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Carlos Monsiváis

De lo que me he perdido

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    18 de junio de 2006

    En rigor, nunca he visto un juego de futbol y eso me hace pertenecer a una minoría inconcebible, la más señalada (por omisión) durante el Mundial. ¿Cómo traduzco lo anterior? De muy diversas maneras; así por ejemplo, el ajeno al futbol no participa de los siguientes estímulos:

    -no sabe de la legítima exaltación patriótica que infunde cada gol de la Selección Nacional;

    -no es experto a nivel planetario a propósito de las posibilidades de cada uno de los equipos de la Copa;

    -no es, desde su casa, el técnico suplente del Tri;

    -no consigue evocar los ídolos más significativos de la infancia ni puntualiza la alineación de una oncena en 1965 ó 1973 o ayer;

    -no es fan, hincha o como se le diga, de un equipo desde el principio de los tiempos personales y hasta siempre (cambiar de simpatías futboleras es negarse a nacer de nuevo)...

    También el ajeno al futbol y sus tempestades anímicas:

    -carece del único tema de conversación que jamás cae en el vacío;

    -se abstiene de probarse a sí mismo algo esencial: en los instantes del triunfo o la derrota, las lágrimas y los gritos son los mejores amigos del ser humano;

    -abdica de la condición de sicólogo del espíritu del juego de la sociedad internacional;

    -no guarda playeras que proclamen su militancia en la cancha espiritual;

    -no examina con dureza y amenidad el daño que el espíritu comercial y vendetodaslaspatrias de la FIFA le hace a la ilusión deportiva;

    -no se levanta del asiento con los ojos arrasados y la garganta al servicio de las emociones;

    -cuando dice "gol" usa una sola o;

    -no entiende el 84.3% de las alusiones en el habla coloquial de estos días;

    -no localiza los vínculos entre futbol y política, en el estilo de "en el futbol lo que cuenta es el marcador; en política lo que marca es la cuenta";

    -no identifica a primer oído los himnos nacionales de todo el mundo;

    -no entiende en qué consiste el "síndrome del Jamaicón Villegas" (hasta donde sé, gracias al radio en los taxis, es la disposición de convertir las maletas en sucursales del restaurante preferido, pero bien puede ser otra cosa también gastronómica);

    -no desata un monólogo colateral pero apasionado sobre la fortaleza y las debilidades de Hugo Sánchez y Cuauhtémoc Blanco. (como no he logrado huir de los taxis o de las reuniones, he conseguido memorizar sus nombres).

    ¿Para qué sigo? Desde que me acuerdo, me he separado de Dios (que es una pelota, afirma Juan Villoro) al no estar asido a las emociones del futbol. ¿Que si envidio la conmoción circundante? Sí, desde luego, y muchísimo, pero, colmo de males, lo que no se vive desde niño ya nunca más se aprende de verdad, y eso vale para casi todo.

    Ya será en otra etapa de mi karma.

    II

    No tengo nada en contra de los que mudan de partido político, ni tampoco en contra de quienes se especializan en denostar a los viajeros de un partido a otro, ni albergo censuras contra los desconfiados por principio de los incapaces de hundirse con su partido de origen, o de los que nunca tuvieron una filiación con tal de no traicionarla. Al respecto, creo que cada quien es libre de no ejercer su libertad de movimientos políticos o de usarlos en demasía o de confundir las etiquetas.

    Pero en estos días electorales, los saltos de adscripción partidistas son tantos y tan previsiblemente imprevisibles que vale la pena (tal vez no) señalar algunas de las líneas definitorias (si es que existen):

    A) Al PRI no se vuelve, del PRI únicamente se parte. Se puede ir del PRI al PRD (lo más común), del PRI al PAN (más excéntrico pero ya no insólito), del PRD al PAN (gente desconocida o muy arraigada en la invisibilidad), del PRI al PRD al PAN (Demetrio Sodi no es el único ejemplo, así sea el más beneficiado por los pósteres), del PRD a la denuncia del PRD (deporte izquierdista de pureza póstuma que no se registra en los medios).

