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Gabriel Guerra Castellanos

¿Para qué sirven las cumbres?

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...

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    10 de agosto de 2009

    Domingo y lunes norteamericano en Guadalajara. Tres líderes disímbolos de tres países asimétricos se reúnen para discutir cómo proteger a la región, a la que geográficamente pertenecen, de los peligros que acechan y encontrar alguna oportunidad escondida en la neblina de la recesión.

    La crisis económica que azotó al más grande de los tres rápidamente se extendió por el mundo, tan rápido como la otra emergencia, la sanitaria, que generó pánico pero ni de lejos tuvo el impacto humano, financiero, político y social que ha tenido la contracción del PIB y el casi colapso del sistema bancario de la nación más poderosa del mundo, y de paso la más vulnerable y la que mayor capacidad de contagio demostró tener.

    La Cumbre de Guadalajara se da bajo la sombra de la crisis, o las crisis, que cada uno de los tres enfrenta. Los temas de salud pública podrían lo mismo referirse a los brotes epidémicos que a los nocivos impactos que una recesión de este tamaño tiene sobre la vida real de las clases medias y sobre todo de los que menos tienen. Pobres hay en los tres países, pero hasta en la pobreza hay clases sociales: no es lo mismo serlo en la Louisiana de Katrina que en las reservas indígenas de Canadá, que en la sierra Tarahumara, por más que algún aguzado observador una vez me dijera, entre orondo y ufano, que “se siente más feo” ser pobre en una nación rica. Ja, ja y recontra ja. Preguntemos a los afectados y veremos que nadie quiere cambiar de lugar hacia el sur, mas sí en la dirección contraria.

    La asimetría se ve no sólo en la pobreza o el impacto humano de la recesión, sino también en los márgenes de maniobra que cada país tiene para enfrentar a sus propios demonios, sean de economía, influenza, delincuencia organizada o deterioro del ambiente. Acertada o no la vía que escogió el gobierno de Obama para hacer frente al colapso de su economía demostró el enorme músculo que aún conserva Washington: mire usted que poder comprar a las empresas fallidas para sanearlas no es algo que cualquiera pueda, y menos si se llaman General Motors…

    Los canadienses han escogido otros caminos, en parte porque su sistema bancario era mucho más sano que el estadounidense, en parte porque ese es su estilo. Sin embargo, el gobierno minoritario de Stephen Harper se ha topado con muchas mayores resistencias, y de hecho recurrió hace no mucho al equivalente de un golpe legislativo al literalmente obtener la suspensión de actividades del Parlamento justo antes de un voto de “no confianza” que le hubiese costado el cargo. No fue enviar tanques como lo hizo Boris Yeltsin, pero tampoco habla de su vocación democrática. Y nosotros que nos quejamos de sus malos modos cuando impuso el visado a los mexicanos…

    Pero bueno, mientras atienden sus numerosos e importantes asuntos pendientes, los dirigentes de nuestros socios comerciales actúan de manera claramente distinta frente a los retos de la región. Obama parece convencido de la necesidad de intensificar y profundizar las relaciones internacionales de EU, pero particularmente en su cuadrante geográfico, dando especial atención a sus vecinos y calmando cualquier ansia proteccionista o revisionista surgida de su campaña electoral. El TLC no se toca, mandó decir ya Obama, y su cada vez más aparente vocación multilateral estará en evidencia en la reunión tapatía.

    Muy distinto el enfoque de Harper, quien siguiendo los consejos y las consejas de un grupo reducido pero influyente de pensadores políticos canadienses (y hay un premio al que descifre dónde está oculto el oxímoron en esa frase) ha decidido que el rumbo de su administración debe ser el del retorno al bilateralismo, a la relación exclusiva (y excluyente) de Canadá con EU, olvidándose de la manera en que desde tiempos de Trudeau y Mulroney sucesivos gobiernos canadienses habían comprendido que es mejor un futuro de tres que uno de dos dispares.

    ¿Y los mexicanos? Más allá de nuestra tendencia histórica a la autocontemplación, la última década y pico ha visto cómo México despilfarró el capital político acumulado en América del Norte en los años anteriores. El vecino incómodo y distante había logrado volverse socio —así fuera sólo comercial— y sentarse a la mesa en un tono y actitud mucho más parejos que en el pasado. Fueron muchas las cosas que llevaron a que nos convirtiéramos en un interlocutor válido y aceptado, muchas las que se hicieron o se dejaron de hacer para hacernos retroceder.

    Conservamos aún importancia y peso específico, si bien disminuidos, y ha llegado el momento de que reflexionemos acerca de nuestro futuro norteamericano. México tiene que darle la importancia debida a la relación con sus dos socios regionales, sin menoscabo del trabajo diplomático con otras partes del mundo, pero reconociendo que nuestra pertenencia a América del Norte no es ya cuestión de gustos o de vocaciones ni mucho menos de simpatías. El corazón y el alma mexicanos podrán o no estar en Latinoamérica, como dicen muchos, pero nuestra mente y nuestro empeño tienen que estar firmemente plantados y enfocados en la América del Norte de la que formamos parte, pésele a quien le pese. No es ni siquiera un asunto que se debiera discutir: es tan simple como la ley de la gravedad, ese poder de atracción que ejercen miles y miles de millones de dólares en inversiones e intercambio comercial, millones de mexicanos que viven allá y los muchos millones de norteamericanos que visitan México o han hecho aquí segundos hogares.

    Dice Robert Pastor que esta cumbre debe ser algo más que una oportunidad para la foto. No puedo estar más de acuerdo. Es la hora de reclamar nuestro lugar y de trabajar por él.

    [email protected] www.twitter.com/gguerrac



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