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Norman Birnbaum

Democratizar la democracia

Norman Birnbaum es profesor emérito de la Escuela de Derecho de la Universidad de Georgetown.

Ha impartido clase en la London School of ...





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    05 de julio de 2006

    Al contrastar las elecciones en México con las de Estados Unidos, el profesor Robert Pastor declaró que nosotros podíamos aprender mucho de México. El profesor Pastor, quien trabajó estrechamente con el presidente Jimmy Carter durante su gobierno y posteriormente, sabe de lo que habla. Sin embargo, tengo que corregir a mi colega. Estados Unidos difícilmente puede aprender de otras naciones hasta que no aprendamos a reflexionar sobre nuestra propia historia. Un gran segmento de la ciudadanía se rehúsa a actuar en relación con lo que muchos, aunque sea renuentemente, intuyen: el proceso de democratización interna de Estados Unidos está lejos de haber sido completado.

    Una parte significativa de la pasividad de la ciudadanía se debe a la agresividad organizada del partido del chovinismo ideológico, que adjudica el calificativo de "antiestadounidense" no a personas en otros países sino a los ciudadanos estadounidenses que hacen críticas a la nación en cualquier aspecto. Cuando, hace algunos años, el sistema federal de museos describió, en una exhibición, que la expansión continental de Estados Unidos fue un proceso que incluyó brutalidad inmoral, el Congreso amenazó con retirar el financiamiento.

    Cuando el debate registrado durante el gobierno de Truman sobre la moralidad de utilizar armas atómicas contra Japón después de haber iniciado negociaciones para su capitulación fue mostrado en otra exhibición, el resultado fue similar. En la actual polémica sobre Irak, el presidente y sus partidarios no vacilan en preguntar si aquellos que tienen dudas explícitas pueden afirmar que son en absoluto parte de la nación. El fenómeno no es nuevo. Generaciones de artistas y escritores, editores y periodistas, académicos y profesores de escuelas y universidades, han experimentado recriminaciones y cosas peores por ofrecer opiniones que los custodios del dogma de la unidad nacional han considerado heréticas.

    A sus ojos, las herejías no se limitan a cuestionar la santurronería imperial. También se encuentran cuando la superioridad moral y económica de los mercados es cuestionada. En los siglos XIX y principios del XX, el rechazo de los protestantes a la inmigración católica se intensificó cuando los católicos demandaron la creación de instituciones de bienestar social colectivo.

    Asimismo, los partidarios seglares de la democracia social, el movimiento socialista estadounidense, fueron severamente reprimidos por el presidente Wilson debido a su oposición a la participación estadounidenses en la Primera Guerra Mundial. Desde entonces, el socialismo en Estados Unidos (incluso el partido comunista o las disidentes sectas trotskistas) ha buscado la legitimidad amparándose en la protección de movimientos de reforma social más amplios, como el New Deal de Franklin Roosevelt. Han tenido su mayor éxito cuando son legitimados por la doctrina de la conciencia protestante que, antes, animó el movimiento contra el esclavismo.

    Las interpretaciones progresistas del catolicismo y el protestantismo (y del judaísmo) sólo fueron posibles cuando la noción de un proyecto moral humano abierto e inacabado era aceptada, terreno común de religiosos y seglares.

    La ideología original de la revolución estadounidense insistía en terminar con las diferencias, en la supremacía de la igualdad como prerrequisito de un autogobierno democrático. También insistía en el peligro de que incluso funcionarios elegidos democráticamente sucumbieran a la tentación del poder y se convirtieran en oligarcas permanentes, en una nueva clase gobernante incluso hereditaria. Esto planteaba, entonces, una lucha permanente para mantener la democracia.

    Estas fuerzas existen, empero, en marcos históricos. En éstos, la sicología profana no es solamente asunto de tradiciones nacionales, es resultado de limitaciones económicas y sociales. La extensa literatura estadounidense sobre el "individualismo" es un ejercicio sistemático de elusión. Lo que se elude es mencionar de qué manera los ciudadanos estadounidenses carecen de libertad de elección, porque están incrustados en instituciones que les imponen tareas que consumen su energía física y moral.

    Una lucha perpetua por los derechos democráticos es difícil, incluso imposible, donde los miembros de una sociedad son absorbidos por la lucha para procurarse lo fundamental para la existencia material. Cuando se les dice incesantemente que los instituciones económicas darwinianas en las que viven son inevitables, que no es posible otro mundo, aceptan una democracia restringida que se limita a procedimientos ocasionales como las elecciones.

    Sin embargo, cuando las elecciones al parecer no cambian nada importante en la estructura y textura de sus vidas, bien pueden inclinarse a ese alto nivel de abstencionismo, que es una malamente disfrazada forma de protesta social en Estados Unidos. Cierto que seis de cada 10 votantes participaron en la elección presidencial de 2004, pero cuatro de cada 10 no lo hicieron.

    Por lo tanto, la privatización endémica de la vida social en el capitalismo estadounidense representa no la consecución de una democracia sino lo contrario: la reducción gradual de la esfera pública a lo insignificante. Las instituciones de la sociedad civil en Estados Unidos (familia, iglesia, comunidades, asociaciones voluntarias de cualquier índole) son en efecto vitales, pero están agotando su vitalidad en un conflicto desigual con las demoledoras fuerzas del mercado. Desprotegidos por el Estado, los ciudadanos de la nación no pueden dar vida a centros de existencia moral autónomos y perdurables.

    El profundo pesimismo de la oposición estadounidense no es autoindulgente; tiene fuentes reales.

    Por supuesto, la historia de la nación no ha terminado. Sin embargo, la pregunta de qué podría restaurar un futuro abierto sigue siendo una para la cual casi nadie en la política tiene respuesta.

    Profesor emérito de la Escuela de Leyes de la Universidad de Georgetown



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