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Gabriel Guerra Castellanos

¿México en la mira?

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...

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    02 de marzo de 2009

    Después de años de olvido, nuestro país regresa a las primeras planas, a dar la nota en los noticiarios de televisión estadounidenses, a ser motivo de discusión y de interés.

    Esa, como diría el chiste, es la buena. La mala, ya lo sabemos, es que toda esta atención se debe a las noticias que salen desde México y dan la vuelta al mundo: la violencia, el crimen organizado, el narcotráfico, las ejecuciones, las complicidades, la corrupción...

    Pero sea como sea, ya estamos de regreso y hemos salido del olvido. Y es que México había logrado algo insólito: capturar el interés del mundo político, académico y empresarial de la nación más poderosa del mundo tan sólo para dejarlo ir como arena entre los dedos. Tras el enorme costo que implicó colocar a nuestro país en el radar de Washington y Nueva York, de Dallas y San Francisco, de Silicon Valley y Detroit, los líderes mexicanos —de alguna manera hay que llamarles— decidieron que no había por qué mantener el esfuerzo: con agarrar el vuelo o nadar de muertito, era más que suficiente.

    El descuido fue tal que México literalmente desapareció del mapa, se volvió irrelevante, innecesario, inútil para efectos prácticos y pragmáticos; una distracción en el mejor de los casos, fácil de ignorar en el peor. Cuando al fin habíamos llegado —arrived, como dicen los cronistas de sociedad o de modas— a la mesa principal, cuando allá en los 90 ya éramos parte de la América del Norte, socios de pleno derecho no sólo del TLC sino de la región, nos dio el mexicanísimo conformismo y decidimos olvidarnos de lo increíblemente difícil que había sido ser aceptados en tan buena sociedad. Simple y llanamente, al más puro estilo del arribista, nos la creímos y echamos a dormir en nuestros laureles.

    Años y años de esfuerzo se fueron por el caño de la complacencia, la arrogancia, la indiferencia. Los unos lo daban por sentado, a los otros no les interesaba, otros más creían que con su talento y carisma se podía suplir la diplomacia y la sustancia, mientras que muchos más simple y sencillamente no le entendían —no le entienden— al asunto. La política exterior no es cosa fácil, y el manejo de una relación bilateral tan intensa, compleja y diversa como la que tenemos con un vecino que de paso es la gran potencia mundial, es aún más demandante.

    No son suficientes ni la experiencia que puede o no dar la academia ni las bases que otorga la tradición. Los libros de texto no alcanzan a comprender ni a abarcar las variables de la relación; los principios y valores de antaño lo son eso, de antaño. Una diplomacia que no sabe actuar en el mundo de la información inmediata; que no tiene interlocución con un abanico de actores que va desde el gobierno y el Legislativo hasta los empresarios y las ONG; que no tiene respaldo dentro del propio gobierno al que sirve; es una diplomacia destinada a dejar la tarea a medias.

    Hoy que Forbes nos dedica reportajes alarmistas, que The New York Times nos obsequia con una primera plana en domingo, que CNN reporta primero desde Chihuahua y luego desde Texas acerca del mismo fenómeno, que todos los medios estadounidenses coinciden en la amenaza que viene del sur, México carece de una respuesta estructurada, coordinada, coherente.

    Unos minimizan, otros magnifican, pero lo único que logran es transmitir la confusión que reina entre los oficiales de las muchas instancias mexicanas involucradas en la otra guerra, la de la comunicación. Armados de buena fe y poco más que eso, los soldados de la información parecen a veces una quinta columna. No elaboran estrategias, no trazan ni mucho menos ejecutan planes, no toman siquiera las llamadas de los medios internacionales que podrían presentar de manera más objetiva y balanceada la situación.

    No es sólo un problema de comunicación. Los problemas son dolorosamente reales y no desaparecerán por arte de magia ni por prestidigitación informativa, pero resulta lastimoso que mientras hay mexicanos dando la vida todos los días en esta lucha, los portavoces estén en su propio castillo de papel, desentendidos de la tarea que les corresponde.

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