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Alejandro Frank

El analfabetismo científico

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    08 de enero de 2007

    Leí hace un par de semanas con preocupación las noticias sobre la iniciativa de presupuesto que implicaba 7.7% de recorte a la educación superior y a la investigación científica de México. Con alarma me enteré también de las no muy sesudas declaraciones del legislador Raúl Padilla, presidente de la Comisión de Presupuesto. Más allá de la falsedad de estas aseveraciones, más preocupante me pareció la generalizada ignorancia que delatan.

    Quedaba sólo la esperanza de una rectificación antes del fin del periodo ordinario de sesiones en San Lázaro.

    Hoy parece, sin embargo, confirmarse la noticia de que, a pesar de que se resarcieron en parte los fondos para la educación superior, se ha mantenido un exiguo presupuesto para la investigación científica, menor al de 2006 si se toma en cuenta la inflación.

    El de 2006 ha sido el presupuesto más bajo en este rubro en una década, inferior a .36 % del PIB, comparado con .4 % en el año 2000. Esta inversión relativa ha alcanzado ya niveles de desastre nacional, siendo incluso menor que la de países como El Salvador y Egipto. Para cuantificar la magnitud del desastre, de acuerdo con fuentes del Conacyt, la inversión comparativa entre algunos países al finalizar el siglo era como sigue.

    Inversión en Ciencia y Tecnología como proporción del PIB y PIB per cápita:

    -EU (1999) 2.65% del PIB; 33 mil 685.23 dólares del PIB per cápita; posición competitiva, 1.

    -Alemania (1999) 2.44% del PIB; 23 mil 616.41 dólares del PIB per cápita; posición competitiva, 12.

    -Canadá (1999) 1.58% del PIB; 26 mil 441.54 dólares del PIB per cápita; posición competitiva, 9.

    -Brasil (1996) 0.91% del PIB; 8 mil 206.08 dólares del PIB per cáita; posición competitiva, 31.

    -España (1999) 0.90% del PIB; 18 mil 106.30 dólares del PIB per cápita; posición competitiva, 23.

    -México (2000) 0.40% del PIB; 7 mil 847.54 dólares del PIB per cápita; posición competitiva, 36.

    ( Fuente OCDE, Main Science and Technology Indicators, No. 1, 2001 RICYT. El Estado de la Ciencia, 2000).

    Repetidamente se ha señalado en todo el mundo que existe una relación directa entre la inversión en ciencia y tecnología y el crecimiento económico y social de un país, lo que ha sido ampliamente documentado. Países con condiciones de desarrollo similares a las de México hace 30 años exhiben hoy indicadores de desarrollo muy superiores. En efecto, en el periodo 1970-2000 el ingreso per cápita, medido en dólares, creció en México 3.8 veces, en Brasil 6.3, en España 7.4 y en Corea 25.3 veces.

    En el mismo periodo la inversión en ciencia y tecnología, como porcentaje del PIB, se multiplicó en México por dos, en Brasil por 4.5, en España por cinco y en Corea por nueve. Mientras que EU destina 960 dólares por habitante a la ciencia y tecnología y España 400 dólares, en México la cifra es de apenas 20 dólares. Al principio del pasado gobierno el gasto era de 0.4% del PIB pero el gobierno de Fox logró algo que parecía imposible: reducirlo a 0.36%.

    Un fantasma recorre México: es el fantasma del analfabetismo científico que invade sus rincones, incluyendo, desgraciadamente, a gobernantes, diputados y senadores. Para cuantificar la magnitud de este problema y lo que se requiere para exorcizar a este funesto espectro, analicemos por un momento el desarrollo de México en el siglo XX y su relación con nuestro sistema público de educación superior e investigación.

    Supongo que, a pesar de nuestra proverbial falta de reflexión, nadie supondrá que los logros culturales, artísticos, científicos y tecnológicos en nuestro país aparecieron por generación espontánea.

    No hay duda alguna, los lideres y los transformadores, el cerebro y el corazón de nuestro gran país, han estado ligados, en su abrumadora mayoría, con la historia de nuestro sistema de educación y de investigación públicas, con la UNAM, con el Instituto Politécnico Nacional y con nuestras universidades estatales, que les dieron además la oportunidad de ser, de crecer y desarrollarse, de contribuir en la medida de sus talentos, configurándose así como las grandes fuentes de oportunidad en una sociedad con profundas inequidades. La investigación y la educación superior son las columnas en que se sustenta nuestro crecimiento, identidad e independencia, aunque esto no sea evidente para todos. La una no puede sobrevivir sin la otra, son los dos lados de la moneda del desarrollo. Las verdaderas universidades no pueden ser simples centros de instrucción y correas de transmisión de conocimientos. Por definición, deben ser centros de saber universal donde los maestros y alumnos generan y cultivan el conocimiento en forma dinámica. Pero la semilla de la creatividad que ha tardado décadas en germinar está amenazada de muerte por inanición.

    ¿En qué se basan entonces las decisiones en nuestro país? El desconocimiento sobre nuestras instituciones científicas y educativas es alarmante. No es reconocido, por ejemplo, que los profesores e investigadores de las universidades públicas y de los Centros de Investigación están sujetos a un riguroso proceso de evaluación continua, siguiendo las pautas establecidas por el Sistema Nacional de Investigadores. En la UNAM ningún investigador es contratado ni promovido sin pasar por filtros cada vez más severos. Estos requisitos son tan rigurosos como los de cualquier institución en el mundo. Imaginemos lo que sucedería si sometiéramos a este régimen, por ejemplo, a gobernantes y legisladores.

    Los logros de un país no pueden medirse con criterios basados exclusivamente en estadísticas, puntajes, parámetros macroeconómicos o campañas de imagen. Tampoco a través de los recursos obtenidos a partir de la exportación de mano de obra barata o la sobreexplotación de nuestros recursos naturales. Se mide por las obras, la creatividad, la independencia, la equidad y la capacidad de generar un nivel de vida digno para sus habitantes. Investigar para gestar, para crear, formar y transmitir. ¿Pero cómo podremos alcanzar estas metas?

    Cito al astrónomo Carl Sagan: "Los niños brillantes y curiosos son un recurso natural de las naciones del mundo. Necesitan ser cuidados, apreciados y alentados. Pero el estímulo en sí no es suficiente. Debemos proporcionarles las herramientas esenciales para aprender a pensar". ¿Qué les espera a estos niños, nuestros hijos, a los jóvenes talentosos? No podemos, no debemos, seguir manteniendo una política de egoísmos y frivolidades, de visiones inmediatistas y torpes. La justicia social y el desarrollo requieren, sin duda, otorgar a los millones de jóvenes mexicanos la oportunidad de ejercer sus talentos y capacidades.

    La miopía que ha caracterizado a nuestros gobiernos no es destino manifiesto.

    Director del Instituto de Ciencias Nucleares, UNAM



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