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Hernán F. Gómez Bruera

¿Otra vez Brasil?, respuesta a Silva Herzog

Hernán Gómez es analista político, internacionalista; especialista en América Latina y potencias emergentes. Profesor del CIDE y la Univers ...

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    16 de octubre de 2010

    Las comparaciones entre México y Brasil se han vuelto cada vez más recurrentes, al punto de caer en idealizaciones. Suele ocurrir cuando un país despega y las miradas se centran en él: los analistas comienzan a buscar allí inspiraciones de todo tipo.

    En un artículo de Reforma (“Dispersión y eficacia”, 11/10/10), Jesús Silva Herzog enaltece esta vez las bondades del sistema político brasileño, donde identifica un ejemplo de que el presidencialismo puede ser compatible con un sistema multipartidista.

    Esta visión de la política brasileña tiene mucho de fantasía e ilusión. Tal modelo es cada vez más cuestionado por los propios brasileños. Una simple lectura de los diarios permite corroborar cómo los llamados a una reforma político-electoral están cada vez más presentes.

    Brasil cuenta con más de 30 partidos; siete juegan un papel importante en el Congreso sin que ninguno llegue a controlar más de 20% de las curules. La última elección puso de manifiesto las enormes deficiencias del sistema de representación, donde un diputado en el Norte puede ser electo con menos de 30 mil votos y otro en el Sur necesita más de 300 mil.

    No cabe duda que se trata de un sistema fragmentado y caótico. Silva y algunos otros analistas observan —y esto es lo que los seduce particularmente— que la gobernabilidad es posible en semejante dispersión de partidos porque los presidentes negocian la composición de sus gabinetes como lo haría un primer ministro europeo. Es verdad que de esa forma los mandatarios brasileños han podido intercambiar puestos por apoyo legislativo. De esta forma, el Ejecutivo ha logrado pasar una parte importante de sus iniciativas. Lo que pocas veces reparan estos analistas es que la negociación de puestos en el gabinete nunca ha sido suficiente para asegurar la gobernabilidad. La maquinaria que permite asegurarla ha funcionado gracias al aceite de la corrupción y se ha logrado, en gran medida, porque el Ejecutivo facilita y crea condiciones para que sus aliados usen la política como negocio.

    Para ello, los presidentes cuentan con un instrumento legal (a veces también ilegal) para la compra masiva de votos. A través de las llamadas enmiendas parlamentarias, diputados y senadores negocian la liberación de cuantiosos recursos bajo control del Ejecutivo. En la práctica, quienes votan con el gobierno obtienen tajadas mayores. Con esos recursos, que los congresistas pueden asignar a su antojo, hacen clientelismo y aseguran su reelección.

    El monto no es nada despreciable. Garantizar apoyo legislativo implica miles de millones de dólares gastados de forma poco republicana. Y el gasto ha sido cada vez mayor durante la era Lula. El último año, cada diputado tuvo derecho de presentar enmiendas al presupuesto por más de siete millones de dólares. Entre enmiendas individuales y colectivas, se fueron casi 13 mil millones de dólares en 2010.

    La formación de alianzas legislativas para alcanzar la gobernabilidad es posible en Brasil gracias a los oportunistas profesionales y aves de rapiña que habitan mayoritariamente el Congreso. Ese que el propio Lula denominó en 1998 como un “balcón de negocios”. Hoy, uno observa el mapa de la última elección, donde el oficialismo aglutina a 10 partidos aliados, y podría pensar que si Dilma no ganara la próxima elección, Serra no alcanzaría una mayoría. Falso. Con toda facilidad, el candidato del PSDB podría hacerlo. No tendría la necesidad de negociar planes ni programas. Simplemente tendría que comprar su propia mayoría. Sin la existencia de partidos–negocio, cárteles siempre dispuestos a aliarse con el gobierno en turno a cambio de beneficios particulares, la gobernabilidad sería mucho más difícil de alcanzar en el sistema brasileño.

    No cabe duda que Brasil ha tenido logros importantes en los últimos años. Cuando de su sistema político se trata, sin embargo, cabría citar a Groucho Marx: “… he tenido una noche maravillosa. No ha sido ésta”. En algo Silva Herzog tiene toda la razón: Brasil es un caso para estudiar. Pero habría que decir también que es un caso para estudiar con más profundidad. Si los analistas así lo hicieran, buscarían inspiración muy lejos de allí.

    [email protected] Twitter: @hernangomezb

    Analista político



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