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Jean Meyer

Petróleo con agua bendita

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

Es profesor ...

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    06 de abril de 2008

    Las múltiples tragedias de la actualidad impidieron la redacción de este artículo para conmemorar, hace 15 días, el 70 aniversario de la nacionalización de las compañías petroleras por el presidente Lázaro Cárdenas. De acuerdo, las iglesias no deben hacer política, ni meterse en política, ni intervenir en la vida política; Ok, “al César lo de César” y (¿pero?) a Dios lo de Dios. Sin embargo los más anticlericales, los más ardientes partidarios de una laicidad agresiva que deriva en laicismo, aplaudieron cuando en marzo de 1938 el general michoacano, El Esfinge de Jiquilpan recibió el apoyo entusiasta de los obispos católicos.

    Fue algo como “una divina sorpresa”, me contaron, en 1966, don Fernando Torreblanca y el ingeniero Domingo Lavín, en presencia de doña Hortensia Calles de Torreblanca. “Es que usted ha de saber, joven —efectivamente en aquel entonces tenía yo 24 años y empezaba mi estudio del conflicto religioso, de la Cristiana y deseaba consultar los archivos privados del presidente Plutarco Elías Calles—, usted ha de saber que el petróleo y el agua bendita nunca andan lejos. El conflicto religioso fue provocado por la alianza entre las compañías petroleras anglosajonas y la Iglesia romana”. Frente a mi ceja izquierda levantada en forma de incrédula sorpresa, el ingeniero, gran especialista del petróleo, explicó: “Era demasiada coincidencia, justo en estos años 20, cuando México era el segundo productor mundial de petróleo, después de la URSS, se le ocurre a la Iglesia crear la Diócesis de Huejutla y la de Papantla, en medio de los campos petrolíferos, y el obispo de Huejutla, el tristemente famoso Manríquez y Zárate, resultó el más beligerante adversario del presidente Calles y el principal incitador de la rebelión cristera. No es una coincidencia”. El historiador puede decir hoy que nunca ha encontrado prueba de aquello pero es cierto que la Liga, organización católica que abandonó la lucha cívica, pacífica, legal de 1925-1926, para imitar a los revolucionarios y pasar a la lucha armada en 1927, mandó a su representante René Capistrán Garza a los Estados Unidos para buscar dinero con el petrolero católico tejano William Buckley. Felizmente para los dos países, los obispos estadounidenses pidieron a Buckley no dar un centavo a la Liga y así fue. Pero lo importante no es lo que pasó realmente, sino lo que creían sinceramente nuestros dirigentes revolucionarios y anticlericales. Por eso les resultó una “divina sorpresa” lo que ocurrió en marzo de 1938.

    En efecto, el arzobispo de México y encargado de asuntos de la Santa Sede, Luis María Martínez, otro michoacano, no dudó en escribir al papa que Cárdenas era un verdadero héroe nacional, un David derrotando a Goliat; eso se puede ver en los archivos del Vaticano ya abiertos al público para todo el periodo. El arzobispo de Guadalajara, Garibi, hizo público el apoyo de la jerarquía mexicana a la nacionalización petrolera; fue publicado en la prensa nacional bajo el título de “una patriótica excitativa del clero católico”. Vale la pena citar los párrafos medulares: “A todos consta que el hecho de la expropiación de la industria petrolera origina una deuda para la nación, para cuyo pago es necesaria la cooperación de todos los ciudadanos. Los católicos que profesamos como una de las enseñanzas de nuestra religión el amor a la patria, también como católicos hemos de procurar dar el ejemplo en este sentido. Ahora bien. Esta cooperación debe ser generosa, como lo reclama nuestro patriotismo y la necesidad de ver libre a la patria de una deuda gravosa que impediría el franco desarrollo de sus riquezas, que vendrán a no dudarlo, a contribuir al bienestar de todas las clases sociales. Por este motivo, sin perjuicio de lo que cada uno en particular pueda hacer para responder al llamado del gobierno de la nación, tomando bonos que se emitirán, según se sabe, o contribuyendo en alguna otra forma, nos ha parecido conveniente disponer como lo hago al presente, que el domingo 10 de los corrientes, en todos los templos se haga una colecta cuyo producto se enviará cuanto antes a la caja del arzobispado, de donde se remitirá a su destino, como una contribución de los católicos para los fines indicados”.

    La revista Hoy dedicó su número del sábado 16 de abril, bajo el título “Hacia la paz espiritual” a este primer acercamiento abierto de la Iglesia al gobierno de Cárdenas, con motivo de la necesidad de salvar a la patria de la amenaza extranjera y capitalista, para el bien de todos los mexicanos. Por su parte el arzobispo de México explicaba al cardenal Pacelli (al año siguiente se volvería el papa Pío XII) que la iniciativa del presidente Cárdenas era tan patriótica como necesaria, dada la agresiva negativa de las compañías extranjeras a cumplir las decisiones de las supremas instancias de la justicia mexicana. Así evitaba un mal mayor y salvaba al país de la esclavitud económica a la cual las empresas petroleras lo habían llevado, gracias a su capital y sus influencias; por eso, argumenta el prelado, Cárdenas logró el apoyo orgulloso de todos los mexicanos frente al gigante vecino del norte, a quien se le atribuyen todos los males que ha sufrido México desde 1821, incluido el recién intento de “descatolizar” al país.

    Cárdenas a su vez aprovechó el Día del Soldado, 27 de abril, para saludar la “actitud insólita de los católicos mexicanos que por la primera vez en la historia del país se presentan sin egoísmos a contribuir en la obra de redención nacional, poniendo de relieve las virtudes que privan en el pueblo”. En aquella ocasión, ¿hizo política la Iglesia?

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    Profesor investigador del CIDE



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