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Rafael Pérez Gay

El desencanto

Ha publicado cuento (Me perderé contigo, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer) y (El corazón es un gitano), novela (Esta vez para siem ...

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    06 de diciembre de 2009

    Hace algunos meses, José Woldenberg me entregó el original de su nuevo libro. No lo leí en tres patadas, me tomé una o dos semanas, pero desde las primeras páginas supe que estaba leyendo un libro duro, triste. Es una novela, una crónica, una historia política, una memoria personal, un homenaje a la amistad.  Ante todo, este libro revisa la historia moderna de la izquierda mexicana y se dedica a la construcción de un personaje, Manuel Martínez, un hombre comprometido con sus sueños, o mejor, un sueño: la invención de un nuevo sistema político, la búsqueda de un país menos desigual, la creación de una izquierda como opción de gobierno para el porvenir. Al final de su vida segada por el azar y en la plenitud de la madurez, Martínez emprende la última aventura, la exploración de las obras de siete escritores arrastrados por el sueño de la Revolución soviética: el desencanto.

    Para  contar la historia de Manuel Martínez, Woldenberg ha creado una voz que suena más o menos así: “A la mitad de una fiesta, unos meses antes, me había dicho: ‘Somos la generación del desencanto, hemos hecho mucho ruido y nuestras nueces están podridas’. Hoy que ha muerto, me gustaría pagar una deuda con él: rescatar el trayecto que lo llevó del más convencido activismo a la más profunda apatía”.

    Para recobrar ese trayecto, José Woldenberg ha puesto a prueba su memoria, su propia vida entregada al activismo, su prosa desprendida del trabajo periodístico y de al menos dos aventuras narrativas: Las ausencias presentes y Memoria de la izquierda. Además, Woldenberg ha echado toda la carne al asador para mostrar al lector serio y dedicado que desde hace años acumula libros y libros en su foja de combates editoriales. Para traer a escena la vida de Martínez, hay que jalarla de la manga y ponerla frente al lector: tres estaciones de construcción, cuatro desencantos y siete escritores tutelares. La voz narrativa ha puesto el desafío al que se enfrentará a lo largo de casi cuatrocientas páginas en el umbral del libro, un epígrafe de Doris Lessing: “Soy incapaz de escribir la única clase de novela que me interesa: un libro dotado de una pasión intelectual o moral tan fuerte que pueda crear un orden, una nueva manera de ser en la vida”.

    Las estaciones de construcción: el sindicalismo universitario, la creación profesional de un partido de izquierda y las transformaciones que lo convirtieron en el PRD, el espacio en el que creció el Instituto Federal Electoral, las reformas que condujeron a la autonomía del instituto, la restauración de la confianza en las elecciones.

    Los desencantos: el Consejo Estudiantil Universitario, el CEU, la salida del PRD, el EZLN y la violencia política, la reacción ante la derrota en 2006. La memoria del narrador se ilumina y de ahí traigo estas citas del último peldaño de los desencantos: “Con una consistencia digna de mejores causas, la Coalición que apoyó a López Obrador logró inocular entre franjas muy amplias de la población la idea, convertida en convicción, de que el día de la elección se había producido un fraude mayúsculo (…) la fe –es decir, la confianza ciega e incluso irracional en algo o alguien— sigue presidiendo la comprensión de las cosas que nos rodean”.

    Los lectores acostumbramos en ocasiones preguntarnos si la persona que narra una historia es el autor de la historia. Cuando este asunto aparece en las sobremesas, un amigo siempre dice: Byron no era Byron. El escenario dramático, la tensión temática, los personajes reales de El desencanto orillarán a no pocos lectores a este pregunta: ¿Woldenberg cuenta la historia de Manuel? Sí y no. Les aseguro que una de las claves de un relato nos dice que no importa tanto como suponemos lo que ocurre entre el escritor y la narración; en cambio, la forma en que se relacionan el lector y la historia guarda el gran secreto de toda literatura. Para explicar este dilema, si ustedes quieren falso, Woldenberg se ha servido de una línea de Paul Auster: “En el proceso de escribir  o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro”. Aquí tienen ustedes la llave de El desencanto.

    Ciertamente la izquierda mexicana no sido capaz de asomarse al espejo. Woldenberg ha puesto uno frente a él y nos ha contado con notable fuerza intelectual y rotundidad ética lo que ha visto en ese teatro de la memoria. Mirarse en ese espejo es como mirar en nuestros corazones. Tengo curiosidad, quiero saber quién se asomará y qué verá en el azogue.

    (El desencanto (Cal y Arena, 2009) fue presentado el viernes pasado en la Feria de Guadalajara. Este artículo es un fragmento del texto que leí.)



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