La babelización de México

Se ha desempeñado en el periodismo y la academia. Es conductor del noticiario radiofónico Enfoque de NRM y en televisión participa en el p ...
Más de Leonardo Curzio08 de marzo de 2010
El barómetro del ambiente político indica desencanto. No es ésta una postura retórica, como aquellas de los ciudadanos impecables que lanzan puyas desde su torre de marfil; es una constatación deprimente de los datos que arrojan las encuestas más recientes. Veamos algunas. Según Consulta Mitofsky, ocho de cada diez ciudadanos consideran que la situación política está peor que hace un año. El menú de este inicio de año está conformado por reforma política de entrada, ambigüedad priísta de plato fuerte y alianzas estrambóticas de postre, y esa propuesta temática no deja satisfecho al respetable. A esto hay que agregar que, según mediciones de María de las Heras, la inmensa mayoría, esto es 90% de los ciudadanos, no tiene una idea clara de lo que implica la reforma del Estado. Una reforma que, en principio, aspira a dar más poder a los ciudadanos es ignorada o incomprendida por la mayoría. Cualquier gobierno o grupo parlamentario con una mínima disposición a ver lo que ocurre fuera de sus circuitos, debería ponderar ese dato y repensar su estrategia de comunicación. A la reforma sólo parece entenderla una franja mínima y es que en esencia carece de un propósito movilizador que entusiasme. Personalmente no me parece mal en por lo menos tres puntos y mucho menos percibo ese tufillo autoritario que algunos observadores han señalado, pero no he sentido, ni siento, ninguna necesidad de defenderla.
Si a este escenario de confusión y desencanto agregamos que 87% de los mexicanos considera que la situación económica es ahora peor que en el 2009 y que el desempleo se ubica como la primera de las preocupaciones nacionales (en el DF sigue siendo la inseguridad), tenemos el cuadro completo de nuestra torre de Babel. Debo decir que no es éste un asunto trivial. Las democracias modernas son en esencia deliberativas, es decir, suponen la construcción de un espacio público en el cual se valoran las diferentes opciones que una sociedad tiene disponibles para resolver sus problemas. La precondición para que exista esa deliberación es de doble entrada. La primera es que una proporción representativa de los ciudadanos tenga información básica para participar con criterio propio y la segunda es que los temas que se discutan resulten relevantes para los gobernados. Si tenemos una debilidad en la cultura política de los ciudadanos tenemos una ciudadanía de baja intensidad y por lo tanto proclive a definir sus posiciones por campañas publicitarias efectistas o directamente a ser comprada o apabullada por mecanismos de coerción. Pero si tenemos una confusión en las prioridades, cada quien discute lo que le da la gana y con los acentos y matices que le apetezca, nos enfrentamos entonces a una babelización del debate político. Esta incomprensión generalizada se erige como un obstáculo de primer orden para la gobernabilidad de un país, ya que provoca un desajuste cada vez más evidente entre las preocupaciones de la gente y el debate de los políticos profesionales.
No pretendo, ni por asomo, que los jóvenes en las universidades tengan acaloradas discusiones sobre la segunda vuelta, que sigo sin ver a quién le interesa. Tampoco creo que sea esperable que en el Metro se polemice sobre la reconducción presupuestal, pero lo que me parece básico es que aquello que se propone en la agenda de discusión pública tenga alguna conexión con lo que a la gente le preocupa. No me extraña que ante esta sordera institucional, los números de todas las encuestas indiquen que el aprecio por todos los gobernantes, como lo prueban las encuestas de EL UNIVERSAL sobre el desempeño de Calderón y el de Ebrard, tengan una tendencia decreciente.
Analista político


