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Rosario Ibarra

“Los otros secuestros”

Inició su participación social en 1973, cuando acusan a su hijo, Jesús Piedra, de pertenecer a la "Liga Comunista 23 de Septiembre", una org ...

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    04 de septiembre de 2008

    Fue allá por 1969, en mi provincia norteña, en mis tiempos felices; no recuerdo cómo ni por qué llegó a mis manos un periódico del DF, pero sí recuerdo haberlo hojeado y que, entre todas las notas, llamó mi atención una que describía la captura de un maestro guerrerense, Epifanio Avilés Rojas. Nunca imaginé que seis años más tarde, en un diario de Monterrey, leería en grandes caracteres: “Cae Piedra Ibarra” y la descripción de la captura de mi hijo Jesús.

    Larga y triste ha sido la historia de mi vida en los últimos tiempos: 33 años de dolor, de lucha, de exigir justicia sin lograrlo y de acumular a la mía la pena de cientos de madres y familias que sufrieron, como yo, el secuestro de alguno de los suyos... el secuestro oficial, parte ineludible del terrorismo de Estado que ha padecido el pueblo mexicano desde el sexenio de Díaz Ordaz y que continúa hasta el presente, pues no ha cesado ese crimen de lesa humanidad que es la desaparición forzada de personas, las cárceles clandestinas en campos militares y bases navales, los golpes, la tortura, la soberbia y la sevicia de quienes ordenan tales acciones contrarias al mandato constitucional.

    El 18 de mayo de 1969, día en que fue secuestrado el profesor Epifanio Avilés Rojas, en Coyuca de Catalán, Guerrero, y conducido a Ciudad Altamirano, todo el pueblo fue testigo de que sus captores eran militares: el mayor Antonio López Rivera y el general Miguel Bracamontes. Delante de cientos de testigos el general dijo mientras señalaba una avioneta militar: “Súbanlo y llévenlo al Campo Militar Número Uno”.

    En ese lugar fue visto con vida el maestro Avilés Rojas, pero jamás lo liberaron, y luego siguió la cacería terrible de cientos de ciudadanos de todos los estados del país, porque a juicio de los presidentes de la República, comandantes supremos de las Fuerzas Armadas, los derechos constitucionales no tenían ningún valor y por eso los confinaban en sus oprobiosas cárceles clandestinas.

    Ninguno de los comandantes supremos de las Fuerzas Armadas de entonces a hoy se salva de haber violado las leyes que juraron cumplir y hacer cumplir. Todos ordenaron o solaparon esos crímenes de lesa humanidad que son los secuestros oficiales, los que sigue cometiendo el gobierno cobijado de impunidad, los que hemos denunciado en cientos de marchas, mítines y huelgas de hambre, pero que no le importan, porque son “los otros secuestros”.

    Dirigente del comité ¡Eureka!



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