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Mauricio Merino

La niña Paulette y la mirada colectiva

Mauricio Merino es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y ensayos sobre ...

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    14 de abril de 2010

    Pocos dramas privados han concitado tanto interés público como el caso de la niña Paulette Gebara Farah. Es un ejemplo de lo que pueden hacer los medios cuando se proponen subrayar un tema, pero también es un reflejo de algunas de nuestras pulsiones sociales más terribles: el chisme, la especulación, el voyerismo, el morbo; una ventana a la telenovela de la realidad, protagonizada por personajes verdaderos de la pequeña burguesía de México, que bien podrían haber sido inventados por doña Yolanda Vargas Dulché.

    También es un alivio: un cambio de tema a la obsesión por nuestra decadencia política y social que, sin embargo, empalma bien con nuestra percepción de lo que está ocurriendo cada día. Espejo fiel de la degradación en la que estamos, al drama de Paulette no le falta casi nada: una niña indefensa y minusválida, que primero desaparece y después muere (¿o al revés?) en condiciones que nadie acaba de entender. Unos padres con apellidos y posiciones sociales muy notables que, a su vez, revelan la descomposición del matrimonio por razones que sugieren la infidelidad y el desamor, y la disputa abierta entre familias que ni siquiera pueden compartir el último adiós de la niña posiblemente asesinada. Una madre que se volvió antihéroe predilecto por voluntad propia: que ensaya su próxima salida a medios y que disfruta, a todas luces, el espectáculo de la mirada pública sobre los detalles más terribles de su vida íntima. Una locura que, sin embargo, es seguida en horario triple A por millones de mexicanos que emiten toda clase de juicios sobre lo que está pasando. ¿Quién no está al tanto de lo que va diciendo la señora Farah?

    Para cerrar el ciclo, el caso de Paulette está aderezado por la incompetencia de las autoridades. Como confirmación exacta de lo que ya sabíamos, resulta que el Ministerio Público del Estado de México se tropieza desde el comienzo de las investigaciones y desacierta en casi todo: primero no consigue articular la búsqueda de la niña desaparecida y luego no sabe explicar cómo es que su cadáver volvió al lugar del que partió. Alguien se ha burlado de la autoridad local literalmente en sus narices, y todos pensamos: como siempre. Entretanto, los padres son arraigados y liberados según soplan los vientos de la opinión pública, mientras los días pasan y esas autoridades —en medio del despliegue acostumbrado de policías, peritos y abogados— siguen dando muestra de la indefensión en la que estamos todos. No es que el procurador Bazbaz sea una excepción, sino que su impericia confirma la regla conocida.

    De paso, el caso añade un toque de interés político, pues el episodio ha sucedido en la tierra de quien promete ser el siguiente candidato a vencer. Un regalo para sus enemigos, que pueden alegar la incompetencia del gobierno del Estado de México para proteger siquiera a una pequeña de cuatro años, o para encontrar las evidencias que todo el mundo cree estar viendo en cada nueva entrevista concedida por la madre. Y al final, vienen incluso los especialistas de Estados Unidos a contribuir al desconcierto —o eso parece— en busca de las pruebas necesarias para ensayar alguna respuesta válida. Pero mientras más tiempo pasa y más detalles se publican, más difícil se vuelve articular una respuesta que sea satisfactoria para el gran jurado popular.

    Recuerdo que cuando sepultaron a José Alfredo Jiménez en Dolores Hidalgo, Guanajuato —hace casi treinta y siete años—, un pariente mío de aquellas tierras contaba que había ido al sepelio, a hurtadillas, para criticar a los chismosos; pero que al llegar se dio cuenta que todos habían hecho lo mismo. Y ahora me pregunto si no está sucediendo algo similar con el caso de Paulette. Si todavía queda alguien que haya guardado distancia ante la vida vulnerada de esa niña y no haya emitido juicios tronantes y definitivos. No les paso reproche: es la suma de las circunstancias que nos agobian las que hacen que este caso corra por las calles como pólvora. Pero también somos nosotros mismos, viéndonos en los espejos del drama familiar de los Gebara.

    Alguien ha sugerido que, además, se trata de una manipulación mediática. Un caso escandaloso bien administrado por los medios principales para entretener al público y desviarlo de los asuntos graves de la inseguridad y las miles de muertes acumuladas por la guerra contra el crimen. Pero yo no creo en esa especie. Pienso que el interés que ha despertado el caso, aun amplificado por la televisión y los medios principales, es genuino. Y es que la vida pública se ha vuelto tan difícil para casi todos, que lo más sensato es refugiarse entre los secretos de la vida íntima, aunque no sea la propia.

    Profesor investigador del CIDE



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