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Víctor Flores Olea

Pasión de pluralismo

Escritor y analista político. Ha sido profesor-investigador y Director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Embajador ...





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    07 de noviembre de 2008

    En los años 60, Herbert Marcuse definió la cultura y la civilización de la sociedad desarrollada como “unidimensional”, con un “pensamiento único” condicionado por el mercado y la avidez de ganancia. Entonces como ahora tenía razón en su lapidaria caracterización, una de las más hondas y plena de implicaciones para el hombre y la civilización contemporáneas.

    Sociedad también dispuesta a la guerra, a la conquista y a la explotación. En realidad, uno de los mayores desafíos de los tiempos que corren ha sido el de regresar a los hombres y mujeres, naturalmente, a su dignidad original, a su capacidad de universalidad. Tarea lograda por algunos pero ni de lejos por la sociedad entera, no en el aislamiento pero sí como excepción. Definición de Marcuse, como es obvio, que tenía como modelo, sobre todo, a Estados Unidos.

    Pero he aquí que un día aparecen George W. Bush y Barack Obama, el primero representando la “unidimensionalidad” más recalcitrante y repugnante de los contemporáneos violentos, acumuladores de riqueza y negadores de los valores humanos. Y, el otro, encarnando la posibilidad de una nueva sociedad en ese país, a favor del cual salieron a votar masivamente los jóvenes, y también, aunque no sean tan jóvenes, aquellos que lo son del intelecto y la voluntad.

    Barack Obama encarna hoy para una mayoría de estadounidenses la esperanza, que seguramente tiene muchas dimensiones, sin olvidar la del bienestar material a que tan acostumbrados han estado, pero que no se limita a ello.

    Parece que Barack Obama trascendió el sentimiento fundamental de las diferencias, su lado negativo que lleva al odio de razas y géneros, y a la intolerancia de las ideas y creencias del “otro”, hasta la liquidación; y por el otro, fue capaz de presentarse como símbolo de la unidad o, mejor dicho, como el punto de referencia de una diversidad y una pluralidad que se respeta y estimula, es decir, no como aislamiento resentido sino como fuerza dirigida a un fin a través de lo diverso. La pasión de la pluralidad como unidad, podríamos decir.

    Por eso Barack Obama ganó fácilmente las elecciones, no porque él hubiera inventado lo anterior sino porque supo expresar poderosa, sólidamente, esos sentimientos que estaban ya en una mayoría estadounidense y que no habían encontrado su cauce debido de manifestación. Su gran virtud fue la de encarnar buena parte de la mejor tradición de ese país, ahora encarnada en los jóvenes y en los votantes primerizos, e intentar como nadie la conciliación profunda, el reconocimiento de valores permanentes.

    Es verdad que no tiene una ideología definida aunque sea “más inteligente, culto y ecuánime que su adversario republicano”, según lo definió Fidel Castro. Y es que más allá de las definiciones ideológicas existe la convicción de valores que son universales.

    ¿Se realizará lo anterior en el caso de Obama? ¿No se dejará desviar el personaje por los gigantescos intereses de su país, y por la necesidad de maniobras políticas que lo encierren y reduzcan? ¿Se cumplirá la esperanza que ofrece?

    Escritor y analista político



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