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Fernando Serrano Migallón

Ernesto de la Peña, universal



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    22 de enero de 2008

    Ernesto de la Peña, universal Durante este año las instituciones culturales del país han rendido un homenaje nacional a don Ernesto de la Peña; es alentador ver que De la Peña cosecha algo del afecto y la admiración que su bonhomía y su saber han sembrado en nuestro país. Decían los romanos que entre todos lo sabemos todo, aunque es posible que don Ernesto lo sepa todo por sí mismo y, si no es así, podemos dar por hecho que una gran parte del saber universal se encuentra en la memoria prodigiosa de ese mexicano al que, como a pocos, le queda bien el adjetivo de sabio.

    Cuenta la Odisea que cuando Eumeo está a punto de revelar a Penélope la llegada de Odiseo a Ítaca, procede primero por circunloquios, con ocultamientos que le permitan acercarse a la realidad; dice entonces Eumeo que Odiseo está “vivo y cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y trae a casa numerosos tesoros”; es De la Peña este Odiseo, que continuamente vuelve del opulento país de los clásicos para traernos toda clase de presentes; la suya ha sido una vida dedicada a la belleza, a la de las palabras, que puede ser considerada la belleza por excelencia, la de la evocación y la de la memoria.

    Mientras que muchos mexicanos nos vemos perdidos entre las lamentaciones de lo que pudo ser o nos afanamos en no ver cuánto de magnifico hemos construido durante generaciones, don Ernesto va y viene entre sus lecturas y sus letras ofreciendo un culto por la belleza que nos devuelve nuestro sentido humano y nos sitúa en la dimensión universal de la mexicanidad que es, al mismo tiempo, occidentalidad completa, tan romana como griega, tan precolombina como española y tan llamada a lo universal como cualquier otra.

    Con De la Peña, los mexicanos entramos de cuerpo entero en el mundo que nos pertenece por derecho propio, nos devuelve el ágora y la gesta medieval; nos devuelve el romancero viejo y también las jarchas judeoespañolas. Todo cabe en su palabra precisa arrebatada del tiempo para ubicarse en el eterno presente de la belleza y el pensamiento.

    Oscar Wilde, en su ensayo La decadencia de la mentira, aboga por la mentira constructiva que constituye la base de la literatura y de todas las artes; cuando nos sumimos en la narrativa de una película, o nos perdemos entre las páginas de una novela, somos víctimas voluntarias de un engaño que nos supera y que nos envuelve; esta mentira ficción aleja al desapercibido y al amargado que no ve nada fuera de lo inmediatamente útil; aquel que no apuesta si no es a la segura y que no invierte en nada que no reporte un beneficio inmediato; Wilde aboga por el que se deja engañar, por el que sigue el juego de lo que es, sobre todo, inútil y poco práctico, pero que nos mantiene humanos: la contemplación y la construcción de la belleza. A ese pensamiento corresponden espíritus como el de don Ernesto, aquellos que saben que lo mejor de la existencia es vivir con la conciencia de que el arte existe y que nos justifica en un mundo que no siempre se precia de ser amable.

    Cada mañana se puede escuchar una mínima reflexión de Ernesto de la Peña, a las 10 de la mañana: Opus 94 transmite una cápsula cultural en voz del maestro; para muchos esas pocas palabras son el santo y seña del día, la lección cotidiana de humildad, de humanidad y de inteligencia. Cada día puede uno escuchar en la radio algo sobre la guerra de Troya, sobre la vida y la muerte de Federico García Lorca, sobre el concepto de la novela y, en fin, sobre todas esas cosas que nos distinguen como especie y que nos permiten afirmarnos en nuestra cultura para seguir construyendo la identidad colectiva.

    Es difícil manifestarle el agradecimiento y afecto que los mexicanos sentimos por don Ernesto, difícil porque encontraría él 10 mil maneras mejores para decirlo. A fin de combatir su erudición recurriré a una palabra perfecta por su sencillez y significado: gracias.

    [email protected]

    Abogado, director de la Facultad de Derecho de la UNAM



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