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Enrique Peña Nieto

Un México innovador



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    20 de septiembre de 2010

    En 2010 también festejamos el centenario de la UNAM. A lo largo de este siglo, nuestra máxima casa de estudios ha formado a la mayoría de los profesionistas, científicos e investigadores que han contribuido a la construcción del país. Además, ha sido el motor del desarrollo científico y tecnológico de México, demostrando que los grandes proyectos nacionales sí son posibles. En nuestro tercer siglo de vida independiente, tomemos como ejemplo este gran proyecto colectivo para construir un Estado eficaz que incremente la capacidad nacional en innovación, ciencia y tecnología para transitar de una economía maquiladora a una economía basada en el conocimiento.

    Los países que han aumentado su competitividad y acelerado su crecimiento económico son aquellos que han logrado introducir al mercado nuevos y mejores productos, procesos o servicios. Es decir, las naciones que han alcanzado mayores niveles de bienestar son aquellas cuya población y empresas han desarrollado la capacidad de innovar.

    En este sentido, es preocupante que el Foro Económico Mundial ubique a México en el lugar 86 de 139 países en cuanto a su capacidad para innovar, posición muy por debajo de China (21), Brasil (29), India (33), Rusia (38) o Chile (59). Esto no sorprende, ya que en los últimos años nuestro país se ha rezagado en los rubros que mayor impacto tienen en la capacidad creativa de una nación. En intensidad de competencia económica, por ejemplo, ocupamos el lugar 98 de 139 países, en patentes de utilidad el 60 y en cobertura de educación superior este año descendimos al lugar 80 (Reporte de Competitividad Global 2010-2011).

    Si no fortalecemos las capacidades innovadoras, científicas y tecnológicas del país, seguiremos perdiendo terreno en la economía global. En 2001, México ocupaba el lugar 42 en el Índice de Competitividad del citado Foro, hoy se ubica en el lugar 66. Si además mantenemos una alta dependencia tecnológica y científica del exterior, cada vez será más difícil y costoso satisfacer nuestras necesidades.

    Por ello, es fundamental que el Estado apoye el desarrollo de la ciencia básica y garantice la absoluta libertad de investigar. El desarrollo científico y tecnológico propio incrementa el bienestar de la población y otorga márgenes importantes de soberanía en la globalización.

    Por estas razones, otra de las grandes metas nacionales para este nuevo siglo de vida independiente debe ser detonar nuestro potencial innovador a través de una política de largo plazo, en cuya definición participen las instituciones de educación superior, los centros de investigación, el sector empresarial y el gobierno.

    Necesitamos invertir más y mejor en innovación, ciencia y tecnología. Más, porque destinamos menos del 0.5% del PIB en este rubro, lo cual es prácticamente la mitad de lo que invierte Chile, una tercera parte de la inversión de Brasil y menos de una quinta parte del promedio de la OCDE (OCDE Factbook 2010). Mejor, porque hace falta focalizar recursos en sectores estratégicos y lograr una mayor distribución del presupuesto a nivel federal. No podemos perder de vista que la innovación es un proceso que se detona regionalmente. Por ello, es fundamental fortalecer las capacidades estatales y locales en la materia.

    Igual de importante es incentivar la inversión privada para la innovación. La mayoría de las empresas emprendedoras, sobre todo las pequeñas y medianas, carecen del capital necesario para asumir los riesgos que implica innovar. Es importante que el gobierno resuelva esta falla de mercado, compartiendo con los empresarios estos riesgos financieros mediante una banca de desarrollo especializada en créditos para la innovación.

    Por otra parte, para fortalecer nuestro capital humano hay que incrementar el presupuesto y la cobertura en Educación Superior y Técnica, e impulsar la colaboración multidisciplinaria a través de la creación de “clusters”, es decir, centros de cooperación entre academia y empresas. Necesitamos, también, consolidar una planta fuerte de investigadores y tecnólogos, así como crear condiciones adecuadas para su relevo generacional.

    Para alcanzar estos objetivos y crear un Sistema Integral de Innovación, tenemos que triplicar nuestra inversión en ciencia, tecnología e innovación en menos de una década. Si una prioridad no se ve reflejada en el presupuesto se convierte en demagogia. Por ello, como también lo mencioné al proponer la creación de un Sistema de Seguridad Social Universal y Jornadas Escolares Completas, necesitamos hacer una reforma fiscal integral —en la que todos paguemos de acuerdo con nuestras posibilidades— para poder financiar estos grandes proyectos nacionales.

    México tiene un enorme potencial innovador en sectores claves para nuestro desarrollo como la generación de electricidad con energías renovables y la medicina genómica. Si hace 100 años, a pesar de los conflictos y las tensiones que dieron origen a la Revolución, nuestros antepasados fueron capaces de unirse en torno a un gran proyecto nacional educativo y científico como la UNAM, hoy, nosotros, también debemos ser capaces de unirnos para sentar las bases de un Estado eficaz que impulse la creación de un México innovador.

    Gobernador del Estado de México



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