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Porfirio Muñoz Ledo

El 2006 de América Latina

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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    29 de diciembre de 2005

    Hay años del calendario cuya mención evoca hechos sobresalientes que modificaron el curso del acontecer humano o el de una nación determinada.

    Ocurre en ellos una condensación de historia: una acumulación de fenómenos que precipitan el tránsito hacia un estadio diferente de las relaciones sociales. Así se anuncia el 2006: grávido de definiciones para los pueblos de América Latina.

    La agenda electoral de la región coincide con el 25 aniversario del ciclo neoliberal. Acontece después de un largo periodo de estancamiento económico, desmantelamiento institucional y profundización de la pobreza en los países de la periferia.

    Se desenvuelve en un entorno crítico respecto de los inmensos desequilibrios que ha producido esta globalización; ante la evidencia del entierro del "pensamiento único" y en la búsqueda de un nuevo humanismo que no acierta todavía a encontrar su nombre.

    Sucede en medio de los llamados que lanzan los propios centros de poder mundial en favor de la reconstrucción del Estado y el fortalecimiento de la cohesión social en las naciones escindidas por la desigualdad, como condición para el funcionamiento del sistema mundial.

    Acontece cuando la expansión económica se topa con la debilidad y la miseria de los países en desarrollo, que incuban oleadas migratorias y propagan enfermedades endémicas. Espacios sin ley donde anida el crimen organizado, prospera el narcotráfico y se alimenta el terrorismo.

    Se produce en el vórtice de un intenso descontento entre las mayorías de la región. Ciudadanos que no acaban de confiar en la democracia, ni menos en los gobiernos que dicen encarnarla; que rechazan la vuelta al militarismo pero muestran propensión hacia soluciones autoritarias que les garanticen seguridad y bienestar.

    América Latina está en busca de soluciones políticas que sean capaces de asegurar respeto a los derechos fundamentales en el marco de una genuina gobernabilidad democrática. Que tengan la fortaleza necesaria para abatir la corrupción y la inequidad ancestrales y para incorporar la agenda de nuestras necesidades a la toma de decisiones globales.

    A lo largo del 2006 la ciudadanía de naciones clave decidirá su futuro en las urnas. En algunas vivirá momentos fundacionales. En todas habrá de desafiar la insolencia del dinero y la intromisión de poderes ajenos al Estado.

    Comenzando el año tendrá lugar la segunda vuelta electoral en Chile. Está en juego el más exitoso modelo democrático de la región, asediado por una derecha combinada que intenta desvanecer la sombra de la dictadura. Michelle Bachelet personifica además la equidad de género con una carga libertaria anclada en el compromiso social.

    A fines de enero asumirá el presidente Evo Morales el Ejecutivo de Bolivia. Acosado por la satanización, tendrá que construir consensos nacionales en torno del ejercicio de la soberanía sobre los recursos naturales, la definición multiétnica y la integridad del país. Requerirá de una activa solidaridad internacional.

    Para marzo habrá elecciones legislativas en Colombia y para mayo presidenciales. Álvaro Uribe se podría fortalecer por el avance de sus pláticas con la guerrilla y una eficaz convivencia democrática. Del juego de alianzas que establezca dependerá el margen de independencia y el signo ideológico del próximo gobierno.

    Perú elegirá presidente y Congreso unicameral el mes de abril. Resurgen los extremismos en razón de la anemia institucional, la atomización política y la impronta de recientes caudillismos. Emergen no obstante opciones democráticas de orientación progresista que apuntan sobre todo a la restauración de la República.

    Ecuador padece una aguda fragmentación del poder que ha dado a luz una secuencia de gobiernos sietemesinos. Ante el desvanecimiento de los partidos tradicionales, la oferta más prometedora de cara a las elecciones de octubre es la convocatoria a una Asamblea Constituyente, como única vía para la refundación del Estado.

    El rumbo político de Brasil es decisivo para el continente. Pese a todos los embates, el presidente Lula se mantiene como opción viable en la contienda que culminará el 1 de octubre. La candidatura de oposición, de origen socialdemócrata y complacencia neoliberal, retomará el venero nacionalista y finalmente aparecerán en la boleta dos alternativas comprometidas con la causa latinoamericana.

    El año cerrará con las elecciones de Venezuela, en el escenario de una inocultable polarización interna que contrasta con el liderazgo regional del presidente Chávez, alimentado por el mercado del petróleo. La inteligencia de los actores involucrados debería propiciar la reinstauración del pluralismo, sin demérito de la política nacionalista dominante.

    En el corazón de los acontecimientos latinoamericanos está la elección de México, por el peso gravitacional del país y por la significación del cambio que se avecina. Las alternativas parecen claras entre la continuidad de una política subordinada y concentradora del ingreso -que personifican dos vertientes complementarias- y la posibilidad de un cambio real en la conducción del desarrollo.

    Enfrentamos la oportunidad de recuperar la energía del movimiento del 88, que explícitamente se propuso evitar la implantación del modelo neoliberal. También la ocasión inescapable de volver a hermanar nuestros proyectos y esperanzas con los de América Latina. De ahí que el 2006 sea, más que una fecha, una convocatoria.



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