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Leo Zuckermann

López Obrador en un pedestal



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    01 de marzo de 2006

    ANDRÉS Manuel López Obrador es un político que despierta, por igual, amores y odios. Hoy por hoy es, sin duda, el candidato más controversial de todos. Una misma acción del tabasqueño de inmediato polariza las opiniones. Al parecer, con él no hay medias tintas: o se está a favor o se está en su contra.

    Cuando se habla de López Obrador dominan más las emociones que las razones. Mucha gente lo sube a un pedestal para ensalzarlo o censurarlo. La objetividad se pierde y se impone un chocante maniqueísmo. Para muchos, el tabasqueño no tiene vicios y virtudes, o tiene lo uno o tiene lo otro.

    Siempre que hablo sobre AMLO recibo múltiples correos, todos criticándome. Por un lado, me acusan por atreverme a cuestionarlo. Por el otro, me recriminan que, al hacerlo, la crítica se queda corta. Es decir, una parte del público pretende que a López Obrador no se le toque "ni con el pétalo de una rosa", y otros exigen que se le golpee con el más duro de los garrotes.

    En octubre pasado esto me sucedió cuando escribí un artículo sobre la propuesta del perredista de bajar las compensaciones de los altos mandos del sector público. En ese texto argumentaba que la idea, aunque parece correcta, puede acabar siendo equivocada. Claro que la gente quiere un gobierno más barato y menos corrupto. Sin embargo, al bajar los salarios se corre el riesgo de que acabemos con lo contrario: un gobierno más costoso porque, como bien reza el dicho popular, "lo barato sale caro".

    Dicha reflexión polarizó las opiniones en los correos recibidos. De un lado me acusaron de un patente "antilopezobradorismo" que nublaba mi pensamiento. Del otro me reprocharon que era muy benevolente con el tabasqueño, como todos los académicos que siempre son de "izquierda" (sic). Al parecer, mi argumentación sirvió de poco: cada cual leyó lo que quiso, tratando de descubrir si el escritor era "anti" o "pro" AMLO.

    En las conferencias que imparto me ocurre lo mismo. Entre el público siempre me preguntan sobre los posibles peligros en caso de que López Obrador gane la Presidencia. Respondo tratando de bajar al personaje del pedestal para presentarlo como el político de carne y hueso que es, haciendo un balance de los claroscuros que tuvo durante su gestión como jefe de Gobierno capitalino.

    Intento hacer un juicio basado en los hechos de su faceta como gobernante y no en los dichos, por demás provocadores, de su faceta como candidato. Enfatizo las variables institucionales y minimizo las características personales. Sin embargo, al terminar la conferencia, invariablemente se acerca gente para cuestionar esta visión que busca un juicio equilibrado. Los que me cuestionan no quieren esto, demandan lisonjas o maledicencias porque están convencidos del "bien" o del "mal" que AMLO representa.

    Me atrevería a decir que en la actual campaña este fenómeno se ha generalizado. El domingo pasado, por ejemplo, el candidato perredista hizo un acto multitudinario en el zócalo capitalino. Para saber qué ocurrió, recurrí a dos periódicos que han tomado una postura clara, contundente y polarizada sobre AMLO: en un extremo La Jornada, el periódico de la izquierda mexicana que tiene al tabasqueño como su nuevo héroe (han dejado atrás al subcomandante Marcos); en el otro, La Crónica, donde López Obrador es más bien representado como villano. Vale la pena contrastar las coberturas de ambos diarios que reflejan la radicalización actual de las opiniones acerca del personaje en cuestión.

    La foto en primera plana de La Jornada es la de un zócalo abarrotado con un título que reza: "Impulsará AMLO que el DF sea el estado 32 y tenga su Constitución". En La Crónica, también en la portada, dice: "Acarreo y pase de lista descarados", arriba de una imagen que muestra a una señora presumiblemente apuntando los nombres de un grupo de adultos mayores.

    En el reportaje de La Jornada se enfatizan las propuestas que hizo AMLO en el acto, así como quiénes fueron los "notables" que asistieron al mismo. Además, en una crónica de Blanche Petrich, aunque reconoce que hubo acarreo, trata de diferenciar éste del que hacían los priístas. Introduce un concepto realmente luminoso: el de "acarreados conscientes", es decir, aquellos que son movilizados pero que "de todas maneras querían venir".

    En cambio, el reportaje de La Crónica resalta que las propuestas de AMLO son meros "refritos" de las que hizo como candidato a jefe de Gobierno del Distrito Federal en el 2000. En otras palabras, no hay nada nuevo en el discurso del perredista. La crónica de Alejandro Velázquez destaca el presunto acarreo de grupos que viven en la economía informal (o ilegal), como los vendedores ambulantes, los franeleros o los taxistas piratas. El mensaje es claro: esta campaña es una especie de "priísmo recargado".

    Al parecer la polémica es lo que da vida a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, pues para bien o para mal, está en boca de todos. He visto gente sensata que está enamorada del personaje y dispuesta a seguirlo hasta lo que ellos piensan será el cielo. Pero también he observado a personas que realmente piensan que el tabasqueño es el mismísimo diablo que se encargará de llevar al país al averno.

    Todo esto, inevitablemente, me recuerda a Vicente Fox en el 2000. Entonces, él, como candidato, fue quien generó las mayores controversias que polarizaron las opiniones. Y esto, sin duda, le sirvió para ganar, pero no para gobernar. Por ello hoy me pregunto: ¿no necesitaremos en México políticos más eficaces y menos controvertidos, que no estén en un pedestal donde los suban por igual panegiristas y detractores? ¿De verdad requerimos personajes como Fox y López Obrador que despiertan tantas pasiones? ¿No sería más conveniente gobernantes más aburridos, de menos color pero con más contenido?

    leo.zuckermann@cide.edu

    Profesor investigador del CIDE



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