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José Antonio Crespo

Vida de un capo

Licenciatura en relaciones internacionales por El Colegio de México, Maestría en Sociología política y Doctorado en historia por la Univers ...

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    30 de enero de 2006

    LA gente de bien suele preguntarse cómo es que tantas personas deciden involucrarse en el crimen organizado. Claro que el dinero resulta atractivo a casi todos, pues aunque no garantice la felicidad, tampoco estorba. Pero ¿tanta riqueza vale la pena si exige vivir en peligro permanente de ser asesinado, y con la justicia nacional e internacional detrás de uno? Pues por lo visto, para muchos sí.

    Los narcotraficantes de hoy son los piratas del siglo XVII. Por lo cual, quizá la visión de la vida y motivaciones profesionales de unos y otros no sean muy distintas. Para entender la visión del capo de la droga -y sus múltiples empleados y gatilleros- puede ser ilustrativo un sugerente y ameno diálogo que imaginó el escritor español Fernando Cobo con el gran corsario inglés Henry Morgan (Viajes por la historia, 2005), capo mayor del "cártel" de Port Royal, Jamaica, y cuyas máximas hazañas fueron el saqueo de ciudades tan ricas e importantes como Panamá, Portobello, Puerto Príncipe y Maracaibo.

    En esta conversación de fábula dice Morgan a su interlocutor: "Este trabajo es muy lucrativo. ¡Para qué crees que nos metemos a piratas sino para hacer fortuna rápido! Nadie hace fortuna rápido trabajando honradamente. La profesión de pirata es muy lucrativa, pero también la abrazamos por romanticismo, para llevar una vida de aventuras y para vivir libremente, o sea, para ser fiel a uno mismo sin reprimirse, que es muy malo". Y en su disertación filosófica, continúa: "Trabajar honradamente es muy aburrido. Y cobarde. Trabajar honradamente es lo fácil".

    Cuando su compañero de copas le pregunta por qué derrochan todo el dinero que roban con sorprendente desparpajo, en francachelas, comilonas y mujeres, sin dejar algún guardado para los tiempos de vacas flacas o para regresar ricos a su tierra natal, Morgan responde: "Caballero, los piratas somos millonarios y derrochamos porque el oro es para convertirlo en placeres y buena vida. No para guardarlo sin disfrutarlo y que luego se lo gasten otros, nuestros herederos. Ahorrar es negarse alegrías y vivir mortificado como un pobre por miedo a quedarse pobre, una cobardía mezquina de estreñidos del alma y de gente que desperdicia la vida".

    Sobre todo si se trata de piratas, narcotraficantes y otros aventureros: "Quien puede morir al día siguiente debe divertirse como si el presente fuera el último día de su vida, exprimiéndola mientras aún la posee. Sería necio no cogerse por timidez una mujer que se apetece, o no beber y decir todo lo que te plazca cuando puede ser el último día que ves el sol. Nuestras diversiones son como la última voluntad de los condenados a muerte".

    Y sobre los riesgos que han de afrontarse en semejantes ocupaciones, el bucanero responde sin titubear: "Nada hay tan estimulante y vital, nada hace vivir más que el peligro. Será mejor la vida aburrida y ovejuna de los buenos, que no hacen lo que les da la gana y viven contándose los bocados.

    "Mira a esos desgraciados de la Royal Navy, siempre comiendo galletas rellenas de gusanos y un queso tan duro que se hacen botones con él, mientras que los piratas vivimos saciados de carne, pescado y mariscos, y nadamos en aguardiente y mujeres. Merece la pena el riesgo de acabar bailando en una horca española. Señor, a mí tampoco me gusta morir, más que nada porque morirse es un fracaso esencial, pero más vale cumplir una vida plena y feliz, aunque sea más corta, que cien años de sufrimiento o aburrimiento".

    En cuanto a conflictos éticos, en esta y otras profesiones -como la de político- simplemente no caben. Si les da uno paso se complica el éxito profesional y el disfrute de los privilegios que tales ocupaciones pueden brindar; fama, riqueza, poder, lujos y placeres diversos.

    Por ejemplo, a veces es necesario matar, a lo que don Henry replica: "Anda, si eso es precisamente lo mejor, lo más divertido. Todo el que lo hace sabe que matar es el más grande de los placeres, pues es la máxima expresión de poder, de vitalidad y de libertad. matar proporciona el mayor placer si no tiene uno reprimida su naturaleza, la gran alegría orgiástica del cazador, porque el cuerpo matado le permite seguir viviendo, y confirma que se es poderoso.

    "Los dos mayores placeres son matar y conquistar. Pillar, violar, coger alegremente todo lo que quereos, haciendo del mundo un gran juguete, sin importar a quién se atropella, que uno es siempre primero por ley natural" (tal como Hobbes y Maquiavelo describían la naturaleza humana).

    "La única moral seria, lógica, la moral natural es ser bueno con uno mismo. Así que olvídate de la ética si quieres ser rico y disfrutar de la vida, como es debido", aguda filosofía compartida por numerosos empresarios y políticos, que también tienen su buena dosis de piratas.

    El gran corsario Henry Morgan fue nombrado Caballero por el rey Carlos II Estuardo, de Inglaterra, además de vicegobernador de Jamaica, su dominio natural. Y murió de viejo en su cama, con la conciencia tranquila de haber vivido como Dios manda.

    Lo dicho por Sir Henry Morgan en esta imaginaria conversación muy bien podrían decirlo -y de seguro lo piensan- nuestros capos contemporáneos. Y por lo atractivo que puede resultar esa vida desparpajada y de lujos, muchos jóvenes en las regiones donde florece el narco prefieren enrolarse en ella que resignarse a soportar la penosa y aburrida vida de la "gente de bien".

    Es cierto que a los capos de hoy no los ordenan caballeros ni los nombran gobernadores (aunque en varios países ellos directamente se hacen gobernantes u ocupan otros cargos de relevancia política). Pero sin duda que muchos gozan del favor y la protección de los gobernantes y otras elevadas autoridades, lo que equivale a ser nombrado lord en el siglo XVII.

    [email protected]

    Profesor investigador del CIDE



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