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Alejandra Cullen Benítez

“Presunto culpable” soy yo

Economista del ITAM y con una maestría en administración pública por la Universidad de Harvard. Ha trabajado tanto en sector público como e ...

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    12 de febrero de 2011

    ¿Quién es “Madame Bovary”? Gustave Flaubert (el autor) contesta: “Madame Bovary soy yo”.

    La próxima semana se estrena la película Presunto culpable. Es una historia que todo ciudadano, residente mexicano o visitante, debe ver. Es una narración que debe allanar conciencia porque nadie en este país está libre de padecerla. Las autoridades, en su urgencia por mostrar resultados, afirman que todo sentenciado es criminal, pero esta verdad dista de la realidad. Son miles los inocentes encarcelados y condenados por homicidio, fraude, secuestro, lavado de dinero o venta de droga.

    La sociedad, aterrada, indignada, tiene sed de justicia: queremos culpables. Nuestra necesidad de respuesta al desastre que vivimos nos ciega ante las razones. Estamos tan justificadamente dolidos por la inseguridad y la violencia que confundimos rencor con justicia.

    La película muestra cómo se fabrica un culpable; una policía que puede manipular o de plano inventar testigos y cómo —ante la falta de un buen abogado defensor— los jueces trabajan sistemáticamente de la mano del Ministerio Público. Se evidencia cómo se diluye la frontera entre juez y acusador. Queda el “presunto culpable” con pocas posibilidades de salida. No se trata de acusar a individuos de malos o de corruptos. Se evidencia un sistema de impartición de justicia viciado, en crisis.

    Hoy, en 92% de los casos, los testigos oculares son la principal y en ocasiones, única prueba para sentenciar a un detenido. Presunto culpable es sólo un ejemplo representativo.

    La película exhibe la vulnerabilidad de la parte acusada. Antes de la existencia de la Comisión de Derechos Humanos, se torturaba al inculpado para obtener la primera declaración (que era de mayor peso jurídico) en la que aceptaba su delito. Hoy, la coerción se centra en la parte acusadora, generalmente testigos oculares o víctimas. El reto es validar la acusación a cualquier precio.

    El documental ilustra el caso de Antonio, un joven de bajos recursos, acusado de haber matado al primo de un menor de edad, que nunca había visto. Pero estos casos se dan en todos los estratos sociales. Ahí está el caso de Florence Cassez, la francesa condenada por secuestro. Lleva más de cinco años en la cárcel y le faltan 55, por un crimen que aparentemente su ex novio cometió.

    El expediente de Cassez, como el de Antonio, está lleno de inconsistencias, cambios de declaraciones de los testigos, pruebas omitidas. El secuestro lastima tanto que las declaraciones de las víctimas, únicas pruebas de su culpabilidad, se volvieron infalibles a pesar de su fragilidad. Rodearon el caso de una alta carga política. Revisar detalladamente el expediente exhibe que, en el mejor de los casos, la construcción de su culpabilidad es endeble e inconsistente. El famoso montaje televisivo, es un daño secundario comparado con el contenido del expediente.

    El secuestro es un tema difícil en el que el dolor supera a la razón. La fuerza del agravio hace inconcebible para la ciudadanía la liberación de alguien acusado de tal delito. Inocentes o no, la simple sospecha hace irreversible el proceso. Hoy, los defensores de las víctimas, con razón, exigen justicia. Muchos gritan la culpabilidad de Florence desde el púlpito de la víctima. Gana el encono sobre la evidencia. Con ello, en acto de fe, pueden quitarle la libertad a inocentes. Se refuerzan los vicios del sistema de impartición de justicia. Es demasiado popular decir que se aprehendió a un secuestrador, como para reconocer un error y liberar al inocente.

    Florence Cassez puede ser una “presunta culpable” más, con un proceso sesgado y un expediente cargado de irregularidades. Su condena parece responder más a las necesidades emocionales de las víctimas y a las necesidades políticas de autoridades que a impartir justicia.

    Castigar a un inocente no resarce el daño de una víctima de homicidio, ni de secuestro ni de delito alguno. Mitiga el malestar y el anhelo de venganza. Encarcelar inocentes nos hace igual de injustos y abusivos que los delincuentes, fomenta la violencia y el odio en la sociedad, que es lo que buscamos erradicar.

    Como sociedad estamos obligados a reflexionar sobre las limitaciones de nuestro sistema de impartición de justicia. No es culpa de un juez, o un Ministerio Público, es el sistema completo que está en entredicho. Debe replantearse qué prueba la culpabilidad de un indiciado y cómo armar un expediente “limpio”. Deben transparentarse los juicios y sistematizarse los juzgados. Debe hacerse cambios de fondo.

    Presunto culpable puedo ser yo, usted o su mejor amigo. Es peligroso, en nombre de las víctimas, abusar de las debilidades de dicho sistema para sanar nuestras heridas. Confinar inocentes, lejos de acabar con la inseguridad en México incrementa la impunidad.

    Twitter: cullenaa

    Economista



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