darme varias estrelladas con la gramática.
No fui nunca un alumno aplicado. De hecho, mis calificaciones fueron de un niño promedio, siempre al borde de la catástrofe. Sólo era bastante preguntón y fantasioso.
Había en las paredes un silabario en cartelones repartidos. Un dibujo con la palabra base encabezaba la enumeración alfabética de los morfemas. Para la letra “eñe” venía un boceto de Ñoño. Y la “K” mostraba un dibujo de un sonriente Kalimán, el personaje más serio de todo el mundo de las historietas. Sorprendía que el hombre increíble accediera a sonreír, por el bien de nuestra educación, aunque yo era excelente para realizar el actus mortis en medio de la clase.
El “libro del cochinito” era uno de los libros de texto gratuito, editados en 1972, y en la primaria leí bastante los cuentos de Antonio Alatorre, Margit Frenk, la maestra sonorense Armida de la Vara y Gonzalo Celorio, quienes fueron sus principales creadores.
Acabo de estar en un encuentro de escritores nacidos en los 70 y, charlando con mis coetáneos, se sorprendieron que recordara a mis maestras de kínder y primero de primaria. No sólo las tengo presentes, si no que su huella indeleble se ha fijado en mí, más allá del tiempo y la medida de la inesperada memoria.
En mi naciente mundo literario, mis primeras maestras fueron fundamentales en mi formación. Agradezco hoy su infinita capacidad de ternura y permanente don para multiplicar su paciencia.



