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Sara Sefchovich

El peso de la palabra

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigadora en el Instituto de ...

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    15 de marzo de 2009

    Últimamente está en el aire un debate que pone de manifiesto, una vez más, lo mucho que pesa la palabra en nuestra cultura.

    El tema lo puso sobre la mesa el presidente Calderón en la reunión de Davos, Suiza, el pasado enero, cuando en sus discursos frente a los inversionistas pintó un panorama de México que poco tenía que ver con la realidad, pero cuyo objetivo era no decir nada que pudiera asustar a quienes supuestamente van a traer su dinero al país.

    Apenas unas semanas antes, la Secretaría de Relaciones Exteriores había instruido a los embajadores y cónsules a ocuparse de detener lo que los encargados del turismo llaman “las campañas bastardas de desprestigio” y la “promoción negativa” al país.

    La actitud ha venido acompañada del regaño a quienes se niegan a jugar ese juego, principalmente medios de comunicación y analistas. Igual que sus antecesores, el Presidente se molesta con los críticos, así llamados en distintos momentos “malosos”, “agoreros de infortunios”, “acarreados que se benefician de una industria de la reclamación” y otras lindezas.

    Pero el hecho de que el empresario Carlos Slim afirmara que la situación era muy grave, y que todavía no habíamos tocado fondo, hizo que el debate dejara de estar solamente preocupado por la imagen externa y se ocupara también de la imagen del país al interior de México.

    La nutrida respuesta de secretarios de Estado y funcionarios del partido gobernante al empresario puso de manifiesto el camino que decidieron seguir: el de regañar a todos los que no dicen lo que ellos creen que hay que decir, afirmando que le quieren hacer daño al país, que son “catastrofistas”, que pretenden “atemorizar a los mexicanos” y “sembrar el terror” en lugar de dar ilusiones y esperanzas.

    Esto lo reiteró hace pocos días el procurador Medina Mora cuando les dijo a los medios que “deben autorregularse en sus notas sobre el narco” y les sugirió “acotar la difusión de actos violentos”, ya que darle publicidad a éstos “amedrenta a la población”.

    Siempre se ha pensado así en nuestro país en momentos difíciles. Los encargados de la seguridad pública le echan la culpa de la existencia de la delincuencia a “horas y horas de transmisión en los medios de comunicación advirtiendo sobre el clima de inseguridad que existe en el país, que han terminado por hacer de ese ambiente una realidad”, porque desde su punto de vista es la palabra la que provoca la inseguridad, y no las acciones de los delincuentes o las deficiencias en las políticas públicas y en el quehacer de funcionarios, burócratas y policías; los legisladores le echan la culpa a los medios de comunicación de “la pésima imagen” que hay de ellos entre la opinión pública, porque desde su punto de vista, la crítica es lo que les da mala fama y no la realidad de sus acciones e inacciones.

    Este modo de pensar se pone de manifiesto en todos los niveles. Por ejemplo, la policía consigue hacerse de un soplón que les proporciona información sobre miembros, casas de seguridad, actividades, etcétera, y no puede resistirse a la tentación de contárselo a los medios con pelos y señales: lo que saben, lo que van a hacer. No importa si con ello están poniendo en riesgo a su testigo o advirtiendo a los delincuentes sobre sus planes, pues lo que importa es hablar, no hacer las cosas.

    Dicho de otro modo: la preocupación no son las muertas en Ciudad Juárez, sino que aparezca un reportaje sobre eso en un diario español. O cuál es la verdad sobre la señora Florence Cassez en las acusaciones de secuestro, sino el tratamiento que le está dando al caso en la prensa francesa. O la situación de los ciudadanos que no tienen trabajo por tantas empresas que están cerrando, sino cuáles deben ser las palabras que se digan sobre la economía. O atrapar a un delincuente, sino salir en el periódico hablando de lo bien que hacen su trabajo.

    Como dice Néstor Braunstein, para nosotros la realidad se configura por los discursos que sobre ella se vierten y, por eso, se considera que con la palabra se puede cambiar de realidad aunque no se cambie la realidad.

    [email protected]

    Escritora e investigadora en la UNAM



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