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Guillermo Sheridan

Un robot mexicano

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en ...

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    10 de agosto de 2010

    Me sorprende leer en EL UNIVERSAL una nota sobre un equipo de científicos del CINVESTAV-Guadalajara que construye un “robot humanoide” que se llama “Mexone”. No es un nombre afortunado: significa Mexico One (pues presume de ser el primer robot patrio) pero suena, más que a robot, a marca de acetato limpiauñas. Tampoco su facha es afortunada según puede verse en Youtube (“robot mexone”): una prótesis sin piernas con máscara de jugador de hockey que ostenta orgullosamente, sobre su pechecito, una pequeña bandera tricolor.

    Como todo niño de la posguerra, crecí entre robots confeccionados por la fantasía libresca y cinematográfica: máquinas más o menos catatónicas, títeres con tripas de pianola y voces monocordes de hojalata, temperamentales y de pocas pulgas. Pero no es tan nuevo este afán por replicarnos. Antes de que Karol Kapek los bautizara, los robots se llamaban “automata” y, si tenían apariencia humana, “androides”.

    La palabra automaton (“que se lanza a sí mismo”) se aplicó a cualquier creatura provocada por demiurgo, que emulase humanos por arte de magia o de ingeniería. El cronista griego Fadorino (siglo IV) narra que Dédalo construyó un palomo de madera que volaba y androides que abrían y cerraban los ojos antes multitudes asombradas. El jesuita Athanasius Kircher habla de un Johan Müller -apodado “Regiomontanus”- que en el XIII construyó una mosca blindada de tamaño natural que usaba para dar muerte a otras moscas, y el propio Kircher -según Fortat en sus Comentarios- diseñó un autómaton de bronce que abría la puerta y saludaba al visitante. Un francés, Vaucason, fabricó un ganso capaz de llenarse el buche de grano que luego “evacuaba por ordinaria vía” y Da Vinci un león mecánico que le rugió a Louis XII cuando visitó Roma.

    Descartes se interesó mucho en el asunto y habla de él en la quinta parte de su Discurso del método. Teorizó que aun los hombres eran mecanismos sumamente elaborados y multifuncionales. Luego de algunos ensayos timoratos concluyó que los automata eran máquinas mediocres, incapaces de hablar y capaces de realizar, si acaso, una sola función específica. Su mayor logro fue una muchacha de cuerda a la que llamaba “mi hija Franchina” que tuvo un final espeluznante: durante un viaje en barco, Descartes la echó a andar y los marineros, aterrados, la lanzaron por la borda. Y como la función específica de Franchina, lamentablemente, no era la natación…

    En fin, todo el XVIII estuvo salpicado por una notable profusión de autómatas y androides que jugaban ajedrez, tarareaban sílabas, bebían cerveza, encendían pipas, hacían sumas, limpiaban anteojos o demostraban la circulación de la sangre: un arte de relojeros cuyos vestigios pueden observarse, por ejemplo, en el Museo de Artes y Oficios de París, donde además del péndulo de Foucault, puede verse a una muñeca de apetitosas tetas que, entre chirridos de resortes, émbolos y palancas, toca minuetos en un clavecín, graciosamente.

    Pero de la ahogada Franchina a los robots de Kapek, de ellos a R2D2 (el “Artuditu” de La guerra de las galaxias, robot tinacoforme que habla a chiflidos, como un mecapalero gigabyte), y luego de Artuditu a los fascinantes robots humanoides que ya están en el mercado (como el francés “Nao” y el japonés “Asimo”; ambos visibles en youtube.com) los avances son notables. Y a ellos, gracias al prometido Mexone, paracleto de la robotería tricolor, se quiere sumar México. Pero de esto y más hablaremos la semana que viene…



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