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Alejandro Páez Varela

Mamá, papá y el crimen organizado

Alejandro Páez Varela (Ciudad Juárez, 1968). Periodista, escritor. Subdirector de El Despertador, empresa que edita las revistas Día Siete y ...

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    12 de mayo de 2010

    Enojo de sicarios

    Llegué a Ciudad Juárez y mamá y papá estaban furiosos. “¿Ya viste ese anuncio idiota del IFE?”, dijo ella. Es la primera y única vez en 42 años que he escuchado a Lupita una palabra tan dura. Aurelio leyó mi sorpresa sin verme y repitió, con los ojos clavados en el arroz: “Sí, idiota”. Entonces mamá cambió el tono de su voz por uno agudo, imitando el del video del IFE (que no es agudo): “Como dice mi jefa: ¿Votar para qué, si todo va a seguir igual”. Retomó su voz grave, se quitó los lentes y dijo con tristeza:

    —¿A qué se refiere el IFE, hijo? Me siento ofendida. ¿Por qué dice que ni tu papá ni yo hicimos algo por México? ¿Cómo creen que se hicieron los edificios desde donde dizque gobiernan? A ver, ¿quiénes hicieron las universidades, las carreteras, los monumentos que pintan y pintan para presumir algo en lo del Bicentenario?

    Papá no agregó mucho. Era, entonces, una versión compartida. Escondí el iPhone con el video idiota del IFE y pregunté a los dos viejitos:

    —¿Compartimos un postre?

    Aurelio iba a decir que sí. Pero mamá, engallada como sicario en tiempos de Felipe Calderón, nos ganó. Dijo que no. Y tomamos café sin dulce.

    Evidencia criminal

    El 30 de abril pasado, Margarita Zavala tomó a “Chicharito” y lo sentó junto a ella en un acto público. Él tiene cuatro años. La primera dama visitaba Ciudad Juárez para el festejo del Día del Niño. El chiquillo se cansó, así que ella pidió que le dieran a otro, quien resultó ser el hermano mayor.

    Cuando vi a “Chicharito” una semana después en uno de los albergues para huérfanos e hijos de drogadictos, supe que algo pasaba en torno a él. Brillaba, de verdad brillaba. Mamá me dijo: “Pregunta por qué”. No fue necesario: los otros chiquillos empezaron a gritar, a reír y a acariciar la cabeza a rapa del otro: “¡Es que estaba con la presidenta, se vuela porque estaba con la presidenta!” Me conmoví. De Felipe a Margarita, Margarita, pensé. Los hombres somos brutos, insensibles. Mírenla, ahora interesada por hijos de drogadictos, de pistoleros muertos, de prostitutas. Por allí hubiera empezado su marido; sólo quien da la vida -cito a Guillermo Fadanelli de memoria- es capaz de defender la vida. El marido se fue por las armas; muchos de esos chiquillos tenían padres drogadictos y ahora no tienen a nadie. ¿Por qué no llevaron a Margarita a esa reunión de machos con la DEA cuando decidieron la guerra? Porque si la llevan, les habría dado de zapes. ¿Guerra? Una madre no va a la guerra. Margarita no podría (y conste que solo la he visto en fotos). A la guerra van las mujeres marchitas del alma, como esa otra margarita, la Margaret Thatcher. Margarita habría empezado por donde su marido y sus amigos no supieron empezar.

    Mamá, necia y armada

    Juro por mi madre misma que el fin de semana pasado, el día del reniego contra el IFE, ella terminó la noche separando trapos viejos en el garaje de la casa; los recibe de donadores; los lava, los zurce y luego se los lleva a los muchachillos, a las familias más pobres que, en esa ciudad, casi siempre son víctimas de las drogas. Tarea sin glamur. En la mañana, antes de irme al aeropuerto, Lupita separaba de un mismo costal de harina la mala de la buena. Dejó su tarea para hacerme lengua con tomate y gorditas de harina.

    —Me voy, mamá.

    —Nos das tan poquito tiempo -me dijo.

    Cada que voy, la vieja suspende lo que hace para estar conmigo. Para cocinarme, vernos, platicar. En este viaje senté a los viejitos para enseñarles a usar Facebook. Les iba a abrir una cuenta común pero mi papá no quiso. Cada quién la suya, dijo. Mamá y papá han durado casi 60 años en desacuerdo. Sólo para las cosas importantes hicieron causa común. Para criarnos, por ejemplo. Para defendernos de aquél Juárez, que no era tan malo como el de hoy. O para protestar por la estupidez.

    Mis hermanos viven en El Paso. Cuando empezó la guerra se llevaron a los viejitos con ellos; Sara, la matriarca, les compró una casita allá, y todos velan por ellos. Papá ha cultivado un hermoso jardín. Mamá tiene su buena cocina y sus libros. Pero duerme allí sólo dos o tres días a la semana; va, visita al viejo, lo atiende, y se regresa. Con los combates callejeros, mis hermanos me llamaron para pedirme que la convenciera de irse a El Paso. Soy el menor y el que está lejos. “¿Pues en dónde se queda?”, pregunté. En uno de los albergues, me contaron. Se hizo de un cuartito a un lado de los comedores para los niños. Me pareció irresponsable y la llamé:

    —Ya no voy a ir a Juárez a verte. No, hasta que no te vayas a El Paso a vivir -le dije.

    —Debería darte vergüenza. Me quedo en Juárez porque ahora es cuando más me necesitan. No vengas. No ayudes, ándale. Acá vamos a estar. Acá te esperamos -contestó.

    Me dio vergüenza. Claro que voy, y me gusta encontrarla en el albergue. Veo su cuartito y la imagino de noche en esa cama, con su viejo reloj, sus libros y las colchas de siempre.

    Hace tiempo que mis hermanos y yo entendimos que allí, o en un lugar similar, la muerte llegará a Lupita. Será como un velo amable, como una voz que susurra al oído. Y será por vejez.

    (Vino, Trigo y Aceite AC vive de donaciones, principalmente las de mis hermanos mayores y de otra gente buena)

     



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