15 de julio de 1867

Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.
Es profesor ...
Más de Jean Meyer15 de julio de 2007
Hace 40 años me tocó asistir a la ceremonia del primer centenario de la entrada de las fuerzas republicanas en la ciudad de México. Cuarenta años después, no puedo evitar el recuerdo de aquellos días de 1867 que vieron la agonía del imperio de Maximiliano y la Restauración de la República. Como historiador no simpatizo mucho con la moda de las conmemoraciones en lo que tienen de artificial y de impuesto; su papel cívico lo acepto y justifico porque se trata de forjar o de mantener una conciencia colectiva de que somos solidarios, tripulación y pasajeros de un gran barco llamado México, que empezó a navegar hace más o menos dos siglos, que se encuentra en alta mar y que boga, como todos los otros barcos nacionales, hacia un destino desconocido. Donde tomo alguna distancia, como historiador, es que no acepto que la Historia, con H, se reduzca a un arsenal de argumentos plúmbeos, a favor de tal o cual partido, de tal o cual ideología. No es el caso para el 15 de julio, fecha que pasa generalmente inadvertida.
Los historiadores conocen o deberían conocer la cronología; los hombres políticos conocen solamente un calendario cívico y así está bien. El historiador, como ciudadano y como el niño que fue y que no deja de ser, vibra también cuando ve desfilar los soldados y ondear la bandera, cuando le toca cantar el Himno Nacional, por más extrañas que puedan parecerle las palabras de las estrofas mexicanas o de “La Marsellesa”.
Finalmente queda el pueblo, quien tiene su vivencia muy propia de las celebraciones o, fuera de toda liturgia cívica o nacionalista, tiene su memoria particular. Por ejemplo, en Guanajuato, hace muchos años, cuando andaba recogiendo el testimonio de los veteranos de la Cristiada, de repente me topaba con un testigo privilegiado que me decía, al contar el levantamiento de Pénjamo, en 1926, al llamado de Luis Navarro Origel: “Todo el pueblo se levantó en armas, mejor dicho sin armas, las mujeres con bolsas de chile molido, cal y cuchillos de cocina y nosotros los muchachos con garrotes y hondas… como en tiempo del padre Hidalgo”. Para este anciano, la Cristiada, la revolución maderista, las guerras de la Reforma y de la intervención francesa, la guerra de Independencia se confundían en una sola epopeya sin fecha precisa.
Me pasó otro tanto en la ciudad de Guanajuato con las viejitas del mercado que me platicaban de la Cristiada y del padre Hidalgo, de la toma de la Alhóndiga, de la matanza de Granaditas, la persecución religiosa y la matazón de cristeros presos que hizo tal general federal, cuyo nombre recordaba muy bien la señora. Me enseñó dónde y cómo se resbaló el caballo de Allende —me precisó el color del caballo, pero confieso que se me olvidó— y cómo el jinete lo levantó del suelo a puros espolones, sin perder los estribos. Le pregunté cuándo pasó eso y me contestó. “¡U-u-u-uh!, hace mucho, en tiempos de la Revolución”.
En Guanajuato la gesta de la Independencia es una historia de familia y parece que pasó ayer; en San Miguel Allende, lo mismo y te enseñan por dónde entraron los insurgentes y las casas de los unos y de los otros. En Querétaro, el sitio de 1867, la rendición de Maximiliano y/o su entrega a traición por Miguel López, el juicio, el fusilamiento de los tres M, Maximiliano, Miramón y Mejía, parece que ocurrieron ayer. No le pida al narrador una fecha; cuando mucho le podrá decir cuál día de la semana fue; algunos saben del mes, pero muy pocos, entre los que conservan la genuina memoria popular de lo que fue para ellos como el sitio y la toma de Troya por los griegos, podrán atinar al año. 1867 es una cifra desconocida, mientras que pueden señalar cada piedra y comentar quién la pisó o se sentó encima o tropezó por su culpa; y cómo vestía fulano, y qué dijo, y qué comió al final.
En Querétaro 1867 fue ayer, 1867 es hoy. En la ciudad de México, ¿quién recuerda el 15 de julio del año de 1867? Algunos historiadores, algunos amantes de la historia. El 19 de junio, a las seis de la mañana, Maximiliano, Miramón y Mejía salieron para su último paseo. La ciudad de México, ignorante del destino del emperador Habsburgo, siguió resistiendo casi un mes. Antes de que fuera tomada la ciudad de Querétaro, el general republicano Mariano Escobedo, sin dar respiro a sus fuerzas, había destacado 14 mil hombres en auxilio del ejército con que el general Porfirio Díaz, después de tomar Puebla, sitiaba la capital. Escobedo había resuelto ocurrir personalmente a México y ponerse a las órdenes del brillante militar oaxaqueño, pero con justificada prudencia Benito Juárez le ordenó permanecer en Querétaro hasta el final del sitio y de los grandes acontecimientos posteriores que estremecieron no sólo a México sino al mundo y que concluyeron con la muerte de Maximiliano y sus dos fieles generales.
La entrada triunfal de las fuerzas republicanas a la ciudad de México fue una manifestación republicana de la vieja regla romana, de la república romana: “Cedant arma togae”, a saber, traducción libre, el poder de las armas debe cederle paso al poder civil. El general triunfante Porfirio Díaz pasó inadvertido y dejó el lugar de honor a Benito Juárez. Contra la expectativa de los que creían que el 15 de julio iba a ser el primer día de una serie de nuevas y numerosas ejecuciones, no hubo más que dos patíbulos, para Santiago Vidaurri, el Caudillo del Noreste, y para Tomás O’Haran. Sabiamente, los hombres que dirigían la República liberada de sus adversarios nacionales y europeos confiaron en su triunfo y optaron por una generosa clemencia que resultó más efectiva que un terror jacobino. Antes de que terminara el año, Juárez había convencido a los más radicales de sus generales “chinacos” de que la amnistía general sería la culminación de la victoria, una manifestación de fuerza y de ninguna manera una confesión de debilidad. Por eso vale la pena recordar el 15 de julio de 1867, aunque hayan pasado ya 140 años.
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE


