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Ana María Salazar

¿Qué queremos los electores?

Especialista en temas relacionados con derecho internacional, seguridad nacional, cooperación antinarcóticos, reformas judiciales y conciliac ...

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    05 de junio de 2009

    Una empresa entendió que había llegado el momento de cambiar el estilo de gestión y contrató un nuevo gerente general. El nuevo gerente vino con la determinación de hacer cambios y volver a la empresa más productiva. El primer día, acompañado por sus principales colaboradores, hizo una inspección en la empresa. En la planta todos estaban trabajando, pero un muchacho estaba recostado contra la pared con las manos en los bolsillos.

    Viendo una buena oportunidad para dejar bien clara su filosofía de trabajo, el nuevo gerente se acerca y pregunta al joven: “¿Cuánto gana usted por mes?”. “Tres mil pesos, señor, ¿por qué?”, respondió el muchacho sin saber de qué se trataba. El gerente sacó 3 mil pesos del bolsillo y se los entregó al joven, diciendo: “Aquí está su sueldo de este mes. Ahora lárguese y ¡no vuelva nunca más!”. El joven guardó el dinero y se fue, de acuerdo a las órdenes recibidas.

    El gerente, entonces, orgulloso, se voltea y pregunta a los demás empleados: “¿Alguno de ustedes puede decirme qué hacía ese joven?”. “Sí, señor”, respondieron atónitos los empleados: “Vino a entregar una pizza...”.

    Moraleja: hay personas que tienen tantas ganas de mandar, que se olvidan de pensar...

    Esta anécdota refleja cómo se están llevando a cabo las campañas electorales, en las que los candidatos están dispuestos a ganar las elecciones a toda costa, llevando a cabo ilegalidades y sacrificando su credibilidad. La mayoría de estos candidatos o candidatas asegura que su motivación principal de buscar un cargo público es sencilla: el deseo de ayudar al prójimo.

    Pero usar el poder para realizar el bien sabiamente requiere fortaleza y valentía, pero también un discernimiento entre el bien y el mal. Desafortunadamente, la línea entre el bien y el mal sobre la que se mueven los políticos es muy delgada. James Hunter, en La clave de la paradoja, afirma que “los seres humanos tienen una capacidad para diferenciar entre el bien y el mal, pero la tendencia hacia la mala conducta es el estado más natural y debe de controlarse. Las intenciones y las acciones se muestran en la voluntad de hacer lo correcto, pero esta voluntad se debe cultivar y desarrollar cuidadosamente para no convertirnos en uno de los muchos seres maliciosos que han vagado por el mundo”.

    Sin embargo, los conceptos del bien y del mal no son universales, acaban por ser ambiguos; y en la mayoría de los casos incuestionable es la definición de lo que es legal. Para la mayoría de los candidatos, la primera prueba de fuego del tipo de líder y gobernante que aspiran a ser será definir qué tantas ilegalidades y comportamientos altamente no éticos están dispuestos a tolerar para poder ganar la contienda electoral.

    El líder político no sólo tiene que desarrollar un agudo sentido de lo que sucede a su alrededor, sino también entender las complejidades de la naturaleza humana.

    La tentación de ser un candidato corrupto proviene de los rasgos personales de cada individuo, aunque también influyen en forma importante las presiones del ambiente en que se desarrolla la campaña. ¡Qué fácil es justificar un acto de corrupción o una ilegalidad bajo el pretexto de que se busca asegurar un escaño político para ayudar o proteger a los electores!

    ¿Qué queremos los electores? Nos urgen “líderes” que tengan la capacidad de trabajar en un ambiente hostil; popular, pero no populista. Respaldado por un buen equipo de asesores, interesados en trabajar por el país y no por una candidatura. Buena presentación y manejo de medios. Que no tenga cola jurásica ni jurídica que le pisen. Experiencia política indispensable —este país no soporta improvisados y no habrá entrenamiento ni capacitación—. Carismático y pragmático, pero no loco. Buena salud mental; los puestos políticos enloquecen a cualquiera. Acostumbrado a trabajar por objetivos. Queremos políticos que sepan negociar, pero no ceder. Que sepan crear consensos, pero también hacer decisiones que van en contra del statu quo. Un presidente benévolo, pero también dispuesto a ser un cabr%&!#.

    No queremos políticos que dividan, sino que nos unan. Que nos representen a todos, no sólo a algunos. Alguien que nos permita soñar, pero que no viva en las nubes. Que sea papá y mamá, pero también cuate y hermano. Políticos que nos den las esperanzas de que nuestras vidas puedan y van a ser mejores porque habrá oportunidades. Que promuevan la creación de empleos, pero dignos y bien remunerados. Que sean democráticos y autoritarios, cuando se requiera. Que nos hagan pensar que son mejor que nosotros en todos los sentidos: más inteligentes, menos corruptos, más fuertes y valientes, más creativos. Nos urge un líder que nos dé esperanzas.

    ¿Es mucho pedir? Tal vez.

    [email protected] www.anamariasalazar.com

    Analista política



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