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José Antonio Crespo

Se va Pascual… pero todo sigue igual

Licenciatura en relaciones internacionales por El Colegio de México, Maestría en Sociología política y Doctorado en historia por la Univers ...

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    22 de marzo de 2011

    El deterioro que en los últimos meses ha sufrido la relación entre México y Estados Unidos podrá resarcirse en alguna medida con la sustitución de Carlos Pascual como embajador ante nuestro gobierno. En realidad, Pascual es un profesional de la diplomacia que hizo su trabajo tal y como lo esperaba su gobierno. Pero justo por haberse ventilado sus apreciaciones sobre nuestro país a través de WikiLeaks, es que dejó de ser confiable para Felipe Calderón. Quizá Calderón piense que informar y evaluar la situación del país anfitrión no es parte esencial de su función. La diplomacia también consiste en ocultar al gobierno ante el cual se está acreditado aquello que pueda ofenderlo: el protocolo diplomático —todos lo saben— implica elogiar al gobierno interlocutor, aplaudir a sus miembros y respaldar sus políticas públicas, al menos mientras la relación bilateral sea amigable. Lo que en realidad piense el embajador sobre todo ello es harina de otro costal, y su gobierno espera que le informe lo que realmente sucede, más que sus declaraciones públicas. Uno de los consejos que Maquiavelo hacía a los políticos vale para los diplomáticos: “Es de gran importancia disfrazar las propias inclinaciones y desempeñar bien el papel del hipócrita”. Y Erasmo apuntaba: “Una parte del arte del bien hablar consiste en saber mentir con gracia”. En todo caso, en la diplomacia las mentiras y los silencios buscan un fin válido; mantener buenas relaciones con otros Estados (aunque detrás de los elogios siempre se esconde el interés particular, legítimo o no, de los gobiernos en cuestión).

    Las felicitaciones y palmadas recibidas por Felipe de parte de diversos funcionarios norteamericanos deben haber sonado como música a sus oídos. Pero lo revelado por WikiLeaks dio al traste con la ilusión. A Calderón le molestó enterarse de que Pascual no ve las cosas como el gobierno mexicano quiere proyectarlas, en particular sobre la guerra contra el crimen organizado. Se trata de la principal política pública de este gobierno, y ante la evidencia de su fracaso, Felipe está particularmente sensible a lo que de ello se dice y piensa dentro y fuera del país. Y por eso hizo público su malestar y desconfianza hacia Pascual —algo inusual en la diplomacia— con quien la imprescindible interlocución quedó letalmente dañada. La llegada de un nuevo embajador permitirá limar asperezas entre ambos países, sin duda. Pero hay cosas que no van a cambiar: lo que observó Pascual sobre lo que sucede en nuestro país no tendría por qué ser visto de manera radicalmente diferente por el nuevo enviado de Estados Unidos. La narco-violencia continuará su escalada (la proyección apunta a un número de entre 70 y 80 mil muertes para 2012). La incapacidad del Ejército de enfrentar al crimen organizado no se modificará. Tampoco el hecho de que no haya plena confianza en él, ni siquiera por el Gobierno mexicano, al menos en algunas plazas (y por eso fue la Marina quien se encargó de enfrentar a Arturo Beltrán Leyva en Cuernavaca, pues se temían pitazos por parte de los militares). No va a cambiar con la llegada del nuevo embajador la falta de coordinación de las agencias que combaten el crimen. Ni Genaro Luna dejará de ser un “perdedor” en esta estrategia (cosa distinta es que, por alguna razón, Calderón lo mantenga en su cargo). Y no porque haya cambio de titular en la embajada norteamericana cesará la corrupción generalizada en la administración pública que Pascual reportó a su gobierno.

    Tampoco será distinta la realidad en otros temas sobre los que también el embajador hizo evaluaciones y apreciaciones, como que “las perspectivas del PAN son sombrías y el Presidente Calderón parece a veces preocupado y dubitativo acerca de la mejor manera para reforzar las perspectivas de su partido”. Ni los gallos grises del PAN adquirirán espolones o colorido sólo porque se vaya Pascual. Seguramente el nuevo embajador percibirá en México las cosas de forma parecida a como las vio Pascual. “No me ayudes, compadre”, se quejó Calderón de Pascual. Pues tampoco será de mucha ayuda el nuevo “compadre” enviado por Barak Obama (si se le nombra de aquí al fin del gobierno), pues la complicada realidad que reportó Pascual no habrá cambiado sustancialmente.

    [email protected]

    Investigador del CIDE



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