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Juan José Rodríguez

Los libros ajenos



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    20 de marzo de 2011

    Hace tiempo, en un encuentro de escritores al que asistí, donde había presencia autores de procedencia internacional, nos pusimos a platicar en el marco de una cena sobre nuestras respectivas odiseas en el peculiar asunto del hurto de libros.

    Aquí sobraron comentarios que iban desde el caso del libro que uno “olvida” devolver; aquel que se “incauta” en acto de justicia por otro que no se retribuyó; o, de plano, la osada tarea de “escondérselo” en el ombligo en una atestada librería.

    Todo comenzó cuando, al preguntarle alguien a un destacado poeta mexicano de dónde provenía su gusto y conocimiento por la poesía inglesa, nos contó que el primer libro que se había birlado en su vida era un antología de John Donne, Keats y Coleridge , y que esa hazaña le impulsó después a conseguir la colección completa.

    Debo confesar que, al final de la charla, los mexicanos que habíamos iniciado y animado el debate descubrimos que los demás autores, sudamericanos y españoles, habían permanecido callados y expectantes.}

    Al final, y en otra sesión de charla informal, un poeta chileno me confesó que al principio pensaron que era una broma ficcionada entre todos y después, al darse cuenta de que en realidad era un involuntario alarde de cinismo, ya no supieron que opinar.

    Al parecer, nadie de ellos se había robado un libro en su vida o cualquier otra cosa. Casi todos eran académicos y uno de ellos tenía antecedentes en la minería peruana, como César Vallejo. Que el objeto en cuestión fuese un libro no les parecía motivo para justificar un delito; igual o más terrible si se le aplicaba a quien nos había dado la confianza de prestarlo. Pero estaban tan desconcertados que tampoco asumieron un papel moralista; simplemente expresaron su perplejidad, luego casi de exigírsela. Me quedé reflexionando largo rato sobre el significado de esto.

    ¿En qué momento, para muchos de nosotros, robarse un libro se convirtió en una gracia justificada por las circunstancias o el hecho mismo? Hay estudiantes que por carencia han osado a dar ese paso, impulsados por el ejemplo de sus compañeros. Una vez, Gabriel Zaid rescató un cuento breve que leyó en una revista marginal sobre un estudiante de derecho que robaba libros, pero que luego iba a devolverlos cuando los desocupaba y que, al ser sorprendido al devolver por cuarta vez un código civil, huye y muere del disparo de un policía que piensa que es otro tipo de delincuente en fuga.

    Gabriel Zaid proponía hacer ese cuento más trágico, evitándole la muerte en la calle, y haciéndolo llegar a la Presidencia , enriqueciéndose, llorando en su último informe y al final dejando un país sin bibliotecas.

    Quizás fue en los años 70 que se volvió algo cotidiano ese tipo de hurtos hormiga. La depauperación de la clase media que asistía a centros comerciales de autoservicio y la situación de crisis fueron flexibilizando el punto de vista hacia ese tenor. Recuerdo haber leído en mi infancia en la revista Contenido un texto llamado “El nuevo y popular deporte de robar en las tiendas de autoservicio”.

    También era un tiempo que teníamos un Estado represor, sin fomento a la lectura en nada. Era un acto de justicia que todos aplicaban a un gobierno y una iniciativa privada devoradora que no daba nada a cambio, ni descuentos o apoyo a ferias del libro. No condeno ni justifico a todos, pero reflexiono que esa situación fue parte de lo que nos llevó al estado en que hoy nos encontramos, luego de largos años de un gobierno que nos mantenía al margen de la vida real y cuyos funcionarios realizaban faraónicos dispendios.

    La etiqueta que nos está cayendo a nivel mundial es terrible. Y como apunta el texto rescatado por Zaíd, a veces el primer hurto empieza por el objeto mismo de los libros. La verdad y la sabiduría os harán libres, decía la proverbial frase, pero también puede ser el primer camino para pasar a las rejas.

     



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