    De lo que nada se sabe, insisto, es del ingreso formal al PRI de un perredista o un panista; eso quizás pasó mucho antes de la transición a la democracia, cuando no se veían las victorias de la oposición y, por tanto y extrañamente, no se creía en ellas.

    B) Los que van de un partido a otro suelen explicarse copiosamente (algunos dedican libros a esta tarea ímproba), y su testimonio de vida suele desembocar en el autoencomio. Esta es la ruta de la conversión más difícil de ubicar. ¿Cómo, sí lograron ser tan íntegros en un lugar, lo abandonaron?

    El migrante o la migrante políticos evocan su ingenuidad en los años de juventud, y su certidumbre de que al estar en el PRI (la experiencia más común) contribuían con generosidad a la gran tarea de salvación nacional.

    Pero el PRI se perdió al cerrarle a los migrantes la puerta del ascenso, y por ese abandono de los principios del partido y de los fines del emigrante, es conveniente el viaje.

    C) Los que realmente se han convencido de la necesidad de hacer política de un modo más digno (una minoría minoritaria). En este proceso a veces turístico, a veces ideológico, es determinante la casi desaparición de la plataforma ideológica de los partidos, incluso del PAN, que pasó de ultraconservador a instrumento de la ultraderecha.

    III

    Los media trainers, que entrenan a los políticos en su desempeño en los medios "como si tuvieran carisma", son la especie triunfadora y perdedora del 2006.

    Ningún candidato prescinde de ellos, ninguno les hace realmente caso, ninguno deja de sentirse posmoderno (o como le digan) al oírlos, ninguno abandona la esperanza de realmente sentirse orgulloso de ellos algún día.

    ¿Qué caracteriza a un media trainer de 2006?Entre otros riesgos: -desprecia en el fondo, ese hermano pobre de la superficie, a sus clientes, y sólo les concede su capacidad presupuestal. Es lo que hay, y lo que se consigue, pero hubiese preferido trabajar al lado de John Kennedy, Winston Churchill o Tony Blair (antes); -vive al día de lo que pasa en Estados Unidos, salvo en lo tocante a Irak, Guantánamo, el descrédito creciente de George W. Bush, la crisis de credibilidad de los neoconservadores (no sólo los de aquí son corruptos), el ascenso de la izquierda liberal, la batalla de los hispanos o latinos, las incertidumbres de la macroeconomía... es decir, no vive al día de lo que pasa en Estados Unidos salvo en avances tecnológicos en un campo específico; -si se aparta del internet se desconecta de la realidad; -se decepciona de las respuestas, no de su cliente, del que ya estaba previa-mente decepcionado, sino de los encuestados o encuestables ante las respuestas de su cliente; -lamenta la falta de profesionalismo de los otros media trainers.Escritor de 2006?

    Entre otros riesgos:

    -desprecia en el fondo, ese hermano pobre de la superficie, a sus clientes, y sólo les concede su capacidad presupuestal. Es lo que hay, y lo que se consigue, pero hubiese preferido trabajar al lado de John Kennedy, Winston Churchill o Tony Blair (antes);

    -vive al día de lo que pasa en Estados Unidos, salvo en lo tocante a Irak, Guantánamo, el descrédito creciente de George W. Bush, la crisis de credibilidad de los neoconservadores (no sólo los de aquí son corruptos), el ascenso de la izquierda liberal, la batalla de los hispanos o latinos, las incertidumbres de la macroeconomía... es decir, no vive al día de lo que pasa en Estados Unidos salvo en avances tecnológicos en un campo específico;

    -si se aparta del internet se desconecta de la realidad;

    -se decepciona de las respuestas, no de su cliente, del que ya estaba previamente decepcionado, sino de los encuestados o encuestables ante las respuestas de su cliente;

    -lamenta la falta de profesionalismo de los otros media trainers.

    Escritor



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