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Jorge Chabat

Fin de sexenio

Analista político y profesor de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), donde tam ...

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    10 de noviembre de 2006

    Los fines de sexenio se han caracterizado, por lo menos desde el gobierno de Echeverría, por ser complicados, tanto en términos políticos como económicos. El fin de sexenio de Echeverría presentó una devaluación importante del peso y cierta inestabilidad política que incluyó hasta rumores de ruptura del orden constitucional.

    López Portillo no fue la excepción. De hecho, a pesar de que los primeros años de su gobierno estuvieron caracterizados por la bonanza económica, el final fue catastrófico: devaluación, nacionalización bancaria, crisis de la deuda.

    El gobierno de De la Madrid tuvo crisis económicas a lo largo del sexenio y al final una política que estuvo marcada por las escisiones dentro del PRI y la "caída" del sistema electoral que permitió darle el triunfo a Salinas de Gortari. El gobierno de este último parecía que iba a librar la maldición sexenal pero al final, para variar, hubo crisis política: la aparición del EZLN, los asesinatos de Colosio y de Ruiz Massieu y un descrédito que aún acompaña al ex presidente.

    La crisis económica no estalló exactamente al final del sexenio pero sí al inicio del próximo gobierno. De hecho, la crisis de 1994-1995 golpeó a la economía del país de tal forma que todavía se recuerdan esos años con horror por una buena parte de la población. Sin embargo, para sorpresa de propios y extraños el sexenio de Zedillo terminó mostrando estabilidad política y económica, a pesar de que el PRI perdió la Presidencia después de 71 años en el poder.

    La legitimidad con la que llegó el presidente Fox hizo creer a muchos que en este sexenio se consolidaría la democracia y que las crisis de fin de sexenio eran ya cosa del pasado. Y lo cierto es que en la parte económica así ocurrió. Si alguien hubiera dicho que se iba a presentar la crisis postelectoral y que, a pesar de ello, la bolsa iba a subir y que el peso se iba a apreciar, seguramente hubiera sido tachado de loco. Sin embargo, así ocurrió.

    No obstante, en la parte política no fue así. No sólo se desató la peor crisis postelectoral desde 1988, sino que han surgido otros problemas políticos que no se resuelven y que recuerdan fines de sexenio de tiempos pasados.

    La crisis de Oaxaca es realmente preocupante sobre todo porque es evidente que existen varios actores políticos que buscan prolongar el conflicto. Adicionalmente, se han comenzado a registrar acciones violentas que uno pensaría que ya estaban superadas. Los "bombazos" que se dieron en la ciudad de México la madrugada del lunes pasado sugieren que hay todavía grupos que siguen pensando que la política se debe dar por fuera de las instituciones y por medios violentos.

    Ciertamente, estos "bombazos" no causaron víctimas, y todo apunta a que los explosivos fueron colocados por grupos guerrilleros que no tienen posibilidades reales de desafiar al Estado. Sin embargo, sí resulta preocupante que en pleno siglo XXI sigamos todavía presenciando manifestaciones políticas características del remoto pasado.

    En este contexto, lo que habría que preguntarse es cómo van a impactar estas formas no institucionales de hacer política al futuro del país y, en particular, al próximo gobierno federal.

    Y lo cierto es que a pesar del impacto mediático de los "bombazos", su capacidad para afectar la vida política es limitada, a menos que estas acciones logren que los actores políticos abandonen la vía institucional. Esta no parece ser la tendencia aunque sí resulta preocupante y sorprendente que algunos políticos culpen de los "bombazos" a quienes "convalidaron el fraude electoral del 2 de julio".

    El futuro de las acciones violentas y extrainstitucionales va a depender de la consolidación de las instituciones, en particular las electorales y las de impartición de justicia.

    Es evidente que los fines de sexenio son los momentos en los cuales cualquier sistema político es más débil: existe un gobierno que se va y que, por lo mismo, presenta un poder menguante en tanto que el nuevo gobierno todavía no ejerce. En esa coyuntura, aumenta la tentación para que actúen los grupos que hacen política por fuera de las instituciones.

    La gran pregunta que habría que hacernos es si las vías no institucionales tienen todavía cabida en la política mexicana. Y la respuesta la vamos a tener en los próximos años.

    Hasta ahora, a pesar de la embestida postelectoral de López Obrador y radicales que lo acompañaron, las instituciones han resistido. Es cierto, algunas de ellas quedaron muy maltrechas, como el IFE, y es obvio que necesitan de cirugía mayor para recuperar la credibilidad.

    Sin embargo, al final las instituciones funcionaron en los plazos y formas establecidos y no se ve cómo la política extra- institucional vaya a desplazar a la que se hace dentro de los cauces legales. Y ése es el gran reto del país: hacer que los "bombazos" y los plantones sean sólo una anécdota sin consecuencias y que la política real se realice en los marcos legales.

    [email protected]

    Analista político e investigador del CIDE



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