aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




César Cansino

Paranoia

Director del Centro de Estudios de Política Comparada, A.C., y de la revista Metapolítica. Es doctor en Ciencia Política por la Universidad ...

Más de César Cansino



ARTÍCULOS ANTERIORES


    Ver más artículos

    18 de enero de 2008

    Francamente no debería ocuparme de cosas tan intrascendentes como el despido de la superestrella de la información, Carmen Aristegui, de W Radio, pero el asunto ha generado tanta alharaca que me veo obligado a decir algo. Para empezar, me preocupa que una cuestión tan irrelevante como ésta provoque tanta controversia: que si censura o no, que si un golpe a la libertad de expresión, que si el cuñado incómodo y la mano negra de Los Pinos, que si Prisa y los manejos turbios, y un interminable etcétera de despropósitos.

    Me preocupa porque si la opinión pública le da tanto peso a un asunto tan baladí como éste es porque permanece soterrada en buena parte de la sociedad una paranoia colectiva heredada del pasado autoritario que nos lleva a delirar sobre la maledicencia de todo lo que nos rodea (piensa mal y acertarás).

    Además, es de preocuparse que habiendo tantos problemas apremiantes en el país nos ocupemos como sociedad de la suerte de una comentarista de noticias con ambiciones intelectuales que fue despedida simplemente porque ya no encajaba en el esquema de sus patrones, como suele ocurrir en todos lados.

    Querer ver más en este asunto resulta paranoico, y alimentar la sospecha de censura por parte de la propia Aristegui con un mensaje cifrado como el que dio a los medios al ser rescindida resulta a todas luces irresponsable. Que el show business atraiga las miradas de los espectadores en las sociedades mediáticas es normal, pero que una noticia de espectáculos —como el despido de Aristegui— alcance el estruendo de una noticia de política nacional no hace sino exhibir la pobreza cultural de una sociedad cuyos referentes más cercanos son los personajes que aparecen en la tv, aunque sean unos descerebrados y gocen de una fama de oropel fabricada a conveniencia de los propios medios.

    Además, ¿quién diablos es Aristegui? Bueno, es una comentarista de noticias con mucho carisma y presencia, inteligente pero sobre todo muy hábil para colocarse en un ámbito tan competido y turbio como el de los medios electrónicos de comunicación, donde predomina la mediocridad y la lambisconería. Sólo así se explica que Aristegui haya pasado por Televisa, Imagen, CNI y muchos otros espacios mediáticos, con ingresos muy rentables. Su carta de presentación ha sido el pluralismo, el respeto a todas las voces, y la defensa de la libertad de expresión, pero fuera de eso no hay nada más.

    No conozco un solo trabajo de investigación periodístico de Aristegui que me permita referirme a ella como una “periodista”. Tampoco le conozco ninguna contribución teórica o científica sobre temas periodísticos como para llamarla una especialista en la comunicación. Ni mucho menos puedo considerarla una intelectual o una analista política cuando no ha escrito ni producido nada rescatable. Pero además, no recuerdo que Aristegui se haya arriesgado como periodista alguna vez en su carrera, que haya desafiado a los poderosos o que haya rebasado los límites de la prudencia y lo políticamente correcto desde su micrófono, por más que ella o sus publicistas nos la quieran vender —con mucho éxito, por lo demás, a juzgar por los cientos de cartas de apoyo que ha recibido desde su despido de W Radio— como una profesional de la información valiente, audaz e incorruptible.

    Sólo así se explica su larga permanencia en los medios y su paso por algunos con una historia de oficialismo y servilismo más que reconocida. Vamos, Aristegui no es una Lydia Cacho o una Sanjuana Martínez que han arriesgado su propia integridad física al denunciar agravios indignantes y al desafiar a muchos poderosos cobijados en la más insultante impunidad —los pederastas empresarios y políticos y los curas pederastas, respectivamente—. Eso sí es periodismo comprometido. Qué pena pues que una comentarista de noticias hábil pero intrascendente acapare más la atención pública y del propio gremio de los periodistas que Lydia Cacho, ejemplo de valentía y agallas, y que hasta la fecha sigue siendo atropellada en sus derechos elementales por atreverse a investigar y publicar lo que las superestrellas de la información nunca se atreverían a hacer desde la comodidad de sus cabinas acolchonadas. Es una pena, porque los periodistas aduladores de Aristegui y repetidores de la cochambre sobre la censura de la que supuestamente fue víctima la diva de las noticias no hacen sino reproducir la mediocridad del periodismo mexicano, atrapado en el amarillismo, la superficialidad y la frivolidad.

    Por todo ello, y ya instalados en la paranoia, cabe la pregunta: ¿qué intereses ocultos representa Aristegui hoy y que al verse afectados con su salida de W Radio han filtrado el “sospechosismo” de que su despido fue un acto arbitrario y condenable de censura? ¿Qué villanos se pretenden culpar con la fabricación de héroes de papel, como Aristegui?

    [email protected]

    Director del Centro de Estudios de Política Comparada



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.