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Alejandro Gertz Manero

El flautista y las ratas (cuento para adultos)

Es doctor en Derecho por la UNAM. Se ha desempeñado como abogado litigante y como empresario en la industria editorial y en el sector comerci ...

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    18 de marzo de 2009

    Cuando la OCDE calificó a México en el último lugar en materia educativa, seguramente fue como resultado de una encuesta realizada entre nuestras clases dirigentes, cuyos elevados niveles de cultura enciclopédica se nutren de la sabiduría que emana de TV Notas, La Oreja y Ventaneando; razón por la cual no atinan a resolver nada que sea ajeno a La Escuelita, a El Pantera o a la telenovela mexiquense que está arrasando en el gran rating político, mientras sus competidores se hunden en la ignominia de la nota roja y del bochorno cotidiano.

    En cambio, si nuestros próceres hubieran ampliado sus horizontes culturales, se habrían enterado de que a fines del siglo XIII la población medieval de Hamelín sufrió una plaga implacable de ratas, que estaba acabando con la seguridad, el empleo y los ahorros de esa comunidad (cualquier semejanza con la vida actual es pura coincidencia), cuando súbitamente apareció en esos territorios un flautista misterioso que le ofreció a la gente del lugar una audaz “oferta política” que era irrechazable, porque el hombre aquel sí “sabía cómo deshacerse de las ratas”.

    Al conocer el proyecto de aquel brujo musical, el pueblo regocijado, embelesado y lleno de esperanza le ofreció al flautista mucho más de lo que él esperaba, y ante tal generosidad, el mágico artista aceptó el compromiso y empezó a tocar su flauta para así seducir a la población ratera con una música promisoria y celestial que tenía más atractivos que un hueso político, una concesión petrolera o el trinquete más suculento que pudiera imaginar cualquier sacrificado político contemporáneo.

    Las ratas de cuatro patas, enloquecidas por aquellas melodías sugerentes y sensuales, empezaron a danzar alegremente siguiendo al flautista hacia un despeñadero, que ni los globalizadores liberales más delirantes del Dow Jones o del Nasdaq hubieran imaginado; y ahí con sus ofertas pautadas hizo mucho más que el señor Madoff y los chicos de Stanford juntos, obligando a las ratas no sólo a abandonar su patrimonio mal y peor habido, sino a lanzarse al abismo del río Weser, donde todas ellas perecieron ahogadas por el peso de sus propios botines y de sus negras conciencias.

    Una vez que culminó su tarea y con la satisfacción del deber cumplido, el flautista regresó a Hamelín a exigirle a sus habitantes el pago de sus servicios, pero ellos al ver que su problema había sido resuelto con tanta facilidad, se mostraron díscolos y avariciosos, negándole al artista lo prometido y ofreciéndole a cambio algunas afores, junto con acciones preferentes del Citicorp, deudas de la Comer y hasta obligaciones de Cemex.

    Ante esa trampa fraudulenta, el brujo filarmónico enloqueció de coraje y comenzó a tocar su flauta en otros tonos para así seducir a los niños de Hamelín, llevándolos a los bosques donde florecen la mariguana, las amapolas de la heroína y todo género de pastas alucígenas, que aniquilaron a esas nuevas generaciones, cuyos progenitores, ciegos e irresponsables, no supieron defender lo que era de ellos, así como tampoco habían querido pagar el costo de quitarse de encima a las ratas que ellos mismos engordaron.

    Como ustedes pueden ver, los cuentos de los hermanos Grimm siguen teniendo para nosotros una gran vigencia, y podrían aplicarse a la minuta cotidiana de nuestra propia tragedia vernácula, ya que una buena parte de la población del país no está dispuesta a sacrificar los placeres de la corrupción y de la impunidad y prefiere continuar en el cinismo del doble lenguaje, sin que le importe en lo más mínimo la dignidad de una nación y el rescate de sus verdaderos valores.

    Por todo ello, el reino de las ratas de dos patas seguirá prevaleciendo en estos territorios, porque así lo ha querido una gran cantidad de mexicanos, que sólo saben quejarse de lo que ellos mismos propician a diario y encubren cada vez que les conviene.

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    Doctor en Derecho



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